Lo que no veo en el bosque Pico de Lobre, mañana del 2 de noviembre
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Pico de Lobre, mañana del 2 de noviembre

Clara mantiene el silencio, supongo que espera a que lo rompa yo, aunque estoy más interesada en las calles vacías, las ventanas cerradas, los fantasmas que pasean en plena mañana.

Refresco frente y mejilla contra el cristal de la ventana.

Me siento febril. Observo ese cielo tan azul que al principio, cuando salí de la esfera, hizo que insectos se me revolvieran en la tripa; pensé que eran mariposas, pero bien podrían ser de otro tipo, viendo adónde me ha llevado la excursión.

No logro separar el pueblo que recuerdo de mi infancia del actual. Veo un petirrojo que busca insectos entre las tejas y todo me parece sencillamente en su lugar, pero después descubro por el rabillo del ojo que un brazo atraviesa el muro del edificio, un poco más abajo. El espejismo se rompe.

¿Cómo sucedió? —pregunto—. Yo lo viví en la ciudad.

Bueno, de hecho, en el campus. Mamá murió antes de ver la esfera cerrada, sin conocer la seguridad de la dictadura de PanKhloé —digo chascando la lengua, con sorna—.

Pero poco sabemos de qué pasó afuera. Lo que conocemos es por los panfletos publicitarios, tanto los que invitan a aquellos que no pasan la criba a abandonar la ciudad como aquellos que venden pasajes de vacaciones rurales.

Mi amiga no aparta la vista de la carretera con su ensayada cara de póker como respuesta.

Cuando llegué no me fijé siquiera, supongo que estaba demasiado ofuscada en mis propios problemas y la tormenta hizo el resto, pero aquí no tenéis las medidas básicas de seguridad que se supone que hay en otras comunidades. Y digo: «Se supone» porque no había salido desde que cerraron la esfera.

Clara toma aire por la nariz, profundamente, hincha el pecho y lo deja ir pausado entre los labios. Se vuelve un segundo para contemplarme y de nuevo se centra en la conducción.

Los focos solares y las alambradas eléctricas solo los mantienen a raya hasta que se dan cuenta de que, pasado el dolor intenso inicial, nada los detiene.

Es como un collar con descargas para un perro, ¿sabes?

De esos que utilizaban algunos antiguamente con sus supuestos mejores amigos.

Si el deseo del animal es salir, seguirá intentándolo y cuando entienda que el dolor momentáneo es el pago por su libertad…

Sus manos aprietan el volante hasta que los nudillos se le ponen blancos.

Mi hermano ya vivía en una ciudad cuando todo esto pasó, estudiaba allí y nunca regresó.

No lo culpo. Cuando tuvo piso propio, antes de nacer sus hijas, nos invitó a ir, a vivir con ellos…

Fue muy generoso, teniendo en cuenta que no habríamos pasado el corte ni de coña y que eso les habría restado puntos como unidad familiar.

Salimos de la parte antigua del pueblo y nos dirigimos hacia las casas de nueva construcción.

Papá no quiso ir y yo me quedé con él; a fin de cuentas, había estudiado biología, así que acepté el puesto de guardabosques. Yo pertenecía a este lugar.

Clara detiene el todoterreno frente a un edificio rectangular pintado de amarillo natilla, con unas rejas altas, tras las que veo unas canastas de baloncesto.

Al principio la gente huyó despavorida, ya sabes cómo fue el Despertar.

Pero después las cosas se calmaron y era como si todo hubiera sido una alucinación colectiva.

Teníamos esas clases comunitarias obligatorias de supervivencia y nos vimos forzados a instalar las medidas de seguridad, pero pasaban las semanas, los meses y todo parecía normal.

Apaga el motor, se quita el cinturón y posa ambas manos sobre los muslos. La vista al frente, aunque sé que está muy lejos de aquí.

Hicieron la primera criba, la proclama del nuevo orden.

Muchos fueron los que consideraron que vulneraban los derechos humanos básicos, sus libertades, y volvieron, regresaron en masa.

Había tantas casas vacías por entonces… Las calles se llenaron de vida —dice con una media sonrisa, que pronto se tuerce—.

Abrimos la escuela, dos parques infantiles y empezaron a venir por las noches.

Yo los vi desperezarse alrededor de la cabaña, arrasaron con las defensas del puesto fronterizo.

Papá logró llegar a mí gracias al dichoso libro, estaba moribunda, aunque no me habían devorado.

Me enseña una fea cicatriz en el costado.

No eres la única que ha sentido a esas cosas dentro.

Resigo la línea con los dedos y ella se cubre de nuevo.

Pasó poco tiempo hasta que encontraron la forma de cruzar las barreras que los llevaban hasta la población. Los devoraban en sus propias casas, aunque a otros los llevaron al bosque y no los volvimos a ver.

Se golpea contra el reposacabezas un par de veces antes de continuar.

Esto tampoco lo cuentan, pero cuando una población es atacada dejan de llegar los suministros. La guardia local, si sigue operativa, manda algunos paquetes por dron, lo justo para los supervivientes.

Revisé el estado de Pico antes de venir, no aparecía que hubiera bajas en la población, todo se reflejaba en calma. Era una población en verde, sin alertas.

La guardabosques ríe, una carcajada abierta y triste, muy muy triste.

Fue entonces cuando decidimos que teníamos que salvarnos solos. Papá me ayudó con el libro, enseñamos los sellos a todos los vecinos, confeccionamos talismanes para los niños y nos preparamos para lo peor.

Me toma la mano con fuerza y me mira con fijeza, como cuando me iba a contar algo superalucinante y la intensidad era tal que temblaba, como el día que cazó un ratoncito y lo guardó en secreto para que fuera nuestra mascota.

Al principio fue terrorífico, todos esos muertos en las casas y las calles. Hubo ataques hasta que comprendimos el funcionamiento. Pero las criaturas, la naturaleza corrupta, no volvieron a entrar. Yo los detuve, acepté al bosque en mi interior y los detuve.

Doy un breve tirón al escuchar sus últimas palabras, pero ella no me suelta la mano. Se acerca a mí hasta que sus labios me rozan la oreja.

No eres la única que tiene cosas que no son humanas por dentro.

La piel se me eriza y las náuseas amenazan con hacerme vomitar el frugal desayuno.

¿Qué quieres decir? —me atrevo a preguntar en un susurro.

Ahora se pone frente a frente conmigo, rozándome la nariz.

Puedo vivir en el bosque porque soy parte de él.

El pago por proteger el pueblo con la magia de ese libro era abrirme a algo que había en mi interior.

Nunca podré formar una familia o llevar una vida normal, o lo que pueda llamarse normal hoy en día.

Tampoco podría entrar en una ciudad, lo mismo que los mantiene a ellos afuera…

, toda esa radiación también me freiría a mí.

Le poso mi mano libre en el pecho y los ojos se le enrojecen, contiene las lágrimas. Ella me suelta e imita mi gesto.

Siempre hemos sido un reflejo de la otra, ¿no? —digo colocándole un mechón tras la oreja.

Me retiro y miro hacia el pastel con ventanas.

Aunque no lo entiendo. Si lo habías logrado, ¿qué ha pasado ahora? ¿Por qué esa niña fue al bosque en plena noche? ¿Dónde están los críos? —pregunto con un cabeceo que señala la escuela en silencio y la puerta principal cerrada a cal y canto.

Mi amiga niega y vuelve a abrocharse el cinturón antes de poner en marcha el motor.

Según mi padre, hace tiempo que no se ven niños. Georgina desapareció la noche de la tormenta y, a la siguiente, la guardia local enmudeció. No sé qué ha pasado, pero creo que ha sido el peor momento para tomarte unas vacaciones, Elo.