Robleda, mañana del 2 de noviembre
La bestia no es la única criatura que desea romper el círculo para que el pueblo regrese a donde debe.
Algunas se arriesgan más, sufren quemaduras por la incidencia del sol en sus pieles sin melanina, adaptadas para la oscuridad profunda, luchan contra la somnolencia que las dejaría inertes y desprotegidas al aire libre, a merced de cualquier otro ser vivo.
Uno de esos seres ahora se afana en excavar con sus garras afiladas en forma de garfios.
No están hechas para eso y ya ha perdido un par de uñas; pese a ello, no desfallece.
En plena noche, algunos humanos podrían considerarla exótica por la bioluminiscencia de los corpúsculos de su piel, que semejan setas diminutas de tonos azulados, para así pasar inadvertida en su bioma.
En plena mañana, en cambio, es un cuerpo antropomorfo, casi perruno, extremadamente delgado y con una cabeza desproporcionada de largas púas en lugar de dientes.
La piel es grisáceo-verdosa, con bultos violetas por toda su superficie.
Las garras sirven para adherirse, para enraizar y no caer cuando los arbóreos remueven toda la tierra.
Su especie es parasitaria, se alimenta de la sabia de los árboles y, al mismo tiempo, devoran animalillos incautos que caen en sus fauces de digestión lenta.
Mas ahora, esta criatura en concreto, trabaja para el bien común.
Cava en el punto justo donde crecía la vegetación, ignorando la sal que lo marchita todo.
Ahí ha ido hundiendo sus extremidades y lanzando tierra a ambos lados.
Hace unos minutos que ha roto el sello, pero ahora ya no puede parar; el sol ha despertado y ella no piensa con claridad, las quemaduras en su fina epidermis son ronchas de un rojo oscuro, casi marrón, que se extienden en forma de onda expansiva.
Poco tiempo después perece, con la cabeza enterrada en la humedad que emana del agujero, marchita como una flor en el desierto.
Horas después, si alguien pasara por allí vería algo semejante a un gran manojo de paja quemada, algo vegetal que ha ardido.
Pero por esa zona no suele pasar nadie y ahora menos, que el pueblo permanece en silencio, día y noche.
Los únicos que lo han visto todo son los aparecidos, que, tras gritar para oídos sordos, han encontrado la puerta abierta, el sello de la tumba, roto, porque si el bosque puede entrar al pueblo, el pueblo puede caminar hacia el bosque.