Lo que no veo en el bosque Casa de Georgina, noche del 1 de noviembre
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Casa de Georgina, noche del 1 de noviembre

La furia es un sentimiento en combustión, capaz de destruir todo cuando toca, de hacer arder el mundo en un instante. No atiende a razones porque ninguna emoción lo hace y menos aún aquella que nace de la supervivencia, de la lucha y la muerte.

Arrebatadas del bosque, las mujeres son puestas a salvo dentro de una de las primeras casas del pueblo, la misma que hace dos noches vio salir a la niña.

Los árboles han regresado a la tierra, las raíces en calma, y el resto de seres, lejos de esas circunstancias, se dedican a sus quehaceres nocturnos.

Todas las criaturas menos la bestia, que golpea con su cuerpo una y otra y otra vez el resplandor que la mantiene fuera. Gruñe a los rostros que la contemplan impasibles desde el otro lado, todas esas apariciones de otro tiempo, de ese mismo lugar.

Se aleja de nuevo, toma carrerilla y la emprende contra el muro exterior de la casa, que no llega a tocar porque el círculo la protege. Salta y escarba, mas el sello es profundo y más alto que los árboles.

Como un animal enjaulado, la criatura va de un lado a otro, contempla las ventanas, estudia la línea muerta del suelo. Recuerda aquel resquicio verde, que a punto estuvo de permitirle entrar.

Adentro, en el salón de la casa, Clara, Tomás, Avelina y Pau discuten.

En el piso de arriba, en la habitación de su hija, hay un ser que no es humano, una mujer que debería haber muerto, pero que no lo ha hecho porque dentro no tiene lo que toca.

La pareja la quiere lejos, pero Tomás insiste en que todavía no se la puede mover y Clara prefiere cambiar de tema, volver a la carga con la niña: ¿cómo es posible que Georgina saliera por su propio pie de la casa, en plena noche, con una tormenta como las que no se veían en años y se internara en el bosque?

El padre estalla de rabia, la madre llora, pero Clara no percibe en ellos lo que debería, algo no encaja y sigue apretándoles las tuercas porque al menos así dejarán en paz a la que descansa en el piso de arriba.

Un zumbido en la noche, que no es de insecto ni de criatura que conozca, alerta a la bestia y detiene su ataque. Una especie de araña voladora cruza el aire y se dirige al pueblo, atraviesa la protección fantasmal sin problemas, sobrevuela el muro y la pierde de vista.

Es Avelina quien advierte el dron en la ventana, antes de que pique en la superficie con una de sus patas retráctiles. Mientras su marido discute con la guardabosques, la mujer permite entrar al mensajero, que deja un paquete en el suelo y se retira hacia la noche.

¿Qué es eso? —pregunta Pau.

Tomás abre la caja y dice con el enfado impreso en cada sílaba:

Si funciona, es lo que sacará a Eloise de vuestra casa.

La bestia observa alejarse a eso que vuela y asemeja un insecto, pero no lo es. Las raíces también hablan de otra cosa que parece algo distinto a lo que refleja, la sabiduría de la naturaleza es profunda y la comparte con todas sus criaturas.

Así que la bestia desiste de su ataque, sabedora de que aquello que utiliza máscaras para recorrer el mundo puede abrir muchas puertas.