Casa del abuelo, mañana del 2 de noviembre
Despierto dolorida e inquieta en el banco de la cocina.
Supongo que caí rendida cuando mi abuelo desapareció.
Busco el móvil en mis bolsillos, pero no doy con él y recuerdo que lo perdí en el bosque.
No tengo forma de saber qué hora es, tampoco de llamar a Marla y ver cómo está.
Necesito que me cuente que todo sigue exactamente igual allí, que la rutina que hasta hace dos días me asfixiaba sigue inalterada.
Compruebo la fuerza de mis piernas. Por fin me pongo en pie y llego hasta la nevera por mis propios medios. Mastico sin ganas una manzana y un trozo de pan. Me preparo un café para espabilarme.
Debería guardar las cosas en la maleta, subirme al coche y regresar, olvidarme de todo y poner a la venta la casa, comprarle algo bonito a Marla como compensación por mis gilipolleces con lo poco que me dieran por ella, si es que alguien llega a quererla.
Pero no voy a hacer nada de eso porque me siento responsable.
La culpabilidad se ha transformado en algo más profundo tras saber lo que hizo mi familia.
Recuerdo los rostros de los aparecidos que nos cruzamos anoche, los niños en las calles, y me pregunto si a ellos también les duele. Si, como a mi abuelo, proteger a los vivos les pasa factura.
Ahora ya no es una cuestión de si la cagué, sino de la necesidad de saber la verdad. Y la única que puede ayudarme a encontrar respuestas es Clara.
Recuerdo de memoria el número de casa de Tomás, de cuando éramos crías y nos telefoneábamos por la noche, antes de dormir, pese a pasar el día juntas.
Lo marco en el fijo y escucho el tono. Espero, ahí de pie, en el recibidor, observando las escaleras que el otro día me aterrorizaban, preguntándome si aquella mujer en camisón era mi abuela. Si Clara lo sabía.
La voz de Tomás responde al otro lado, pregunto por la guardabosques.
Va camino de tu casa —dice.
Y le cuelgo. Ni gracias ni nada. Sé que no se lo merece, pero ahora mismo no puedo dar más, de verdad que no.
Subo al piso de arriba y me acerco a la habitación cerrada, rozo la puerta con los nudillos sin atreverme a llamar.
Lo siento mucho —susurro—. Solo quedo yo.
Después me lavo la cara y los dientes, me aseo lo mejor que puedo y me cambio de ropa. Cuando me pongo la chaqueta y llego al metal que separa el patio de la calle, Clara ya me espera junto a la puerta de su todoterreno. En su mirada se adivina la emoción ambigua, el no saber cómo encararme.
Voy a la escuela y de ahí a visitar a algunas familias, ¿me acompañas?
Lo pregunta, pero en realidad me está pidiendo que suba, que vaya con ella y me deje de milongas.
Con el gesto, mientras abre la puerta del conductor como si hubiera respondido ya, me dice que es consciente de que todo esto es una mierda y que, si hubiera podido, me lo habría contado antes, pero que ahora me necesita a su lado porque esto le va grande y confía en mí, aunque haga dos décadas que no nos vemos.
Y por supuesto que subo, me pongo el cinturón y miro al frente. Porque todo esto nos va enorme a ambas y, si he de meterme en la boca del monstruo, será con ella.