Lo que no veo en el bosque Génesis, cueva de la oscura, mañana del 2 de noviembre
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Génesis, cueva de la oscura, mañana del 2 de noviembre

Se han reunido a su alrededor. Han seguido el riachuelo dibujado por la crecida; las lluvias de las últimas noches han desbordado aquello que había sido contenido.

Chapotean hasta la orilla, allí el agua es oscura y densa, mas el movimiento sucede al fondo, donde uno ha de dejarse vencer, hundirse para que lo devoren desde abajo.

Los adultos se mueven manejados por otras manos, títeres sordos y ciegos que iniciaron toda esa barbarie creyendo que así se salvarían. Ahora ellos están perdidos y sus hijos dejaron de existir.

Colocan los cuerpos menudos envueltos en sacos y prendas, sudarios improvisados, justo en el borde, antes del desnivel. Una lengua de alquitrán se desliza hasta ellos y los acaricia con ternura.

Los ropajes sucios de sangre seca, orines y otras excreciones se mueven tímidamente. Al momento se tambalean, sacudidos por cuerpos desmadejados y el contenido aumenta, se vuelve más pesado.

Aguas negras que entonan melodías, canciones de cuna para nuevas vidas, criaturas que nacen de crías que eran niños. El velo que los mantenía adormecidos se esfuma y los padres despiertan justo para servir de alimento a sus creaciones.

Los gritos no resuenan, el eco no se los lleva gracias al aliento de la oscura, que lo mantiene en silencio, todo acallado para que su tarareo sea lo único que mueva la vida.

Y, con ese silencio impostado, padre e hija han recorrido el pueblo y las casas.

La mayoría de los fantasmas no están y ellos no imaginan que puedan haber salido porque no saben que el sello se ha roto y la masacre que han descubierto en más de una vivienda, además de los horrores que han imaginado por los objetos hallados en habitaciones que no deberían contenerlos, los ha dejado turbados, tratando de comprender qué está sucediendo, cómo pararlo.

Pasan horas hasta que Clara y Eloise salen de la casa de Tomás, parapetadas para lo que creen que pueden encontrar: un hatajo de adultos sádicos y enfermos.

Mientras ellas ascienden al pico, a la cueva de la oscura, Tomás dibuja sellos y entona cánticos, invoca a las apariciones para que protejan a sus niñas.

Sin embargo, en la cueva ya no hay seres humanos y la mayoría de los fantasmas no son lo que eran. Las invocaciones no funcionan, los sellos de protección parpadean como una linterna con pocas pilas y dos amigas regresan allí de donde huyeron.