Lo que no veo en el bosque Universidad de Ciudad de Plata, noche del 7 de febrero del 2003
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Universidad de Ciudad de Plata, noche del 7 de febrero del 2003

Me veo a mí misma desde el exterior. No es que flote por encima de mi cuerpo ni nada por el estilo, simplemente estoy ahí, de pie. Observo sin participar.

Mi cuerpo es un trozo de carne arrojado al suelo.

Manoteo, pero sin fuerzas. Soy una de esas flores tropicales, abierta y roja, supurando néctar.

Lo que debería permanecer dentro está en el exterior, desparramado, palpita.

El vapor emana de mi interior, de esa cavidad resbaladiza y brillante con dientes de costilla.

Aquella tarde me quedé en la universidad más tiempo del que debía. Quería entregar un trabajo y aproveché que la sala de informática estaba libre para dar los cuatro retoques finales y enviárselo al profesor. Cuando salí, ya había oscurecido.

Qué tenía, ¿diecinueve? ¿Veinte años? El cambio era reciente, todavía nos manifestábamos por los derechos y las libertades de las personas que estaban siendo abandonadas, contra el nuevo régimen que acabaría unificando lo que quedaba del planeta.

Recibíamos clases de supervivencia y sabía qué hacer y qué evitar, pero no me creía la mitad de lo que nos contaban, me parecía una soberana gilipollez, un cuento para asustar a la población, para controlarnos.

Podría haber subido al último bus interno que me llevaría directa al tren, llegaba a tiempo.

La universidad quedaba a las afueras de la protocúpula, lo que después se convertiría en la esfera estacionaria.

Con los años, la universidad se mudó a un flamante rascacielos en la ciudad y los edificios antiguos quedarían abandonados hasta que un equipo de investigación de la anomalía se instaló por su buena ubicación, justo en el límite.

Esa tarde yo me creí más lista que todos y decidí conservar las viejas costumbres, pasear hasta la estación, por fuera de los muros, respirar aire fresco y todas esas pavadas.

Al principio no sucedió nada y eso me hinchó el ego porque qué valiente y lista era, todo ese ganado acatando normas y subiendo a un transporte que recorre las tripas de los edificios, sin poder disfrutar de las estrellas y de la luna llena, del frescor del invierno en las mejillas…

Y al final fueron mis tripas las que recorrieron el suelo.

La bestia se aproximó agazapada, ni me percaté del silencio anómalo a mi alrededor, y cuando percibí su hedor, la característica mezcla que hace que te arda la nariz cuando están demasiado cerca, ya me tenía.

Para ella fue tan fácil como abrir una breva madura con la punta de un cuchillo.

Sus garras cortan el metal, ¿qué era mi ropa, la piel o el hueso para ellas?

Me rajó del ombligo al pecho, resbalé en mis propios intestinos antes de gritar, caí de espaldas y la criatura hizo ademán de venir a por mí, terminar el trabajo, pero algo aulló en la lejanía. Un reclamo.

El monstruo me olfateó, como quien piensa: «Vaya, con lo buena que me había quedado la lasaña» y de un salto subió a un tejado bajo y después desapareció en dirección al prado que había más allá del campus universitario.

Y ahí estoy yo, intentando meterlo todo para adentro. Vuelvo la cabeza en un charco de mi propia sangre. Me miro, me mira. La punzada me dobla en dos.