Lo que no veo en el bosque Cueva de la oscura, 2 de noviembre
76%

Cueva de la oscura, 2 de noviembre

La subidita se las trae, no la recordaba tan empinada, aunque supongo que de niña me daba igual.

Me agarro a los árboles delgaduchos que crecen en la zona, no tengo ni idea de cómo se llaman y no estoy por preguntarle a Clara, que seguro que es capaz de decirme la nomenclatura científica, especie y familia.

Las botas se me hunden en el barro. Hemos sorteado el riachuelo que se ha formado con la lluvia, aunque no sé de dónde sale tanta agua, no recuerdo que esto sucediera antes, aunque, claro, en esta época del año yo no visitaba al abuelo.

La observo de reojo, a mi amiga, a la que dejé tirada hace años porque resultaba doloroso hablar con ella y, después, con el tiempo, la culpa y la vergüenza me carcomían.

Es hermosa, siempre fue bonita, con sus pecas y pelo rubio, casi pelirrojo según le daba la luz, con los años esa belleza ha madurado.

Ahora veo a una mujer fuerte y no solo por la musculatura, ya me gustaría a mí tener esos bíceps, sino por el carácter, la entereza y la amabilidad que demuestra sin importar la situación.

Además, el moreno de pasar el día al aire libre hace que le brillen todavía más los ojos.

Clara me pilla mirándola, quizá la repaso demasiado. Se ríe.

Oye, que eres atractiva y eso, pero no me gustas de esa manera. Lo sabes, ¿no?

Lo dice en broma, pero me sonrojo igual.

Solo pensaba en cómo has cambiado y que siento no haber estado aquí para verlo.

Bueno, pero ahora sí estás. Y me parece a mí que todo lo que estamos pasando juntas estos días vale por años de dramas adolescentes.

Me agarra la mano y entrelaza sus dedos con los míos. Ambas sonreímos y miramos al frente. Sabemos que, en cuanto lleguemos, todo será una mierda, adultos capaces de hacer daño a aquellos que dependen de ellos, que los quieren, y ¿para qué? ¿Qué pensaban conseguir?

La guardabosques pega un bote, como si hubiera dado con algo afilado, y se detiene. El barro que pisamos es oscuro y pegajoso, más denso y huele… a flores.

El riachuelo —dice abriendo mucho los ojos—, creo que es el agua de la cueva.

De nuevo viene a mí el recuerdo, aquella masa viva y negra que trataba de llevarse a mi amiga, que la lamía lentamente.

Pero han subido allí arriba, si baja tanta agua…

Ambas avanzamos lo más rápido que nos permiten nuestros músculos doloridos y agotados.

Sin embargo, en cuanto llegamos a la abertura de la cueva nos detenemos al instante.

La escena que sucede frente a nosotras en completo silencio nos paraliza.

Quiero correr, salir de ahí y ni siquiera sé cómo he entrado.

Los pasadizos se han deslizado en el tiempo y el espacio hasta encontrarnos precisamente en la gruta, en la noche cósmica que se abre ante nosotras, el horror que despierta como un pantallazo, un televisor que alguien enciende de pronto en un cuarto a oscuras.

La luz de la mañana queda a nuestras espaldas en un recuerdo remoto.

Nuestros pies chapotean en esa agua pegajosa y viva que nos observa desde la negrura y ante nosotras el espanto palpita, un cuadro que es necesario mirar a distancia para comprender qué representa.

Así, tan de cerca, solo son colores y olores, formas calientes, garras y extremidades.

Me arde la garganta y el sabor a hierro me invade la lengua. Tengo la boca abierta y siento la sal de las lágrimas en la boca. Grito sin sonido, del mismo modo que Clara apunta con su pistola eléctrica y sé que da órdenes, que dice algo, pero no la escucho. El único sonido es esa melodía.

El dulzor de la canción y del aroma a flores se mezcla con la visión de esas criaturas a medio cocer.

Algunas intentan salir de sacos o montones de ropa, otras están sobre lo que supongo que debieron de ser los padres y ahora solo son amasijos de piel, carne, grasa y huesos.

Los órganos son lo primero que han devorado.

Medio cráneo, todavía con un ojo intacto, me mira desde un charco de agua oscura que lo lame lentamente, retirando toda la sangre.

No puedo controlarme, vomito y eso rompe el hechizo, una de esas cosas se vuelve hacia nosotras.

Las extremidades delanteras de una bestia surgen de los omóplatos de lo que debió ser un niño, de su cabeza apuntan cinco apéndices y otros están a punto de brotar de unas ampollas inflamadas llenas de líquido sucio.

Retrocedo, tiro del brazo de Clara para salir de ahí.

No hay nada que salvar, tenemos que huir.

Entonces veo la sombra a nuestras espaldas, la masa que absorbe toda la luz.

Eso ruge sin voz y yo me encojo, lloro y me estiro del pelo porque no puedo, no quiero, deseo desaparecer, pero mi mente no se bloquea, sino que me obliga a verlo.

La bestia salta sobre Clara, que la alcanza con la ráfaga eléctrica, pero justo se están tocando y ella también se contrae, cae al suelo, sobre el agua negra que reconoce esa piel, ese cuerpo que no pudo llevarse en su día.

La criatura descarga su garra y le abre el cuello, el pecho, todo es sangre y carne y las costillas que se quiebran y puedo ver su interior, su hermoso corazón, al que tanto quise.

Mi amiga, seguramente la mejor que tuve en toda la vida, me mira ahora desde esos ojos sin chispa que no la representan, que ya no la contienen. Ni toda su magia ha podido ayudarla ahora.

No quiero mirar más. No puedo. ¿Por qué no desaparezco yo también, si todo lo que una vez me hizo feliz me es arrebatado?

Lo que sea que mora en las profundidades emerge, una prominencia de un azabache oleoso crea ondas en el agua según se aproxima, se extiende en forma de algas negras, de babosas submarinas, lenguas de noche que beben la sangre mientras la bestia devora la carne.

Mi mente se escinde, alejada de mí misma; recuerdo lugares nunca vistos, nebulosas desconocidas por el ser humano, estrellas muertas hace eones y nos veo a nosotras de niñas, a todos esos críos que sangraron antes.

Llego al exterior arrastrándome y a gatas me alejo mientras la lluvia arrecia y la noche hace horas que ha dado cuenta del día.