Casa de Tomás, mañana del 2 de noviembre
Vale, sí, sabía que hacían cosas raras con el dichoso libro y Clara me había comentado algo sobre el bosque y ella y su interior… Pensaba que era metafórico, cuatro velas y quemar salvia o un ritual parecido, no lo que Tomás dispone en cinco minutos en plan brujo oscuro experimentado.
Dejo el todoterreno en medio del camino y cargo con mi amiga hacia la casa.
Mis gritos son suficiente para que Tomás me abra la puerta y cuando entramos huelo las hierbas quemadas, veo el círculo de tiza y sal en el suelo del comedor, los símbolos dibujados con un material oscuro que parece sangre —aunque el anciano no muestra un solo rasguño— y los velones que señalan cinco puntos alrededor.
Túmbala ahí —ordena—. No rompas el círculo, cuidado, no borres nada. Manos sobre el pecho, pies juntos.
Hago lo que dice, aunque no comprenda nada.
Él es veterinario, debería examinar la herida, llamar a urgencias o algo, ¡su hija necesita una transfusión!
En lugar de eso, enciende una a una las llamas y entona cánticos, de los que no comprendo un fonema porque ni siquiera sé qué representa una palabra en la jerga que utiliza.
Me aparta a un lado, sin tocarme, mueve una mano y zas, una corriente de aire me lanza contra la pared cercana. El golpe me duele menos que lo inútil que me siento ahora mismo.
Después toma una vasija que parece que se va a desintegrar en sus dedos de lo vieja que es.
Se aproxima al cuerpo de Clara y derrama parte de su contenido en los labios sin color.
Hace demasiado que no veo alzársele el pecho.
Vuelca el resto sobre la herida. Es un líquido oscuro y viscoso.
Veo cómo parte del líquido le cae por la mejilla y, antes de abandonar la piel pálida, retrocede, serpentea y se le introduce por la comisura de los labios.
¡Esa cosa está viva! —exclamo.
Tomás me fulmina con la mirada y yo me cubro la boca con la mano. El anciano sigue con su conjuro y da vueltas alrededor del círculo. El perfume a hierbas es cada vez más intenso, lo siento dentro de la cabeza, expandiéndola. El cerebro en un baño de agua tibia.
Y entonces brotan, de debajo del torniquete ensangrentado surgen, tímidas, hojas verdes, tallos que se expanden por el brazo, beben la sangre y dejan la tela de su color original.
Se escucha un crec y después algo desagradable, húmedo y caliente.
Los dedos se mueven. Clara toma una larga bocanada de aire.
Mi amiga abre los ojos y son negros. Todo, iris y esclerótica, una gran pupila, son dos agujeros que absorben la luz.
Otro crec húmedo, este en el pecho. Ella cierra los ojos con fuerza.
Gesto de dolor. Abre la boca de par en par, pero de ella no sale nada, o al menos no es nada que pueda ver porque un olor a flores frescas opaca el aroma a hierbas quemadas. Arquea la espalda y cae.
Tomás apaga una a una las velas. El estómago y el pecho de Clara suben y bajan, suben y bajan con un ritmo sosegado. Mi amiga vuelve a abrir los ojos, ahora los suyos de siempre, y me mira.
Gracias por traerme —dice con ronquera.
He perdido la consciencia del tiempo y de dónde estoy. La psicóloga que me trató tras el ataque lo llamaba estado disociativo. Vamos, que, cuando tu mente no puede más, desconecta del cuerpo y del momento y pufff, adiós muy buenas.
En el instante en que Clara se ha levantado y ha empezado a hablar con Tomás como si nada hubiera sucedido, la realidad ha dejado de ser tal cosa. Las extremidades han hormigueado hasta ser miembros fantasma, un pitido me ha atravesado los oídos y la bruma ha cubierto la habitación.
Ahora empiezo a recobrarme. Estoy acurrucada en un rincón del comedor, con una manta sobre los hombros y un dolor de cabeza de los que hacen historia. Hay una taza de infusión humeante en el suelo, junto a mí, al alcance de la mano.
El suelo está limpio, la mesa, en su sitio, aunque el aroma a hierbas sigue en el ambiente.
Mi amiga y su padre no andan por aquí y el tembleque de manos y piernas me indica que todavía no puedo ponerme en pie. Me tomo la infusión a tragos cortos mientras reordeno las ideas.
Busco en los bolsillos el móvil que recuperé del coche de Clara. No tengo mensajes ni llamadas. Marla no ha respondido y, más preocupante todavía, la guardia local tampoco.
La puerta que da a la calle se abre y sus voces regresan al hogar. Comentan algo en voz baja, cazo algunas palabras al vuelo: «niños», «ritual» y «cueva».
¿Te encuentras mejor? —pregunta ella cuando entra al salón.
Se arrodilla a mi lado y me comprueba el pulso.
Demasiadas emociones en un día.
Ella sonríe, pero Tomás no, es una máscara de arrugas de preocupación.
¿Qué me he perdido? —pregunto.
Las familias no están —dice Clara—. En las casas hay cadáveres o vacío. Esa sensación densa que amortiguaba el sonido y el pensamiento… residía en todas ellas. Hemos encontrado ligaduras en las habitaciones de los niños o cadenas en sótanos y guardillas.
El dolor de cabeza se convierte en un hierro candente que se hunde en el ojo derecho y escarba tras él. Escondo la cabeza entre las rodillas. Siento la mano de Tomás sobre la cabeza y, cuando la alzo para mirarlo, veo que me tiende una pastilla.
¿Para esto no hay ningún conjuro? ¿Uno chiquitito? —bromeo.
Me temo que no es tan sencillo —dice Clara—. Conmigo funciona porque ya está en mí.
Trago la pastilla con la infusión y pienso en las casas vacías.
¿Dónde los han llevado? ¿Han huido de la criatura? Puede que haya más y…
Creemos que han ido a la gruta, en la cueva de la oscura —explica Tomás.
Y recuerdo. Veo a Clara allá abajo con esa agua negra viva e imposible que quería arrastrarla a su interior. Después las dos corremos colina abajo, a salvo. La lluvia de estrellas llegó aquella noche.
Fue allí, ¿verdad? —digo mirándola con fijeza—. ¡¿Por qué no me dijiste nada?!
Lo grito con enfado, pero en realidad es una profunda tristeza lo que siento, ya que no necesito que me dé explicaciones; poco después mi abuelo murió y yo ya no regresé más. Dejé de escribir, de llamar. Rompí el contacto porque era demasiado doloroso saberla allí y no poder verla.
Lo supe mucho después. Cuando salieron del Umbral yo también desperté. Eso que entró en mí es muy antiguo, siempre ha estado aquí y allí, en ambos lados al mismo tiempo. El libro me trajo de vuelta cuando estuve a punto de morir y desde entonces estoy ligada a él.
Asiento, aunque no lo comprendo. Para mí, todas esas cosas incomprensibles eran extraterrestres o mutaciones, consecuencias de nuestros actos y juegos. Este tema de mundos conectados al nuestro, rituales y magia arcana es demasiado.
Me termino la infusión y me pongo en pie con cuidado.
Si los niños están en esa cueva, deberíamos ir a buscarlos. Quizá sus padres están malheridos o han enloquecido.
Ellos son los que han propiciado todo esto —explica Tomás con profunda angustia—. Han sido sus propios padres quienes han tratado de alterar las fronteras.
Pues los salvaremos de ellos también —concluyo.