Génesis, indeterminado
No puedo hablar de sentimientos humanos, aunque conozca la desesperación.
Algunos creen que las cosas les suceden solo a ellos, que hay una especie de energía cósmica que conspira en su contra, pueden ver esa malicia en el vecino o en algo abstracto.
Sea lo que fuere, les causa pavor, pesadillas y odio, una sed de sangre contra los otros, contra lo que no comprenden, que resulta irrefrenable.
El ser humano es capaz de agarrarse a cualquier cosa cuando cree que va a caer, aunque se corte las manos en el proceso y se despeñe de todos modos, sin dedos.
Y eso sucede más a menudo de lo que creen porque perciben el centro de gravedad de todo el universo en sus propias tripas, ahí, en esa cicatriz deforme de nacimiento.
Así que, cuando algo a su alrededor inicia un nuevo ciclo, creen que tiene que ver con ellos.
Existen ciclos que se suceden cada poco tiempo, las fases lunares y las mareas, las estaciones del año y la caída de las hojas.
Sin embargo, otros siguen patrones distintos, movimientos y alineaciones que el ser humano no llega ni a imaginar, y cuando todo muere a su alrededor creen que es una de sus criaturas inventadas, uno de esos seres con los que justifican los horrores que el propio hombre ejecuta.
Lo que no entienden es que los sacrificios no apaciguan, sino que alimentan y cambian patrones de ese ciclo.
Si cuando Saturno termina una nueva órbita alrededor del Sol, cosa que sucede cada veintinueve, casi treinta años, y se alinea de nuevo con la luna, los campos se secan y los hombres deciden ofrecer ganado, la siguiente vez que se inicia el ciclo, después de las plantas, caen las reses… Podéis imaginar cómo sigue el cuento.
Y así, hace tantas generaciones que se pierden en los antepasados de la especie del hombre, un padre ofreció a su hijo a algo que creía un dios y este lo devoró con sumo gusto, pero la siguiente vez quiso más, no solo uno, sino todos, así que el hombre ofreció a su mujer…
Y cuando la naturaleza enloquece, porque se rompen barreras de nuevo por acontecimientos que poco tienen que ver con el ser humano, ellos creen haber invocado algo mayor.
En una de las casas de Pico de Lobre, tres son los que hablan del pasado y cómo este afecta al presente.
El anciano Tomás muestra a la joven Eloise el libro que guardó su abuelo, el mismo que llevó a su abuela a la tumba, que aterrorizó a su madre hasta alejarla por completo de su herencia, las páginas que invocaron a todos los espíritus que ahora guardan las calles del pequeño pueblo de montaña.
La mujer bosque conoce el libro, se sabe los rituales y hechizos, las palabras y símbolos, ella ayudó a crear el círculo que protege a los habitantes y mantiene a salvo a las criaturas de un lado y otro, porque ella las siente parte de un todo que el resto no querría comprender.
En otra casa de Pico de Lobre, la madre de Georgina acaricia la fría piedra del muro que la separa del bosque.
Desea liberarse al fin, darse a la naturaleza y que la aberración la posea, pero su marido no está de acuerdo, no quiere perder nada más, piensa que se merece una recompensa y, a la larga, la tendrá, como todos.
Podría detenerme casa por casa, ver qué sucede en su interior, escuchar los lamentos del niño encerrado en el sótano, de la niña atada a la cama, los ruegos arcanos de unos hombres que ofrecen sacrificios para que el universo siga girando alrededor de sus ombligos.