Robleda, noche del 1 de noviembre
«Te podría haber devorado», se repite dentro de mi mente, un eco que corea la posibilidad demasiado cercana.
Clara me arrastra por el bosque. Doy pasos cortos, pesados; extremidades entumecidas y mente delirante. Me parece que todo se mueve bajo la luminiscencia azulada de los hongos y el mar de niebla, creo ser testigo de un despertar de lo inanimado.
Tranquila, nos pondremos a salvo —asegura Clara, aunque su tono diga una cosa bien distinta.
Y me descubro llorando. No sirvo para nada. En cuanto las cosas se complican dejo de estar accesible, ahora mismo ni el cuerpo me responde y es mi amiga quien ha de cargar conmigo.
No han de quedar muy lejos —dice Clara, más para ella que para el amasijo de músculos fláccidos en el que me he convertido—. Las primeras casas deberían quedar por aquí.
Percibo un serpenteo por el rabillo del ojo. Vuelvo la cabeza o, mejor dicho, la descuelgo, y ahí están los gusanos, las raíces, pero esta vez son muchos más. Escucho el arrastre y los colosos se abren paso entre sus hermanos apacibles. Cuento al menos cinco de ellos.
Dejo escapar un gemido de horror, ni las palabras me responden.
Somos más rápidas que ellos. Nos pisan los talones, pero…
El rugido tensa toda la musculatura de Clara y le provoca un respingo, acelera, aunque se ve trabada por mi peso.
Ese sonido… La criatura que lo ha provocado no nos dará tregua como nuestros perseguidores de hojas caducas.
A pesar de ello, ¿qué puede hacer mi amiga al respecto?
Sigue avanzando lo más rápido que le es posible, dada la carga.
Trata de alcanzar algo en su cinturón, pero está demasiado ocupada conmigo y si me deja…
, de refilón alcanzo a ver lo cerca que están los apéndices de los árboles devorapersonas.
D… de… déjame —logro articular.
Ni de broma, Eloise. Ahora no vengas con chorradas mártires. Alcanzaremos las casas y nos pondremos a salvo.
Pero no llegamos a dar dos pasos más porque una sombra oscura como la propia noche nos arrolla.
Salgo despedida contra una roca y, si no tenía una costilla rota, ahora seguro que sí.
Grito de dolor justo antes de que se enreden en mis piernas las raíces del primer coloso del grupo.
Clara, unos metros más allá, suelta descargas a diestro y siniestro contra una bestia tan enorme que dudo que ninguna de las dos salgamos vivas de esta.
Intento agarrarme al pedrusco, clavar los dedos en la tierra según me arrastran, pero no tengo fuerza; las manos, como el resto del cuerpo, no me responden.
Las serpientes de madera se contraen alrededor de mis gemelos y aúllo por el dolor cuando una se clava en la herida de la espinilla, rasga la piel, la carne y la siento, ajena y fría dentro de mí, ascendiendo por el muslo.
El dolor es tan atroz que un destello de luz me atraviesa el cráneo, un rayo ante mis ojos.
Oigo voces a lo lejos, cada vez más próximas. Un estallido, gritos. El suelo tiembla, una ráfaga de aire inusitadamente caliente me golpea y el gusano-raíz se retira. El alivio es inmediato; sin embargo, también percibo la sangre que mana a borbotones, con cada latido empapa la tierra.
¡La perdemos! —grita alguien.
¡¡Llevadla adentro!! —ordena Clara.
Nunca imaginé que la luz fuera más profunda que la oscuridad.