Robleda, tarde del 1 de noviembre
Reconozco el dormitorio, la luz anaranjada del amanecer sintético y el paisaje japonés con marco que imita la madera de cerezo.
Sé que es un sueño, soy totalmente consciente de que la he cagado brutalmente, me he largado en una huida egoísta y ahora estoy de mierda hasta el cuello. Aun así, quiero quedarme.
Marla duerme a mi lado. Su piel contrasta con las sábanas verde hoja; siempre le ha quedado bien ese tono. Los rizos se le desparraman por las almohadas y yo hundo el rostro para alcanzar su perfume, para recordarlo, atraerlo al sueño.
La acaricio sin intención de despertarla, solo por sentir su calor y suavidad una vez más. Cuando la abrazo ella dice algo en sueños; sueños dentro de otros sueños. Se vuelve hacia mí y me besa. Un beso largo, profundo y húmedo, que me hace desear algo más que solo el roce.
No dura. El frío o el dolor, quizá la combinación de ambos, emborronan el dormitorio iluminado por la mañana, la boca entreabierta de Marla, sus muslos y el espejo donde nos veía a ambas reflejadas. A la Marla y la Eloise de hace años, cuando empezamos a vivir juntas en nuestro primer piso.
La postura me impide pedir auxilio. Estoy bocabajo y tengo la boca llena de tierra y hojas muertas; no quiero imaginar qué más puede retorcerse en el humus que he debido tragar a puñados.
Escupo e intento incorporarme. Solo puedo apoyarme en el brazo derecho, el izquierdo arde y no lo puedo mover. Respiro profundo y el pinchazo agudo que siento en las costillas me advierte que puedo haberme partido alguna. Las piernas parece que funcionan.
De rodillas miro a mi alrededor. No reconozco dónde estoy y no recuerdo cómo he llegado hasta aquí.
Habíamos dejado el todoterreno en la carretera y hablaba con Clara. El sudor frío me recorre la espalda como una advertencia. «No vayas por ahí», dice. Y trato de avanzar, recordar qué me ha llevado hasta mi situación actual.
«La niña», me digo. Me pareció verla en el bosque. El color de su ropa. No sé qué me dio, pero no era yo misma, la perseguí sin más.
Busco a Clara. La llamo, grito su nombre. No recibo respuesta.
Descubro sangre en el pantalón. Un rasgón en el tejano me muestra una fea herida sobre la tibia, por suerte no ha llegado al hueso. Con dificultades, me pongo en pie y trastabillo hasta apoyarme en uno de los robles.
El dolor del hombro es tan profundo que me marea.
Creo que me lo he dislocado. Cuando era niña me pasó un par de veces, la primera me lo puso en su sitio mi madre, pero la segunda…
Miro el tronco, tomo aire, apunto y al tiempo que exhalo me golpeo lo más fuerte que puedo. El hombro cruje y rechino los dientes.
Tardo unos minutos en reponerme. El brazo me palpita, aunque puedo moverlo. Es posible que después me caiga una buena bronca, pero ahora mismo no tengo más opción que tirar con lo que tengo y necesito ambas manos.
Busco el móvil en la chaqueta y rebusco en la hojarasca que hay alrededor del lugar donde he recobrado la consciencia. No encuentro nada más que un enorme ciempiés, que prefiero no rozar por si es venenoso.
Recuerdo haber caído, así que venía de arriba. Estudio la pendiente, de lado a lado, y no veo ningún punto por el que pueda trepar. Además, no creo que sea capaz de hacerlo ahora mismo. Tampoco doy con el teléfono. Debió caer antes, quizá donde tropecé o en plena carrera.
Pienso de dónde veníamos y hacia dónde quedaba el pueblo, así que resuelvo seguir en su dirección hasta encontrar cómo volver a subir.
Seguro que Clara me está buscando y dará conmigo antes de que yo llegue muy lejos.
Trato de convencerme porque la idea de seguir aquí al anochecer es algo que no puedo ni plantearme.
Las copas de los árboles son muy densas, los líquenes cuelgan de las ramas a modo de largas barbas, todo crece tan junto que no llega la luz, estoy en penumbra.
No sé cuánto tiempo llevo inconsciente, ni puedo hacerme una idea de qué hora es, podría llegar la noche y me daría cuenta cuando ya no fuera capaz de dar un paso más.
Avanzo con cuidado, vigilando no pisar en falso, no internarme en el bosque y perder la pista. De vez en cuando llamo a Clara, pese a que cada vez me cuesta más hacerlo, me aterra estar ofreciéndome en bandeja a cualquier cosa que habite por aquí.
A pesar de la chaqueta —que no recuerdo bien si era de mi abuelo o de mi madre, pero me va enorme—, estoy helada. La temperatura es cada vez más baja y volutas blancas me escapan de los labios cuando respiro.
Escondo las manos en las mangas y después en los bolsillos de los tejanos. En busca de calor encuentro el cuarzo rutilado. Contemplo los cabellos dorados en su interior, que brillan con luz propia y me bañan la mano con un suave brillo.
Me gustaría que estuviera aquí conmigo mi abuelo, su fantasma.
Supongo que no podría hacer gran cosa por mí, pero al menos no estaría tan sola, tan perdida y asustada.
Y me pregunto cómo he podido aceptarlo tan rápido…
La locura de los fantasmas, digo, los espíritus que se pasean por las calles del pueblo. ¿Cómo me puede parecer normal algo así?
Aunque, si lo pienso bien, si hace quince años alguien me hubiera dicho cómo iba a cambiar todo, lo que iba a surgir de pronto de las entrañas de la tierra, de las nubes, las junglas y bosques, de los océanos…
¿Habría creído algo? No creo siquiera que hubiera aceptado cómo vivimos hoy en día, cómo en pocos meses la economía global se fue a pique, todo cambió y se unificó bajo un gobierno autoritario solo dedicado a mantener a salvo a los supervivientes…
Según avanzo entre mis pensamientos, la oscuridad devora las líneas lejanas de árboles, es un pasillo en el que van apagando las bombillas, de una en una.
Un rumor asciende de intensidad arriba, en las copas, y alguna gota se cuela al sotobosque.
Tras meses sin tormentas, las lluvias amenazan con ahogarnos a todos.
Quizá la naturaleza busca cómo acallar de una vez por todas a la humanidad.
En mi mano, el cuarzo brilla como una barrita fluorescente. No quiero aceptarlo, pero la noche se precipita, veloz y funesta, sin darme tiempo a reaccionar. Los crujidos y cantos esporádicos, los grillos que me han acompañado todo el camino, enmudecen.
Dejo de escuchar lo que me rodea porque ellos han ocupado el interior de mi cabeza. Pájaros, pájaros, pájaros todo el tiempo, resonándome en los tímpanos.
La melodía del atardecer.