Lo que no veo en el bosque Robleda, noche del 1 de noviembre
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Robleda, noche del 1 de noviembre

La mayoría de las especies cazadoras prefieren la noche. Los arbóreos son de esta clase de criaturas y, una vez han probado la sangre, excitados como tiburones terrestres, siguen a su presa hasta devorarla.

La humana ha recorrido menos tramo del que piensa, el agotamiento y la conmoción no le permiten pensar con claridad y, cuando la oscuridad se hace con el bosque, ella se oculta en una madriguera a tiempo de sentir desperezarse aquello que semeja inofensivo.

Donde ella vive, atrapada en su jaula de oro, poco sabe de eso que mora en plena naturaleza. La mayoría de los humanos que poseen condición de ciudadano no imaginan las pesadillas que recorren la Tierra, puesto que no han de sobrevivir a ellas. Viven en una burbuja que les impide ver el mundo real.

En un mundo construido sobre artificios, los embustes son el cemento que mantiene unida la realidad. No pueden ocultar aquello que ya atacó las ciudades y sus inmediaciones, pero todo lo demás solo alimentaría la maquinaria del caos.

Sin embargo, aquí saben de los arbóreos, como de otras clases de criaturas, y Clara corre a toda velocidad tras sentir los primeros movimientos de tierra que indican que han despertado y ya arrastran sus torpes pasos en busca del animal herido que es su amiga.

Eloise se cree a salvo en su guarida, pero la madriguera que se abre tras ella no la llevará al País de las Maravillas, sino al conducto digestivo de una planta carnívora.

El calor que siente Eloise, la sensación de estar a salvo y acunada, todo ello son señales químicas que adormecen su cerebro para que no se revuelva antes de tiempo.

Cuando despierte ya no habrá marcha atrás y, si no muere por asfixia, sentirá cómo las bacterias simbióticas la descomponen; un proceso que puede alongarse hasta diez días, mientras el alimento se descompone y el arbóreo lo absorbe.

Pero este ser recuperado de tiempos remotos, anteriores a la conciencia histórica humana, no tendrá suerte esta noche.

Las descargas eléctricas provocan dolor al arbóreo y la luz solar lo induce a un estado de catalepsia que puede recordar a lo que les sucede a los trols en la mitología nórdica.

El coloso se ve incapaz de defenderse de lo que arde en su interior, mas la lluvia aplaca al fuego y los daños se curarán con una semana de inactividad.

Aturdida, pero a salvo, Eloise contempla aquello que creía un árbol, que en realidad lo es, aunque no como ella lo recordaba, y tiembla de frío, debilidad y miedo, pues de pronto es consciente de que nada es seguro y no comprende lo que está sucediendo.

Ahora el bosque permanece en vilo. Los oídos de Clara y de Eloise no lo han percibido, pero los gritos del arbóreo se han hecho escuchar en kilómetros a la redonda; otros despiertan para vengar su dolor.

El suelo vibra bajo sus pies, al principio de forma imperceptible, después es cada vez más claro el temblor. La guardabosques toma la mano de su amiga y la ayuda a alzarse; ha de pasarse su brazo sobre los hombros y cargar con parte de su peso para que esta pueda seguirle el ritmo.

En la negrura, las raíces son culebras que olfatean el aire y persiguen sus pasos. Con tanto ajetreo, la bestia despierta. Ella también saborea las notas que le trae la brisa y la neblina, escucha a los cazadores nocturnos y la torpe huida de dos presas.

Se estira y salta fuera de su cueva. Ha digerido el corzo, vuelve a tener hambre y el olor humano la satisface.