Lo que no veo en el bosque Pico de Lobre, medianoche del 1 de noviembre
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Pico de Lobre, medianoche del 1 de noviembre

Los seres humanos se han afanado por crear rincones ocultos a los ojos de los demás, escondites dentro de sus hogares, incluso para aquellos con quienes los comparten, mentiras y máscaras para maquillar lo que guardan por dentro.

Algunos de ellos dicen que nadie conoce a nadie en realidad, que viajan solos y enfrentan sus últimos momentos también en soledad, y puede que sea así en la mayoría de los casos; sin embargo, en ocasiones se dan conexiones entre ellos que recuerdan más a una simbiosis que a una relación humana.

Estos casos se dan especialmente en niños, con sus madres y con amistades especiales con las que nace una comprensión más allá del lenguaje hablado, pues por gestos y actitudes comprenden qué le pasa por la mente al otro.

Cuando crecen, estas conexiones se rompen y embrutecen.

Todos los filtros sociales y educativos de su época y lugar de procedencia provocan un alejamiento, puesto que la comprensión solo puede nacer si no existen prejuicios que la frenen.

Eloise y Clara compartieron esa clase de simbiosis.

Pese a solo coincidir en vacaciones, no necesitaban palabras para deducir qué necesitaba o sentía la otra.

Su relación no entendía de leyes físicas, el tiempo se detenía; aunque sus cuerpos crecieran, ellas dos eran una sin importar el espacio.

Eso se rompió cuando el abuelo de Eloise murió, su madre dejó de viajar a la casa y unos años después una bestia le arrancó el interior para que los médicos de la PK lo sustituyeran y la reconvirtieran en otra.

Ambas perciben la cercanía que emana de su piel como un aroma que las hace reconocerse, la una a la otra. Mas, lo mismo que las hace acercarse, las aleja porque su olor ha cambiado, ya no son las mismas y llevan tantas cicatrices y tatuajes que a la otra le es imposible ver lo que hay debajo.

Al amparo de la escasa luz de las farolas, ahora caminan muy cercanas; Clara ayuda a su amiga de la infancia, vigila que ni ella ni su padre toquen a ninguno de esos seres traslúcidos y brillantes que podrían destrozarlos en cuestión de segundos si los registran como enemigos, intrusos, interferencias en el momento y lugar que no toca.

Eloise mira al frente, al adoquinado y los pies que corretean sobre ellos, observa los gestos de cada fantasma con el que se cruza.

Tal vez busca a alguien a quien reconocer, puede que piense en la cantidad de niños que juegan en las calles nocturnas plagadas de apariciones.

Entiende que esas personas han sido invocadas desde un momento concreto de sus vidas, un reflejo de un recuerdo que se repite y por ello no deben interferir en él.

Mas no comprende por qué algunos se muestran como ancianos, puede que en la apariencia que tenían en muerte, y otros siendo unos críos.

No puede dejar de preguntarse si todos esos infantes también se presentan con la edad en la que murieron.

Los pasos de tres pares de pies, como los de un insecto extraño de tres cabezas, llegan frente a la casa de Tomás y se detienen.

El anciano lleva cavilando desde hace horas, no solo piensa en el comportamiento errático y confuso de Pau y Avelina, sino en lo que se llevó de casa de su amigo Mauricio, en si debería mostrarle a la niña de Teresa lo que su familia le ha ocultado tantos años.

Clara conoce parte de la historia, de ahí sacaron la idea de los espíritus para protegerse de las criaturas de la naturaleza corrupta, pero no conoce toda la historia y teme que Eloise cambie su forma de verlo todo cuando lo sepa, incluidos ellos.

Entran a la casa, que todavía huele a la tortilla de chorizo del mediodía, y dejan la noche y sus fantasmas atrás; en aquella casa no hay aparecidos, todos se quedan afuera.