Lo que no veo en el bosque Casa de Georgina, noche del 1 de noviembre
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Casa de Georgina, noche del 1 de noviembre

Cuando abro los ojos me veo rodeada de papel decorado con flores de almendro, estanterías repletas de peluches de animales y libros de aventuras. Estoy cubierta con una colcha con un Auryn gigante, de La historia interminable , y lo único que permanece es el olor a sopa.

Trato de incorporarme, pero el cuerpo no me responde; el entumecimiento ha pasado de las extremidades al cuerpo entero.

Los recuerdos empiezan a volver de forma desordenada: las puntadas en la carne, la niña de la chaqueta lila, el interior del árbol carnívoro, la voz de Tomás pidiendo más agua caliente y desinfectante, la sombra enorme derribando a Clara…

El corazón se me acelera tanto que creo que se va a detener, se me cierra la garganta y no puedo respirar al tiempo que la habitación se hace enorme, o yo pequeña, y la luz se intensifica.

Respira. Tranquila: toma aire y déjalo ir. Es un ataque de pánico. Respira.

Clara está aquí, conmigo, se ha sentado junto a mí en la cama y me ha elevado el tronco. Me acaricia el pelo mientras intenta que me calme.

¡¿Qué era todo eso?!

Me doy cuenta de que no hablo, sino que grito las palabras, las escupo.

Es el motivo de que existan personas como yo, de que la mayoría de la población luche por una plaza en las ciudades, de que casi no quede nadie fuera de las esferas —explica mirándome fijamente a los ojos—.

Hace años eran devoradas personas a diario.

Lo que mora en el bosque llegaba hasta el pueblo, entraba en las casas, arrancaba a la gente de sus camas en plena noche.

Desde que llegaron los fantasmas, solo desaparecen aquellos que se aventuran donde no deben y en el momento menos oportuno.

Comprendo que se refiere a mí, al hecho de que yo podría haber engordado la lista de muertos por mi estupidez.

¿Y la niña? —pregunto más calmada, con la respiración pausada pese a lo que me acaba de revelar.

Clara alcanza una fotografía de algún lugar tras mi cabeza que no llego a ver. En ella aparece una niña con peto y coleta alta, sonríe a cámara y le faltan las dos paletas delanteras.

Esta es su habitación —dice mi amiga—. No hay señales de lucha, nada entró por la ventana, no hay ninguna puerta forzada. Lo único que se nos ocurre es que salió por sus propios medios, pero no entendemos por qué.

¿Qué dicen sus padres?

La guardabosques niega con la cabeza, me tiende la foto y estudia cada detalle del dormitorio.

En cuanto a ti —cambia de tema—, mi padre dice que has tenido suerte, que lo que te hicieron por dentro te ha salvado la vida. Deberías habérmelo dicho.

Algo te conté —respondo, zafándome de sus brazos y tratando de despertar mi cuerpo—. Además, la mayoría no se lo toma nada bien. En la ciudad puedes perder la casa y el trabajo por algo así.

De hecho, es en parte lo que me ha sucedido. Lo pienso, aunque no lo digo.

En este pueblo tenemos bastantes problemas como para que algo así nos preocupe, Elo —bufa ofendida—. Sin embargo, podríamos haber desconectado tu sistema nervioso periférico para evitarte el dolor.

Muevo los dedos de las manos, los de los pies todavía sigo sin sentirlos.

Prefiero no responder, ¿para qué seguir hablando?

Me operaron sin mi consentimiento, de urgencias y con el beneplácito de mi madre.

Cuando desperté, la mitad de mi cuerpo no era orgánico ¡y pese a ello sigo con la puñetera alergia al polvo!

Al principio me pareció cómico, hasta que aquellos que eran mis amigos se alejaron de mí por lo que me habían hecho y descubrí la deuda de por vida que tenía con PanKhloé por salvarme la vida.

Muchos creen que ya no soy humana y comparan a los que son como yo con las criaturas que nos acechan fuera de la esfera estacionaria.

Por suerte, la tecnología que me mantiene con vida no depende de las redes de la ciudad, sino estaría totalmente atrapada en una jaula de mentiras.

He hablado con Marla —dice Clara rompiendo el hilo de mis pensamientos.

¡¿Cómo?! ¿Por qué?

Si le ha contado todo lo que me ha sucedido, Marla se volverá loca y es capaz de enviar al ejército para que calcinen el bosque.

Tú me lo pediste —responde poniéndose en pie, visiblemente agotada—. Tranquila, he suavizado la situación. Le he dicho que has tenido un accidente y le he pedido un par de cosas que mi padre precisaba para tus curas.

Clara observa mi reacción.

¿Y qué te ha dicho?

Que cuide de ti porque tú no tienes ni idea de cómo hacerlo. —Dibuja una sonrisa torcida—. Te conoce bien, Elo.

La puerta del dormitorio se cierra tras mi amiga y queda claro que me ha mandado a tomar viento fresco y a descansar de una sola tacada.

Al cabo de lo que calculo que debe de ser media hora, dedicada a despertar la parte superior de mi cuerpo, una desconocida entra en el dormitorio con un bol humeante y un vaso de zumo.

La mujer, menuda, y con unas ojeras que la hacen parecer mucho mayor de lo que en realidad es, evita mirar los detalles de la habitación.

Deduzco que debe de ser la madre de la niña y también imagino que Clara debe de estar un poco cansada de mí, si ha permitido que sea ella quien venga a darme de comer.

¿Cómo te encuentras? —pregunta acercando una silla, seguramente donde estuvo sentada Clara durante mis horas inconsciente, y sentándose junto a mí.

Mejor, gracias —respondo mostrándole cómo puedo mover los brazos.

Deberías comer algo. He preparado sopa con algunas verduras de mi huerto, te sentará bien —dice la mujer colocándome una servilleta en el pecho.

Puedo comer sola, de verdad —aseguro tratando de hacerme con la cuchara, pero la mujer me ignora, toma una cucharada y me la acerca a la boca.

La situación me resulta incómoda; sin embargo, tomo la sopa según me la ofrece, estudiando sus gestos de autómata. Cuando termina, me limpia la boca, me da el zumo y sale igual que ha llegado, sin decirme su nombre ni prestar atención real a lo que sucede en el cuarto.

Dejo el vaso sobre la silla, aparto las mantas y empiezo a ejercitar las piernas. Tomás ha cosido bien la fea herida de la tibia, aunque no estoy tan segura de que todo funcione por dentro, después de que esa especie de raíz tratara de enfundarse en mi piel.

Arrastro las piernas fuera de la cama y las dejo caer sobre la alfombra de arcoíris del suelo.

Utilizo las manos para colocar bien los pies, la planta sobre esa superficie que supongo mullida porque no la siento.

La columna está en perfecto estado; si no, no estaría sentada, pero las piernas se niegan a responder, dos apéndices fofos e inútiles.

¡Mierda! Necesito caminar, salir de este dormitorio lleno de recuerdos de una vida que ha sido cortada demasiado pronto. Joder, ¿qué pinto yo aquí?

Clara se asoma por la puerta y me enseña una jeringuilla llena de un líquido verde radioactivo.

¿Te ayudo?