Lo que no veo en el bosque Pico de Lobre, madrugada del 2 de noviembre
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Pico de Lobre, madrugada del 2 de noviembre

Los tres reemprendemos el paso hacia una valla baja, decorativa, que cierra el patio. Vuelvo la cabeza para ver el muro que los separa de lo que hay afuera, una antigua muralla que fue conservada como reclamo histórico y ahora los protege, como supongo que haría antaño de posibles atacantes.

Cuando damos un paso en la calle de adoquines, me doy cuenta de que no estamos solos; la noche está llena de figuras, apariciones de ancianos, jóvenes y niños, cada uno repite escenas de sus vidas, que, cuando concluyen, como un disco rayado, vuelven a empezar.

Clara y Tomás no se inmutan, viran en dirección a su casa y siguen el ritmo. Algunos parecen autónomos, pese a que ello contradiga la definición de fantasma. Nos observan e incluso nos siguen.

¿Por qué lo hacen? —pregunto—. ¿Para qué nos siguen?

Porque nos reconocen —dice Clara—. Ese hombre de ahí —señala con la cabeza hacia un anciano con boina que camina cerca de nosotros— echaba la partida con tu abuelo y mi padre en el bar, cada domingo por la tarde.

Me vuelvo hacia Tomás, que, concentrado en el tramo que tenemos por delante, no ha dicho una palabra.

Suelen repetirse, excepto cuando algo rompe el bucle, ya sea porque les hace recordar quiénes son o porque significa una amenaza.

Por eso lo de la alarma —comento.

Bien visto. Su naturaleza y la de lo que hay afuera se contradicen, no es la misma la que les da forma y se repelen —explica la guardabosques, evitando rozar a un niño que da patadas a una pelota fantasmal—.

Pero hay que ir con cuidado porque también pueden sentirse amenazados por nosotros.

En su estado actual, somos intrusos para ellos, unos extraños que aparecen de pronto en su existencia, en ese momento arrancado del tiempo. Y se pueden poner muy violentos.

El paseo se me hace largo y me falta el aliento.

Quizá Tomás tenía razón y debería haber descansado un poco.

Entonces caigo en que Clara se encaró a la sombra, a aquella cosa enorme que la atacó, y parece estar tan fresca.

En la única farola de toda la calle adivino un moratón bajo el ojo y la barbilla arañada, pero nada más allá de lo que uno se podría hacer en un accidente tonto.

Mi amiga me descubre y sonríe.

No fue para tanto —susurra—. Aunque mañana lo lamentaré porque lo peor se lo han llevado las costillas.

Llevo una mano a su abdomen y la paso por el pecho, que se nota duro a causa del vendaje.

Nada que no pueda sobrellevarse con unas pastillitas. ¿Verdad, papá?

Pero Tomás sigue silencioso y taciturno. Algo le ronda la mente.

Esos dos —dice al fin—. Ocultaban algo.

Lo sé —responde su hija—. Podríamos preguntar a otras familias, a los padres de los compañeros de Georgina en la escuela.

A veces pienso que allí arriba, en el monte, pierdes la noción del tiempo —musita Tomás.

¿A qué viene eso?

Quizá me equivoco, pero hace días que no veo niños por el pueblo.

Clara abre mucho los ojos y, si no fuera por la falta de iluminación, aseguraría que le suben los colores.

¿Por qué no me habías dicho nada?

Me puedo equivocar, yo no suelo bajar al centro.

¡Se supone que tú cuidas del pueblo y yo del bosque!

Cultivo el huerto y te doy de comer, me ocupo de los encantamientos y los sellos que mantienen a todo el mundo a salvo de lo que hay afuera… El resto ya sabe cómo funciona. Son adultos responsables de ellos mismos y de sus familias.

Mi amiga niega con la cabeza y tira de nosotros para alejarnos de un grupo de aparecidos que ocupa la mitad del paseo.

Otro niño pasa a ras de nosotros, a la carrera, y pronto llegan tres más.

Sigo su estela en la noche, una bioluminiscencia que se adhiere al aire durante unos segundos después de desaparecer ellos.