Lo que no veo en el bosque Robleda, mañana del 1 de noviembre
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Robleda, mañana del 1 de noviembre

Un déjà vu , la repetición de una escena, una y otra vez. No solo los muertos se condenan a ellos mismos al eterno retorno, también los vivos siguen sus pasos, aunque estuvieran equivocados.

El todoterreno regresa al mismo punto de la carretera y ambas mujeres se internan de nuevo en el bosque. Cambian algunos gestos, el orden de los factores; pero, en resumen, es un reflejo de la mañana anterior.

¿Y qué es una comunidad humana? Una serie de individuos enlazados por relaciones que los mantienen siempre recorriendo los mismos senderos; solo algunos escapan del ritmo inevitable de la marea.

Sin embargo, la mayoría acaban por regresar con los años.

El añoro de un mundo mejor, de un recuerdo modificado y edulcorado por su imaginación; según las experiencias los ponen en su lugar y les muestran que no son tan maravillosos, tan brillantes, que resultan otro ser anodino más.

Así que regresan, sí. Vuelven al hogar o a lo que ellos creen sus raíces. Y se atan del todo para atrapar a otros, para alimentar los tallos jóvenes con el cadáver de sus sueños, convirtiéndose después en fantasmas que repiten, como en vida, los días.

Este no es el único pueblo que ha recurrido a la magia arcana para proteger a sus habitantes de la naturaleza que los reclama como propios, sin pensar cómo llegó el cambio en primer lugar.

Nadie pregunta si no fue la fuerza de sus invocaciones en masa, su deseo de cambio, el odio por ellos mismos y sus existencias, hacia su entorno, lo que provocó que se elevaran las barreras y regresara lo que descansaba tras el Umbral.

En el bosque, la mujer de ciudad se agita, de rodillas en la tierra húmeda.

Algo en su memoria ha resurgido y la ha cautivado como el canto de una sirena, arrastrándola a un lugar y un momento que nadie desearía revivir.

Con su regreso al presente, el fino velo de la realidad que ella conoce se ha resquebrajado y por las roturas, como si fueran el ojo de una cerradura, entrevé algo que no comprende.

La mente humana rellena los huecos de la información incompleta para poder dar coherencia a lo que perciben con sus toscos sentidos.

Si ven un avión, pero todavía no existe ese concepto en su vocabulario, buscan algo semejante, un pájaro enorme, una criatura de su mitología, tal vez.

Y la mujer llamada Eloise ve algo que no comprende y quiere ver a la niña perdida.

Corre a tal velocidad que a Clara, que sí entrena cada día, le cuesta darle alcance. «¡Detente!», le grita. «¡¡No es real!!», trata de convencerla porque está segura de que su amiga persigue el motivo de su culpa. «Elo, por favor, ¡para! ¡¡No todos los fantasmas son reales!!».

Pero la otra mujer no la oye o no quiere escuchar. Tropieza, cae y rueda colina abajo. Se golpea con piedras afiladas y raíces, con pequeños árboles y troncos caídos. Todo da vueltas a su alrededor hasta que no puede continuar mirando y un último golpe lo deja todo en negro.

La guardabosques la ha perdido. No ha visto la caída, la otra ni siquiera ha gritado porque estaba obcecada y todo ha ido demasiado deprisa. Y, siguiendo el que cree que es el rastro de su amiga, tuerce por donde no es y se aleja, paso a paso, de su compañera inconsciente.