Casa de Tomás, medianoche del 2 de noviembre
Esto sí que es un auténtico viaje en el tiempo. La casa no ha cambiado nada: los mismos paisajes y bodegones en las paredes, la vieja cocina y alacena, los cojines de punto de colores que no pegan.
Creo que sonrío porque Clara me mira de reojo y también lo hace.
Me deja aparcada en una silla y sigue a su padre atravesando el recibidor, a la salita que se abre al otro lado, donde, si todo sigue igual, debe haber dos butacones y paredes forradas de estanterías repletas de libros.
Esa habitación es lo más parecido a una biblioteca en este pueblo, a Tomás siempre le gustó leer y nunca tuvo problemas para compartir su afición.
Cierran la puerta tras ellos y los escucho hablar en voz baja, de vez en cuando la suben. Algo no acaba de gustarle a la guardabosques, pero pronto deben de llegar a consenso, porque salen los dos, se plantan frente a mí y mi amiga dice:
Mi padre quiere contarte una cosa.
Después toma distancia. Camina hacia la alacena, se hace con tres tazas y una tetera, en la que embute unas ramitas de tomillo, y se pone a calentar agua para la infusión evitando mi mirada.
Bueno, niña, verás… —empieza Tomás.
¿Qué os pasa a vosotros dos? —suelto de pronto un poco molesta—. ¿A qué viene tanto secretismo?
Por algún motivo, la actitud de mi amiga me ha cabreado, es como si me hubiera mentido todo este tiempo y ahora no se atreviera a confrontarme.
No te enfades con Clara —dice Tomás—.
Yo le pedí silencio porque no sabíamos cómo ibas a reaccionar.
Y he de pedirte perdón, no solo por eso, sino porque fui yo quien entró a escondidas en tu casa.
Sé que te diste cuenta, Clara me lo dijo, pero es que lo hice todo con prisas, ¿sabes?
Tu abuelo no estaba muy conforme que digamos.
Lo miro con suspicacia, demasiados rodeos.
Ve al grano, ¿qué te llevaste y por qué? —espeto.
¿Tu madre te contó cómo murió tu abuela? —pregunta, aunque no espera respuesta—. Teresa era muy niña cuando ella falleció y estoy seguro de que Mauricio la protegió, por lo que dudo que sepas qué sucedió exactamente.
Me llevo la mano a la frente. Estoy agotada; si fuera por mí, ignoraría toda incógnita pasada y me metería en la cama para despertar mañana junto a Marla, sin tener que ver más las calles llenas de muertos en bucle, ni temer la naturaleza que tanto había añorado y ahora me aterroriza.
Verás, siempre hubo leyendas, decían que el nombre del pueblo se debía a una bruja o a un demonio, a una criatura oscura que habitaba en el pico más alto.
Cuando yo era crío era costumbre que las abuelas nos dijeran que, si no nos portábamos bien, se nos llevaría el monstruo de la montaña.
El típico hombre del saco, si no fuera porque existe constancia histórica de desapariciones de niños en la zona.
Las desapariciones de niños, por mucho que nos duela, eran normales —añado, cortando su relato—. Siempre ha habido personas que se han alimentado del dolor del más vulnerable.
Hablo de desapariciones y muertes en masa, Eloise —explica Tomás—.
Eso lo supe después, mucho tiempo después, investigando en diarios locales y los registros de las iglesias.
Gran parte de esa información había sido destruida o la ocultaban y no fue hasta que volvió a pasar que se soltaron algunas lenguas.
Imagino a mi madre de niña y digo que la imagino porque no existen fotografías de esa época, solo una anterior a su nacimiento, de mis abuelos en su boda.
Después, nada más, todo borrado, y siempre he elegido creer que era porque no existía la fiebre actual de inmortalizar banalmente cada segundo, hasta el punto de no vivir el momento porque es más importante dejar una huella visual que la impronta del recuerdo…
Pero ahora veo que quizá había algo más oscuro detrás, una realidad que preferiría no saber.
Tras vivir años de guerra y represión, creíamos que por fin podríamos disfrutar nuestras vidas en paz.
Nos casábamos, teníamos críos, celebrábamos las fiestas y cultivábamos el campo.
Aunque no duró. Una mañana al alba, los campos estaban enfermos y las plantas morían sin causa aparente, las cosechas perdidas.
El bosque y los prados circundantes también sufrieron las consecuencias.
Dos días después, fue el ganado el que enfermó, les nacían gusanos de adentro, morían devorados, criando moscas.
Tuvimos que sacrificarlos y quemarlos. Llamamos a las autoridades y nos enviaron personas con títulos y muchos tubos de ensayo.
Hicieron pruebas a la tierra, el aire, el agua…
, buscaron en las fuentes subterráneas. Todo les pareció normal y limpio.
Sin causa, pero también sin pruebas de que hubiéramos hecho nada nosotros, pese a que nos llegaron a acusar de ello, y se vieron obligados a indemnizarnos por las pérdidas. Pero la plaga no se detuvo ahí.
Tomás sale un momento de la habitación y regresa con una caja, de ella saca una fotografía enmarcada en la que lo reconozco a él muy joven, lo acompañan una mujer y tres niños.
Esta era Lucila, mi esposa, murió de pena cuando perdimos a nuestros tres hijos: Josep, Carlos y Ernesto.
La tristeza se refleja en su mirada y en las arrugas que le surcan el rostro, alrededor de los ojos y de la boca. Se hunde, lo siento como un peso real, hasta que Clara toma la fotografía, la regresa a la caja y le pone una mano en la espalda, con la otra le tiende una taza de infusión.
Mis hermanastros habrían sido de la quinta de tu madre, aunque seguramente, en ese caso, yo no habría nacido —explica mi amiga ofreciéndome otra taza—.
Mi madre apareció por aquí años después, fue un amorío de verano, se quedó embarazada de mellizos y cuando nacimos decidió que no estaba preparada para un compromiso así; era joven, mi padre, mayor y ella no quería pasar su vida en un pueblo.
No todo el mundo está hecho para tener hijos, por suerte nosotros teníamos a papá.
Clara sonríe con afecto a Tomás y de pronto los veo con luz nueva.
Cuando éramos niñas no hablábamos mucho de nuestras familias, simplemente las dábamos por hecho.
Mi padre abandonó a mi madre cuando se quedó embarazada y ella me crio sola, la madre de Clara decidió que no estaba hecha para ser madre y la crio un padre que podría haber sido su abuelo.
Nos conocimos y encajamos al instante; nos faltaba algo, teníamos un hueco y nuestros vacíos se llamaban el uno al otro, se reconocían.
Entonces, ¿lo mismo que mató a los animales acabó con los niños? —pregunto con tan poco tacto que puedo ver cómo algo se rompe en Tomás.
Me arrepiento al instante, pero la lengua me pierde.
No fue exactamente así, no los mataba el mismo mal. Algunos simplemente desaparecían, otros morían de fiebres terribles que nada podía apaciguar. Hasta que tu madre cayó enferma.
¿Mamá? Nunca me dijo…
Porque no lo recordaba —añade el hombre que a cada palabra parece mayor, como si la historia le arrebatara años de vida—.
Fue tu abuelo quien, presa de la desesperación, encontró en las historias que nos contaban de niños el motivo de nuestro mal.
Aquí reside algo, en el corazón de la montaña, y eso vuelve cada cierto tiempo muerto de hambre y lo devora todo a su paso.
Por algún motivo, según descubrimos más tarde, los ancianos eran los últimos en perecer.
Encontré constancia de hace generaciones en las que apenas quedaron supervivientes, pero las casas y campos vacíos, sin dueños, eran apetitosos y se repobló en poco tiempo.
¿Y cómo salvó a mamá?
Ofreció a su mujer en sacrificio.