Casa del abuelo, madrugada del 2 de noviembre
Ni una palabra más. Con ese mamotreto esotérico bajo el brazo, me he dejado llevar hasta casa. Después, les cierro la puerta en la cara con toda la amabilidad de la que soy capaz.
Alimento el fuego de la chimenea, que seguía ardiendo, porque la casa debe estar caliente y vete tú a saber si es parte de algún ritual que ignoro.
Dejo el libro sobre la mesa de la cocina y me dispongo a esperar, aunque no pasan ni cinco minutos cuando él se materializa al otro lado, en una de las sillas.
Cuando lo veo no sé si gritar, llorar, lanzarle el tomo y atravesar su bruma espectral… Pero solo me sale un murmullo inconexo que no llega ni a palabras.
Ella me lo pidió —dice él.
Y la piel se me eriza de tal modo que duele, como si me atravesara una corriente eléctrica.
Puedes hablar.
Solo si es absolutamente necesario.
Mira hacia la chimenea. Me doy cuenta de que evita el contacto con el libro, no solo físico, pues está alejado de la mesa, sino también visual.
Le ofreciste a tu mujer, dejaste que esa cosa la devorara —rujo.
No es tan sencillo. Tu madre iba a morir y su madre se negó a aceptarlo. Yo estudiaba el libro porque quería saber cómo detenerlo, que no volviera a suceder…
Entonces, ¿te daba igual que mamá muriera? ¿Perder a tu hija?
Esos ojos azules como mar en calma me atraviesan y sé que no es eso, pero me da igual.
¡Solo te importaba el conocimiento! ¡¡Saber cómo controlarlo!! —grito.
Después escondo el rostro entre las manos y rompo a llorar.
Creía que perdería a mi hija y no deseaba que nadie más pasara por eso. Pero al final, no conseguí nada, solo perdí a la única mujer que amé y después eso alejó a mi hija. Teresa no sabía qué sucedió, pero siempre me culpó por la muerte de su madre. Supongo que cuando yo…
Se detiene, no le salen las palabras. Alzo la vista para mirarlo a través de los dedos. Es como si se hubiera bloqueado. Quizá eso de hablar de la propia muerte no es algo que les sea agradable, puede que sea una prohibición.
Cuando te apareciste por primera vez ante mamá, algo pasó, ¿verdad? —digo mientras busco un pañuelo en el bolsillo y me sueno la nariz.
Él parece reconectarse a este momento, a esta línea del tiempo y realidad.
Ató cabos. Ya había visto el libro, pero pensó que era alguna de mis investigaciones absurdas, las búsquedas de mitos y leyendas locales que llevaba a cabo con Tomás.
Mi abuelo fluctúa, su aura brillante y blanca se torna azulada y eso debe de doler, porque tuerce el gesto y las arrugas de la frente se endurecen.
Leyó parte de lo que hay ahí —dice sin mirar el libro, pero refiriéndose a él—. Y decidió alejarte de él todo lo que pudo.
Pero regresé.
Él asiente.
Los niños…
Su mano hace un gesto como de apartar moscas.
No es el hambre de la montaña —asegura—. Nada tiene que ver con ello. Esta vez es solo el miedo y el bosque los acoge.
De nuevo fluctúa, la luminosidad se vuelve de un azul vibrante que me recuerda a las setas luminiscentes que vi mientras estuve perdida. Mi abuelo se retuerce de dolor al tiempo que desaparece y la luz del amanecer entra por la ventana de la cocina.