Casa de Georgina, noche del 1 de noviembre
La aguja hipodérmica se me clava en la piel, entre las vértebras. Tomás inocula el líquido frío, que, según va activando el sistema central, duele y arde. Pese a la comezón, por fin puedo respirar hondo, se han abierto los bronquios de pronto. Doy una bocanada grande y suspiro, aliviada.
Muevo los dedos de los pies. Los huesos son míos, como el cerebro, el corazón y uno de mis pulmones, pero el sistema nervioso quedó destrozado, me reventaron la columna, aplastada, irrecuperable en gran parte… Así que dispongo de uno nuevo, aunque a veces falla y necesito un chute que lo active.
Si no fuera por cosas como esta, pasaría totalmente desapercibida, porque sangro si me corto, me alimento y voy al váter, también he de ducharme de vez en cuando.
Y pese a todo ello, a que siga disfrutando de las manzanas y de un baño con sales, no me siento completa, no soy yo desde entonces.
Esa cosa no solo me atacó y devoró parte de mi interior, sino que me robó algo que me pertenecía, me lo quitó y después me dejó vivir, permitió que continuara adelante cuando nunca más podría recomponerme, por muchas operaciones que practicaran en lo que quedaba de mi cuerpo.
Tomás vuelve a colocarme bien la camiseta y me da unas palmaditas en el hombro.
Niña, ahora con calma —dice.
Me vuelvo para sentarme y encuentro allí a Clara, que, con aire contemplativo, mira hacia la jeringuilla vacía que reposa sobre un trapo, en el borde de la mesita de noche. A través de la puerta entornada veo a los padres de la niña. Ambos me observan de hurtadillas.
¿Ya nos podemos ir? —pregunta mi amiga entonces, regresando al ahora.
Lo ideal sería que descansara media horita…
Puedo caminar —interrumpo.
Pues vámonos, que ya hemos abusado demasiado de la hospitalidad de esta buena gente —apunta ella con ironía.
No sin cierta dificultad, me pongo en pie con la ayuda de padre e hija. Las piernas ya me responden, pero un tembleque de debilidad hace que no pueda dar un paso sin tambalearme.
Bajamos hacia la primera planta con los dueños de la casa vigilando nuestra retaguardia.
De camino al recibidor, observo las fotografías que hay colgadas en las paredes: la niña crece en ellas, desde un bebé rubicundo hasta una cría alegre con las rodillas peladas.
Solo doy con una en que estén los tres, típico retrato profesional, serios, casi tristes, la niña repeinada y vestida de muñeca.
En las demás está sola, instantes robados de una infancia rota.
La casa se abre a la noche y el nudo en las tripas vuelve a tirar de mí hacia ese hueco donde me escondo aterrorizada.
Gracias —dice Clara volviéndose hacia los padres de la niña—. Haré lo posible por encontrar a Georgina.
La mujer mira a otro lado, hacia el bosque, mientras el hombre hace un gesto de disgusto y responde.
Si todavía no la han visto, poco hay que hacer.
Y cierra la puerta. Nos deja en su jardín delantero. Al menos la lluvia ha cesado.