Casa desconocida, mañana del 2 de noviembre
Paradas frente a la puerta de una verja que hace como dos de nosotras —una sobre los hombros de la otra— con un aviso de peligro de alto voltaje, esperamos a que los vecinos, dueños de la casa en cuestión, nos permitan ingresar al recinto.
Se han mostrado reacios desde un inicio.
Por un interfono junto a la puerta nos han informado con su silencio de que no tienen intención de abrirnos, pero Clara no se da por vencida.
Después de un buen rato de monólogo, en el que incluso ha habido amenazas y acusaciones serias sobre sus responsabilidades y el poder que ella ejerce como guardabosques, el dueño de la casa ha salido a regañadientes y nos ha dejado pasar al interior.
Clara alza las cejas cuando el hombre aparta la verja y cruza el patio sin mediar palabra. Mi amiga hace un gesto con la mano para que me mantenga tras ella.
El vecino nos abre la puerta de su hogar y se mantiene allí hasta que accedemos al recibidor, entonces cierra tras nosotras.
Nadie más sale a recibirnos y no veo movimiento en el salón que hay más al fondo.
Un olor entre dulzón y metálico lo impregna todo, me revuelve las tripas y busco a Clara, que ya ha avanzado y se asoma a una de las habitaciones.
El dueño de la casa sigue junto a la puerta, no ha hecho un solo gesto desde que hemos entrado.
Clara… —susurro.
Pero ella no me oye, ha entrado en esa habitación y me parece que habla con alguien. Unos golpes rítmicos me hacen mirar arriba, a las escaleras que suben a la segunda planta. El ruido cesa. El olor es empalagoso y al mismo tiempo sucio, como a descomposición, a basura dejada al sol.
Doy unos pasos tímidos hacia la puerta que se ha tragado a mi amiga y descubro que es la cocina.
Clara habla con una mujer que da vueltas a un caldo oscuro y burbujeante en una olla vieja sobre el fogón.
Solo ella habla, la guardabosques le está explicando la situación, la desaparición de la otra niña, Georgina, el pico de actividad en el Umbral.
La mujer no responde, solo da vueltas con la cuchara de madera.
Miro de nuevo hacia la puerta. Los golpes rítmicos se repiten y el hombre sigue ahí, paralizado.
Voy a subir —digo, aunque Clara está demasiado ocupada hablando sola.
Subo los escalones hasta la segunda planta y, en medio del pasillo, vuelta hacia una de las puertas, una anciana se retuerce las manos.
Es una aparición y me doy cuenta al instante por el extraño resplandor que le emana de la piel.
Puede que hace un par de días no me hubiera fijado, pero ahora lo reconozco al momento.
Es menuda y enjuta, viste de negro luto y se concentra en el conglomerado de la puerta como si pudiera ver a través; y es muy posible que lo haga.
Me aproximo con cautela, no quiero resultar amenazante, que me vea como un intruso. Clara dijo que pueden ser muy violentos en ese caso. Sin embargo, la anciana se vuelve hacia mí con gesto de genuina preocupación y se lleva las manos a la cabeza antes de dar un paso atrás y fundirse con la pared.
El golpeteo se repite. Abajo ya no escucho el murmullo de Clara. Giro el pomo de la puerta y entonces algo cae. Es un sonido como de montón de ropa mojada, pesada, quizá con algo duro en el interior. Un cloc mullido y húmedo.
No me atrevo a empujar la puerta y sigo en la misma posición hasta que percibo un golpe desde el interior, algo que choca contra la madera, luego la pared, de nuevo la puerta. Busca la salida.
Dejo que mi muñeca haga el gesto de retorno, devuelvo el pomo a su posición original a tiempo de sentir un tirón violento desde el interior. Rápidamente hago contrapeso con mi cuerpo y siento la fuerza que trata de abrir la puerta desde el otro lado.
Por el rabillo del ojo percibo movimiento. Me vuelvo y veo al hombre, que sube las escaleras demasiado rápido para ser tan silencioso. El corazón me da un vuelco porque se abalanza sobre mí, pero si dejo ir la puerta no tengo ni idea de qué saldrá del dormitorio.
El hombre alza el puño, corre en mi dirección.
Cierro los ojos, preparándome para el impacto, cuando un resplandor fantasmal vibra atravesándome los párpados.
Al abrirlos de nuevo la escena que contemplo me provoca un estallido eléctrico en la piel, el dolor pasa rápido hacia las extremidades y escucho un chasquido al otro lado de la puerta, como si una mosca muy gorda se hubiera golpeado contra una de esas palas electrificadas que usábamos en verano.
Trato de recomponerme y comprender qué estoy presenciando porque la mitad del hombre ha desaparecido, solo permanecen las piernas y parte del abdomen pegados al papel pasado de moda del pasillo.
Un resplandor crepita alrededor de ese cuerpo-pared, las piernas convulsionan y después quedan colgantes en una postura desencajada, sin llegar del todo a tocar el suelo.
Dentro de la habitación, lo que fuera que ha recibido la descarga, vuelve a golpear la puerta, esta vez con tanta fuerza que el conglomerado se quiebra y una grieta la cruza de lado a lado.
Salto hacia atrás y, antes de la siguiente embestida, corro escaleras abajo mientras grito el nombre de mi amiga.
Clara se asoma desde la cocina para verme saltar el último tramo de escaleras.
La puerta estalla tras de mí con un trote pesado a mi espalda, abro la puerta a la calle y salgo por patas.
Doy la vuelta a la casa sin esperar a ver aquello que me persigue y, cuando paso junto a la ventana de la cocina, veo a la mujer atacar a Clara con una hachuela.
También llego a ver a mi amiga, que detiene el impacto con el antebrazo y escucho el alarido de dolor.
Una caseta se alza al fondo del patio, junto a un muro de ladrillos y una barbacoa de obra.
Acelero, tiro de la puerta y entro en la oscuridad con olor a óxido y madera.
No hay ventanas y no voy a alertar de mi paradero prendiendo ninguna luz.
Palpo con los dedos hasta dar con un pasador y cierro desde dentro.
Después me hago un ovillo en el rincón más alejado de la puerta y espero.
Casi puedo ver el movimiento, los pasos son pesados y elásticos, alcanzan de un lado a otro el patio en un abrir y cerrar de ojos.
Respiración rápida, sonidos de aspiración húmeda.
Tantea el exterior de la caseta, la empuja y en el interior todo vibra, caen algunas piezas de las paredes, una me golpea en la pierna y he de acallar un quejido con ambas manos.
Un olor dulzón y metálico, de fruta y descomposición, de flores y carne en mal estado me llena las fosas nasales, hace que me ardan.
Respiro por la boca tratando de evitar el hedor, pero es tan fuerte que lo saboreo.
Las lágrimas por el asco me suben a los ojos.
Pienso en Clara, en la última vez que la he visto, y me pregunto si habrá podido escapar.
No me atrevo a salir e ir en su encuentro, ni siquiera sé a qué me enfrento o cómo defenderme, aunque soy consciente de que tampoco puedo esperar a la noche porque darán conmigo.
Mi mejor opción es llegar al todoterreno, si la verja todavía está abierta.
Las pisadas y el aroma a podredumbre se alejan.
No necesito verme las manos para saber que tiemblan porque toda yo estoy tiritando.
De pronto siento frío hasta en los huesos, una humedad que me congela el sudor provocado por el miedo.
Descorro el pestillo y abro una rendija, lo justo para mirar al exterior.
La luz me ciega unos segundos hasta que empiezo a reconocer los contornos.
El patio posterior está desierto y el silencio se ha posado en el entorno, ni los pájaros cantan ya.
Doy unos pasos ciegos antes de acabar de situarme. Vuelvo sobre mi rastro y me asomo por la ventana de la cocina, atravesada ahora por una línea de sangre dispersa. En el interior de la cocina no hay nadie, pero sí más sangre que mancha la pared y el mármol oscuro.
Antes de regresar hacia la entrada, me aseguro de que la cosa salida del dormitorio no esté por ahí. Nadie en el patio delantero. Vacilo a la hora de continuar, ahora sería un buen momento para correr hacia el todoterreno, pero Clara puede seguir dentro.
«Agua y aceite», me digo para infundirme ánimos, a esas cosas no les gusta ni la electricidad ni la radiación electromagnética y yo soy un puñetero saco de carne relleno de tecnología moderna. Quién sabe, es posible que nos repelamos como el agua y el aceite. No me lo creo ni yo.
Subo los cuatro escalones de la entrada y no necesito abrir la puerta, ya que su hueco sigue mostrándome el interior de la casa.
El silencio aquí dentro es más denso, una masa que acalla los sonidos, no escucho ni mis pasos.
En el piso de arriba veo el resplandor que relaciono con la anciana y al fondo, en el salón, me parece ver algo oculto tras el sofá.
Podrían ser la mujer o Clara, la cosa que me seguía era demasiado grande para esconderse ahí.
Paso junto a la cocina y veo la hachuela manchada en el suelo, un reguero de sangre traza una línea discontinua hacia donde me dirijo.
¿Clara? —susurro—. ¿Estás ahí?
Cuando entro en la estancia veo el cuerpo de la mujer tirado a un lado.
Es un amasijo de extremidades en mal sitio, con la cabeza en un ángulo imposible.
La sangre me lleva tras el sofá, donde encuentro a Clara, se ha hecho un torniquete en el brazo y aprieta una tela empapada sobre él, que ya no sé si era un trapo o qué porque está totalmente rojo.
Sigue consciente, aunque parece un muñeco de cera.
Me la cargo a la espalda y siento que saltan un par de puntos de la herida de la pierna.
Trato de ir lo más rápido posible, en este ambiente insonoro me preocupa poco alertar por el ruido.
Llego junto a la escalera y entonces los veo: apéndices que se contorsionan, oscuros y húmedos, unas garras enormes que abaten su peso y destrozan los peldaños, un bracito delgado, de niño, le sale de un costado, de esa piel babosa, como las piernas salían de la pared.
Sin embargo, los dedos se mueven tratando de agarrarse a algo.
Retrocedo. El peso de mi amiga me hace trastabillar, me apoyo en la pared para continuar hacia el salón. La sangre de Clara me empapa la camiseta.
Esa cosa se detiene al pie de la escalera, mira hacia la calle. El hedor se desliza por el suelo y las paredes, son apéndices invisibles que también se contorsionan hasta introducirse por mis orificios.
Trota hacia el exterior. De nuevo hace ese ruido húmedo, respira y olfatea, pero no con una nariz. Con un salto deja atrás la verja y corre en dirección a la montaña.
Ahora sí, acelero yo también para llegar al todoterreno. Por suerte la puerta está abierta. Dejo a Clara en la parte de atrás y busco una radio, un walkie , ¡lo que sea! Lo que encuentro es mi móvil con la pantalla rota y la carga a mínimos.
Llamo a Marla, salta su contestador y entre sollozos le explico lo que ha sucedido.
Cuelgo y busco en el cinturón de Clara hasta dar con su móvil.
Marco el teléfono de emergencias. Una voz de mujer me pregunta por mi incidencia y empieza a enumerármelas dándome un número para cada una.
«Si no es ninguna de ellas, permanezca a la espera».
«Todos nuestros agentes están ocupados, el tiempo de espera puede ser de media hora».
Cuelgo y llamo a la guardia local, de nuevo me salta un contestador.
Dejo un mensaje escueto: la guardabosques está malherida, una criatura ha matado a los inquilinos de una casa de Pico de Lobre y no sé si puede haber alguna otra suelta.
Arranco el motor mientras llamo al fijo de Tomás, el único que ahora mismo puede ayudarnos.