Lo que no veo en el bosque Carretera de la montaña, mañana del 1 de noviembre
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Carretera de la montaña, mañana del 1 de noviembre

Cuando salgo de casa, Clara justo termina de dibujar algo en el marco de la ventana que da a la cocina. Es un símbolo dentro de un círculo con cuatro líneas mal puestas.

¿Qué significa? —pregunto.

Mantendrá afuera lo que no es de la casa.

Y esa respuesta me vale.

Una vez en el todoterreno dejamos las calles atrás y volvemos a esa carretera de la que parece que no nunca llegué a salir. Me sorprende la facilidad con la que me ha convencido para que vaya con ella, cuando ayer noche no podía caminar por mis propios medios de lo aterrorizada que estaba.

El móvil vibra en el bolsillo de la chaqueta. Es un mensaje de Marla en respuesta al que le mandé anoche.

«Vuelve cuando quieras, Elo. Aquí estoy».

La atención de Clara pasa de la carretera a mi pantalla y sé que intenta leer el mensaje.

No seas cotilla —bromeo—. Ayer noche escribí a Marla.

Clara abre mucho los ojos.

Fue antes del rugido, cuando te fuiste. Le dije que pronto volvería.

Miro por la ventana para evitar confrontar a mi amiga.

Discutimos. Yo quería formar una familia, todavía quiero… —digo con una mano sobre el vientre—. Todo lo que hay aquí adentro es artificial, patentado en laboratorio y, como ya sabrás, en las ciudades hay normas muy estrictas para tener hijos.

Ahora sí, me vuelvo y la observo, pero ella mira al frente, como si le explicara lo más normal del mundo.

Marla no quiere quedarse embarazada, necesitaríamos un útero externo, hace años que no se puede adoptar.

Tras los sucesos, la población disminuyó drásticamente, fueron tantos los niños que perecieron, incapaces de defenderse de algo incomprensible para todos…

Ahora son demasiado valiosos como para dejarlos en manos de cualquier individuo, sin importar que sean sus padres biológicos.

Casi no se conceden permisos de paternidad y la mayoría no está dispuesta a correr el riesgo de tener uno para que después te consideren no apto para la crianza.

Y eso no es algo que importe a un nuevo orden social donde los bebés pueden nacer en laboratorio y el Estado puede absorberlos como material social con alta proyección.

Clara no dice una palabra, pero la veo apretar los dedos en torno al volante.

Me denegaron el permiso, ya van tres veces y no lo puedo volver a solicitar. Le rogué a Marla que lo hiciera por mí, por nosotras, pero ella no quiere traer a un niño a este mundo, le horroriza la idea de que nuestro hijo termine siendo un engranaje más.

¿Y quién no lo es? —pregunta mi amiga.

Me sonríe con tristeza.

Siempre quisiste una familia, desde que eras niña hablabas de tener un montón de críos y que jugaran con los míos. Recuerdo que me organizabas el futuro en torno a esa idea. Yo pasaba de esas cosas; de hecho, ni me gustan los bebés, pero tú…

¿Estás con Marla?

La entiendo. Pero la realidad es distinta para cada uno y creo que lo que más te duele es no poder decidir por ti misma. Te han arrebatado esa opción.

Retuerzo las manos entre las piernas y observo el bosque, una línea verde y cobriza que se extiende por todo el límite izquierdo.

Detiene el todoterreno, nos apeamos y la ayudo a colocar las luces holográficas.

Esta vez, Clara abre el maletero y, de una caja acoplada al coche y cerrada con huella digital y código de seguridad, extrae una especie de arma pequeña.

Me recuerda a un táser, pero más grande.

Lo guarda en una funda en su bat-cinturón y bajamos por la pendiente hasta los primeros árboles.

Seguimos el camino de ayer y llegamos al árbol caído donde encontramos el retazo de tela. Clara se acuclilla y remueve la tierra con las manos, la huele y vuelve a dejarla en su lugar. Se levanta y limpia las manos en los costados del pantalón.

Una operación de ese calibre… ¿Qué te sucedió? —pregunta entonces.

Me toma por sorpresa y supongo que ya era su intención. Trato de ordenar las palabras, explicarlo de forma sencilla; sin embargo, me resulta imposible articularlas sin que me tiemble la voz.

Siento el sudor frío por la espalda, las náuseas nerviosas, el nudo en el pecho. Un ataque de pánico. La busco y su imagen se desenfoca, lejos, lejos.

El recuerdo me atrapa.