Génesis, la cueva de la oscura, 3 de agosto de 1995
El pasado y el presente convergen, pues son una misma cosa, un continuo, energía que cambia, sucesos que inevitablemente llevan a otros. Cuando algo duerme acabará por despertar, si algo vive llega el momento de su muerte.
Dos niñas ignoran los avisos de sus mayores, suben al pico más alto, a la cueva de la oscura y entran en ella.
Al fondo de la gruta, tras túneles dentados de estalactitas y estalagmitas, llegan a una sala que preserva la noche, donde los cristales nacen de la roca como estrellas y las aguas en su interior son tan negras como el betún, una masa líquida y oleosa que respira.
Pero ellas no tienen miedo, quieren explorar, enfrentar lo desconocido, cazar dragones y regresar con los bolsillos llenos de tesoros.
Aunque lo que encuentran es muy distinto, allí asomadas lo presienten, pues ver no han visto nada; el miedo les crece en el pecho hasta el punto de que una de ellas, la más pequeña, se hace un poco de pis encima.
Cuando intentan escapar, la mayor resbala y cae abajo, a la orilla.
Saca el brazo rápido del agua, pero ya ha sellado su destino.
La amiga que había salido de la cueva a toda prisa se vuelve y no ve a la otra.
Duda. Podría volver y pedir ayuda a su abuelo, quien siempre lo arregla todo, pero quizá le daría tiempo a lo que ha sentido dentro para…
Regresa, se tumba y estira el brazo hacia abajo, hacia la niña que llora y tiembla junto a las aguas que ahora cantan.
Esa noche hubo lluvia de estrellas. Todos los veranos las Perseidas pueblan la oscuridad de los cielos con luces que caen a la tierra, mas en esa ocasión fueron distintas, ya que algo más descendió con los meteoros.
Algo que se repetiría diez años después, desvelando a los que dormitaban en el Umbral.
En lo que denominan su presente, ambas mujeres se apean ante una casa de ladrillo con verjas altas y suelo de cemento en lugar de jardín, sin saber que algunos fantasmas transitan por la carretera y otros se internan en el bosque, que algunas criaturas poco pacientes contemplan con deseo la muralla de piedra desde el linde que forma la sombra de los robles, que uno de los niños ha dejado de gimotear y, con los ojos vueltos hacia adentro, ahora se contorsiona de formas imposibles para las articulaciones de un cuerpo humano.