Casa desconocida, noche del 1 de noviembre
Huele a sopa. Es lo primero que me pasa por la mente, supongo que también la primera señal que recibo de dónde me hallo.
El olfato despierta antes que el resto, ya dicen que es el primer sentido que desarrollamos, de ahí que muchos de nuestros recuerdos estén ligados a olores, que incluso tengamos cambios de humor de los que no somos ni conscientes por un perfume.
Sé que he abierto los ojos, percibo los párpados pesados y densos, pero no veo nada, todo es luz. Vuelvo a cerrarlos. Es más cómoda la oscuridad, así al menos no me duele tanto la cabeza y puedo escuchar, tratar de comprender el cuchicheo amortiguado que llega hasta mí.
Ha perdido mucha sangre —dice alguien—. Y está malherida.
¿Habéis llamado a Tomás? —pregunta otra persona.
Mi padre es veterinario —apunta Clara.
Eso mejor que nada —dice la segunda voz.
Una puerta se abre. Dedos que me examinan, se mueven por mi piel, no sobre ropa, sino en contacto directo. No me siento con fuerzas para hablar, aunque debo poner caras cuando me tocan la pierna, el brazo y el pecho.
Lo siento —dice Clara—. Sé que duele.
Me retira un peso suave de la frente. Escucho el agua en un recipiente, después frescor en las muñecas, en el cuello, de nuevo me posa la tela sobre la frente.
Eloise, tienes heridas muy feas y no localizamos a la guardia local, no nos pueden enviar ayuda. Mi padre viene de camino y te hará curas de emergencia, pero…
Su mano aprieta la mía e intento devolverle el gesto.
Sabía que me oías —dice—. Eres más fuerte de lo que ellos creen.
Siento su aliento cálido muy cerca, sus labios en mi mejilla.
Es todo culpa mía. No debería haberte llevado allí —susurra—. Pensé que te acobardarías, que volverías a la ciudad y estarías a salvo de nuevo.
Olvidaste lo zumbada que estoy —musito.
Clara tiene una risa dura, contagiosa.
Llama a Marla —digo con un hilo de voz.
Se abre de nuevo la puerta y escucho la voz de Tomás mezclada con las otras. No comprendo qué dicen.
Cuando llega a mí, sus manos no son tan delicadas como las de su hija. Él aprieta, busca, encaja y sutura. Rechino los dientes, aprieto los puños.
Niña, perdóname. Desde que no tenemos ganado, tampoco hay sedantes ni otros fármacos para quitarte el dolor. Por suerte, contamos con antibióticos de la última tanda que nos mandaron los locales.
Están en silencio —dice una de las voces—. No damos con ellos.
Tanto movimiento en el bosque no es normal. Los espíritus también están inquietos —dice Tomás.
Las palabras se suceden, rítmicas, junto a las puntadas. Desearía perder la consciencia para no notar los dedos que tratan de recolocar la carne donde debería estar, pero también quiero escucharlos, saber qué pasa ahí afuera, cuál es el motivo.
Será por mi niña —dice la otra voz, alejada del resto.
Alguien la chista, la manda callar.