Lo que no veo en el bosque Robleda, noche del 1 de noviembre
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Robleda, noche del 1 de noviembre

Tras el canto ensordecedor que reclama la noche, todo es silencio.

Quizá no hago bien, puede que seguir adelante sea lo suyo.

Tal vez retroceder en busca de Clara es incluso mejor idea.

Sin embargo, la niebla y la oscuridad hacen imposible ver dónde piso, el murmullo de la lluvia ha devenido en un concierto acústico y ya no son un par de gotas las que atraviesan el manto espeso de las copas de los robles, sino que el peso abate las ramas y breves cascadas convierten el suelo en lodazal.

Además, los crujidos se han intensificado hasta el punto de parecer cuerpos que se arrastran sobre la hojarasca.

He encontrado un recodo donde las raíces crean una especie de escondite y aquí me meto, como Frodo escapando de los nazgûl . Conservo mi cuarzo entre las manos, la única fuente de luz y calor. No tengo ni idea de cómo funciona, pero poco me importa ahora mismo mientras continúe encendido.

Ruego para que Clara me encuentre, que dé con mi rastro antes que aquello que escucho entre los árboles. Me hago un ovillo, lo más pequeña y compacta que puedo. Cierro la cremallera de la chaqueta hasta arriba, con la boca y la nariz dentro del cuello.

Siento el hombro entumecido y la pierna ha dejado de doler. Dudo que sean buenas señales, aunque son preocupaciones para la Eloise del futuro. Ahora mismo, solo pienso en sobrevivir a la noche y regresar al pueblo a primera hora, montarme en el coche de alquiler y poner pies en polvorosa.

Me digo a mí misma que Clara se ocupará de la niña desaparecida, que yo poco puedo hacer en realidad y ya he compartido toda la información de la que dispongo.

En cuanto a los motivos que me trajeron hasta aquí, sinceramente, si pudiera hablar conmigo misma hace un par de días…

¡me daría de tortas! El recuerdo idealizado de mi infancia opacó la emergencia real, el porqué de estar aislada de la naturaleza con sol artificial, aguas filtradas y comida vegana o sintética, todo patentado por PK.

El manto de niebla recuerda al oleaje, una cadencia lenta e inexorable que avanza como la marea y amenaza con ahogarme. Brilla de un modo fantasmagórico y, según mis ojos se acostumbran a la oscuridad, comprendo que el bosque también tiene luz propia.

Diminutos hongos azulados brillan sobre los troncos, las raíces y el musgo. Observo uno con atención, tan pequeño y, sin embargo, el bosque es suyo.

De nuevo escucho ese sonido de arrastre e intento enfocar la vista. Me concentro en los movimientos del sotobosque, estudio la localización de cada árbol y roca. Nada en movimiento.

Tengo tanto frío que guardo el cuarzo dentro de la copa de mi sujetador para sentir el leve calor que emana. Los hongos deberán bastarme como iluminación. Escondo las manos dentro de las mangas y estas entre las piernas.

Ras, rac, rac… Algo pesado que avanza por el bosque, cada vez más cerca. Miro de nuevo hacia la oscuridad que se extiende a mi derecha, entre las raíces que me guarecen. Cuento los árboles, las rocas y el estómago me sube a la garganta porque falta uno.

Un tronco enorme ya no está en su lugar.

Los repaso de nuevo y estoy segura, entre la roca en forma de caseta de perro y el árbol escuálido había un tronco fornido, un roble antiguo.

Aprieto la espalda contra la tierra de mi escondrijo según escucho ese ras, rac, rac demasiado próximo.

Entonces me parece ver algo, serpientes gruesas que se mueven bajo la hojarasca, que hunden sus cabezas en la tierra como lombrices y brotan de ella con facilidad.

La niebla causa un efecto hipnótico; contemplo a una especie extinta emergiendo de océanos de luz.

El arrastre se intensifica y algo enorme surge tras los apéndices. Desde donde estoy no puedo distinguir más de esa forma colosal con más patas que un insecto, cada una de ellas con vida propia, que se acercan a través de la niebla. Me impresiona que algo tan grande provoque tan poco ruido.

Me oculto todavía más en la chaqueta, prieta contra la gruta, lo más pequeña posible.

Si yo no lo veo bien, tal vez eso no me encuentre.

Aunque no me lo acabo de creer, por algún motivo siento que esos gusanos-serpientes-patas, lo que sean, perciben su alrededor y seguramente mucho mejor que yo. Este es su medio, no el mío.

Sin embargo, la mole continúa su paseo nocturno, se mueve en dirección al pueblo, lenta e inexorablemente. Y yo me mantengo extática, deseando que todo pase.

Cuando el ras, rac, rac se aleja, suspiro aliviada. Todavía no se escuchan grillos ni ningún otro ser vivo, todo permanece en un silencio denso de peligro inminente, pero es normal si tenemos en cuenta las dimensiones de esa cosa.

Puede que sea el frío, el cansancio o que tenga una conmoción y no deba ceder, pero el sueño pesa y el cuerpo se acomoda al escondite, cada vez más cálido, como un abrazo que se estrecha sobre mis hombros, alrededor de mis brazos y me acuna.

Cierro los ojos y me dejo balancear en el calor de mi cama improvisada, el de un vientre materno, de un horno, un estómago…

Sueño con mamá. Cuando murió, hablaba con ella todas las noches, se aparecía a los pies de la cama y charlábamos durante horas. Sin embargo, al despertar no recordaba una palabra, solo me quedaba con la extraña sensación de que olvidaba algo importante. De eso hace mucho y no la había vuelto a ver.

Mi madre no se aparece frente a mí en el bosque, sino en mi habitación de infancia en la casa del abuelo, la misma que permanece cerrada a día de hoy y que ella y yo compartíamos.

Mira fijamente a la pared, sin volverse.

Sus labios no se mueven cuando escucho que me pregunta qué estoy haciendo, por qué estoy ahí.

Trato de contestarle, pero tengo la lengua pastosa y la garganta inflamada, no me salen las palabras y me falta el aire.

«El cuarzo es más que una cosa bonita», me dice sin voz, «quizá deberías sacarlo para que te defienda».

Quiero protestar, ¿no se suponía que debía llevarlo cerca del corazón?

Todos esos rollos que me explicaba de niña, las propiedades de las gemas y las plantas, las infusiones que iban bien para esto y para aquello.

Dibuja una sonrisa triste como si me hubiera escuchado, «y es que cada uno enseña de lo que sabe», entiendo que replica con cariño.

«Intenté darte todo lo que a mí me faltó, aunque quizá te fallé», se excusa.

Y no lo hizo, lo pienso con el corazón, «estuviste siempre, pese a que no compartiera tus opiniones».

Su rostro se vuelve hacia el mío y ahogo un grito de impresión.

A mamá le faltan los ojos; en su lugar hay dos espejos negros, que reflejan la puerta del dormitorio y yo no estoy allí.

Un temblor de tierra me desvela y es entonces cuando percibo el haz brillante a mis pies.

Las réplicas del movimiento me zarandean y me golpeo la cabeza con una superficie dura.

Rompo la postura e intento levantarme, pero no puedo alejar los brazos del tronco, me encuentro en un espacio cilíndrico, en un tubo caliente y firme.

El corazón se me acelera e intento retroceder, arrastrarme hacia la luz a mis pies. Recuerdo las palabras de mi madre y me retuerzo para extraer el cristal de roca, que, en cuanto roza la superficie que me rodea, arde como brasas.

El tubo donde me encuentro se mueve de forma espasmódica, sufre contracciones que me ayudan en mi movimiento. De pronto, algo me agarra con fuerza por los tobillos y tira de mí.

Me golpeo de bruces contra el suelo y quedo cegada por el resplandor. Oigo un gruñido que asemeja crujidos, también la voz de Clara, que grita palabras que no comprendo.

Alzo la vista haciéndome visera con la mano.

La linterna está en modo luz solar y mi amiga suelta descargas de gran intensidad a algo que no acabo de comprender qué es.

Las sombras se alargan en ese brillo diurno, contrastan con la noche profunda que en realidad nos envuelve.

La luz se concentra en una forma enorme de múltiples extremidades, patas-gusanos, y reconozco el hueco en la tierra donde ahora hay una boca picuda como la de un calamar y una cavidad terrosa y rojiza de la que sale humo denso; se me ha caído el cuarzo y lo está quemando desde el interior.

¡Retrocede! —grita Clara empujándome tras ella.

Y de nuevo esas palabras que no comprendo. Le suelta otra descarga y esa cosa se detiene de pronto, queda paralizada. Clara relaja la postura, aunque no apaga la linterna ni guarda el arma. Apoya ambas manos en los muslos y respira, recupera el aliento.

Unos minutos más… Casi no llego a tiempo.

Ahora sí, devuelve el bosque a la oscuridad y escucho el clic de los apliques del cinturón.

Te podría haber devorado —susurra.

Pero yo sigo observando el rincón donde me había guarecido, todo sombras que van dando lugar, según la vista se recupera, a rocas donde estaba la boca, raíces en lugar de serpientes…

Un gran roble que se alza paralizado y humeante.

Las llamas empiezan a brotar en lo alto, aunque rápidamente se apagan y dejan tras de sí el brillo rojizo de las ascuas.

Tiemblo de manera incontenible mientras recuerdo al niño de Poltergeist , arrancado de la seguridad de su dormitorio por el árbol del jardín.