Lo que no veo en el bosque Génesis, entre la robleda y la carretera de montaña, entre el 2 de noviembre y el 30 de octubre de 2022
71%

Génesis, entre la robleda y la carretera de montaña, entre el 2 de noviembre y el 30 de octubre de 2022

El tiempo no existe para ellos, menos aún ahora que ya no están ligados a un lugar concreto, a su pasado de carne humana.

Algunos de los aparecidos mutan, evolucionan en contacto con el entorno; al fin y al cabo, son energía, recuerdos, una vibración sutil que se empapa de aquello que resuena con ellos.

Se alargan y persiguen las sombras de lo que respira, descubren que la metamorfosis, la nueva fuerza que poseen y la libertad que les proporciona, también les da un hambre terrible y se alimentan de lo que palpita.

Sin embargo, otros siguen adelante, en especial los niños, arrancados de sus cortas vidas, su tiempo todavía no ha sido.

Caminan por la carretera, juegan perdidos y, sin darse cuenta, persiguen su pelota fantasmal y saltan los días, vuelven atrás, ven a la bestia, a la niña, el coche que derrapa en la noche.

Después, regresan un día hacia el presente que nos ocupa, pero sin llegar a la mañana concreta del hoy.

En medio del juego, dan con un puesto fronterizo, el edificio desde donde opera la guardia local.

Dentro de ese bloque de hormigón, forrado de ventanas de seguridad y decorado con potentes focos y puertas electrificadas, dos hombres toman café y comentan la llamada de la guardabosques de Pico de Lobre.

Mientras tanto, en el piso de arriba otros cinco duermen; son la guardia de noche.

Los niños llegan al edificio y llaman la atención de los dos vigías.

Esos dos humanos no saben de fantasmas o apariciones, solo ven chiquillos humanos sin ningún adulto.

Críos en medio de la carretera, a pie de bosque.

Los guardias salen desarmados porque ¿para qué iban a pensar en dardos eléctricos o antorchas de sol en pleno día y con un grupo de niños?

Solo van a darles un toque y a llamar al responsable de su localidad.

Cuando los dos hombres salen del edificio los niños sienten la perturbación en su mundo, dos adultos amenazantes que vibran de tal modo, de una forma tan viva, que les parecen auténticos monstruos. «¡Ladrones, asesinos, locos!», piensan al unísono. «¡¡¡Vienen a hacernos daño!!!».

Hay algunos niños que eran muy pequeños cuando dejaron su piel y, atemorizados, retroceden, dejan a los demás. Ahora son una pandilla unida, se cuidan entre ellos en la muerte, en el recuerdo de quiénes fueron, aunque algunos no se conocieran en vida porque son de generaciones distintas.

Uno de los guardias acerca la mano a uno de los niños, un crío de unos nueve años que tiene cerca.

Ninguno de los dos humanos esperaba que le arrancara la mano.

La boca del crío se ha desencajado como si no hubiera cráneo debajo y se ha tragado la mano entera.

La montaña reverbera en el eco del grito del vigilante, que se agarra el brazo tratando de detener la hemorragia. El otro busca sus armas en vano.

Mientras ellos dudan, sin comprender qué sucede, los niños han descubierto el sabor de la sangre y también han comprendido qué era el dolor que los llevaba martirizando desde que despertaron, atados a las calles del pueblo.

Se lanzan en grupo, como una manada compacta, y los devoran.

Solo dejan la ropa hecha jirones. Uno de los más pequeños encuentra la puerta abierta y los demás le siguen.

Ya no tienen miedo, ahora son fuertes. Ningún adulto podrá dañarlos nunca más.

Los monstruos ya no los perseguirán porque los habrán devorado antes.

Por suerte, los otros cinco hombres de la guardia local dormían cuando los niños llegaron al dormitorio común.