Lo que no veo en el bosque Robleda, tarde del 1 de noviembre
38%

Robleda, tarde del 1 de noviembre

El bosque está al acecho. Ha olido el miedo y saboreado la sangre.

Eloise rodó y alimentó a la tierra, se cortó con los filos de las rocas e inconsciente regó las raíces de los árboles.

Muchos no lo saben porque no quieren fijarse, mas esos gigantes con los que los humanos han construido casas, barcos, muebles, hasta escrito libros en la masa resultante de triturar sus cuerpos, se comunican y comparten donde otros no tienen ojos.

Mediante los hongos de sus raíces, un grupo puede alimentar a un compañero decapitado.

¿Cuántas veces se ha visto un tocón al que le brotan ramas, que de nuevo se alza en el bosque tras haber sido puesto a dormir por un tajo certero?

Pero él seguía vivo, por debajo, alimentándose desde allí, recibiendo información por la red micelial del subsuelo, esperando su momento.

Y hoy ha sido la sangre de Eloise la que ha despertado al bosque.

Una sangre que esa tierra ya conocía, que recuerda, pero cambiada.

Sin embargo, el bosque también es distinto.

La sequía, la emergencia climática amenazó con arrasarlo todo y la anomalía fue la que, al final, cambió los ciclos, las pautas, el statu quo .

La naturaleza renació y el ser humano casi fue erradicado, se escondió en sus microcosmos o se vio obligado a evolucionar y aceptar su lugar en el mundo. Algunos todavía luchan por lo que fueron.

Clara, sin ir más lejos; ella busca a su amiga y no tiene ni idea de que caminan en direcciones opuestas, no imagina que Eloise está malherida y que el bosque la reclama.

Si fuera consciente de ello, estaría improvisando algún ritual de esa magia antigua con la que llevan jugando demasiado tiempo y al final les estallará en la cara porque es inevitable.

El ser humano y su manía de creer que domina, que sabe y puede manejar fuerzas a las que solo sirve como parte de un todo; palabras que dan forma al universo, voluntad que enfoca la creación, materia con que generarla. Eso son. Se creen creadores cuando son el barro para dar forma.

La guardabosques está preocupada porque su amiga salió corriendo tras un eco, el recuerdo de lo sucedido, algo que ella no había conjurado y, sin embargo, Eloise vio tras sufrir el episodio.

Un ataque de pánico, en el que, de rodillas y con los ojos en blanco, le relató como poseída qué le sucedió hace casi veinte años, qué cambió su forma de ver el mundo y su propio cuerpo.

Después, con la mirada todavía neblinosa, salió tras algo que no debería haber percibido.

La mujer del bosque es consciente de que llega la noche. Todavía no, faltan un par de horas, pero ya se hace notar. Decide retroceder, volver sobre sus pasos, buscar otras pistas y en su retroceso da con el móvil de su amiga. La pantalla está partida, aunque todavía funciona.

El lugar donde lo ha encontrado le hace pensar que debe haber caído pendiente abajo.

Comprueba el arma que cuelga del cinturón, la linterna de emergencia y finalmente deja que la brújula haga el resto. Ya no sigue a Eloise, sino la sed del bosque. Si ha caído, habrá sangrado. Y, si es así, en cuanto oscurezca le darán caza.

De este modo es más fácil. No le está permitido interferir en la voluntad o movimientos de otro ser humano, pero como guardabosques sí puede interponerse entre los deseos de la naturaleza y aquellos a los que protege. Y Eloise, desde que durmió en el pueblo, es parte de su comunidad.

Mientras Clara sigue el baile de la aguja, Eloise renquea, creyéndose más cerca del pueblo.

La oscuridad se eleva al mismo tiempo que la niebla cubre parte del sotobosque y el murmullo de la lluvia se mezcla con el escándalo de los pájaros que anuncian la noche.

La bestia se agita en sueños, pues un aroma nuevo y que, sin embargo, conoce ha pasado muy cerca de su guarida.

Los hilos se cruzan, las historias colisionan y sus personajes se comunican, como las hifas miceliales bajo tierra y sus robustos simbiontes, ahora hambrientos.