Casa del abuelo, mañana del 1 de noviembre
Me despierto en la cama. Una línea de luz se dibuja sobre el cobertor naranja, oigo trajín abajo y huele de maravilla.
Desde mi posición, con la puerta abierta veo el segundo dormitorio, en la otra punta del rellano.
Ya no siento el pavor de ayer noche, es como si la amenaza se hubiera volatilizado.
Corro las cortinas y la luz se desparrama por los muebles. Las casas vibran en la mañana, el hielo de los tejados se funde y los pájaros picotean aquí y allá. Es todo tan distinto ahora que ha salido el sol.
Tras lavarme la cara, bajo las escaleras y me asomo para ver a Clara pelearse con el menaje de cocina de mi abuelo.
Bueno, no habrán quedado perfectas, pero ya te digo que buenas lo están un rato —dice plantando en la mesa un plato con tortitas—. Espero que tengas hambre porque no sé de medidas.
La abrazo sin dejar que suelte la espátula siquiera.
Gracias por todo, Clara. No sé qué habría hecho si no llegas a llamarme anoche.
Es mi trabajo, tonta —responde.
Y lo pienso. ¿Cómo supo que debía llamarme? Habían pasado horas desde el rugido.
¿Saltó la alarma? ¿Por eso llamaste?
Clara tuerce la sonrisa y sé que es una afirmación, un «me has pillado» en toda regla.
Vamos. Desayuna. Sé que tú estás de vacaciones, pero yo tengo cosas que hacer.
Solo que tales vacaciones no existen. Han rechazado mis últimos artículos y anulado mis clases en la universidad online .
Estoy desempleada en un mundo que no acepta tal cosa.
Si no fuera por la posición de Marla y porque parte de mí es propiedad de PK, esto no sería un viaje de «placer».
Opto por dejarla creer que es así y devoro un par de tortitas con mermelada de naranja amarga.
Mi amiga sirve dos tazas de café y se acomoda en una silla frente a mí. Extiende un mapa del bosque ante ella mientras bebe a sorbos cortos. Con un lápiz rojo marca una línea desde los árboles a la carretera. Señala también un punto en el pueblo y después dibuja varios círculos entre la espesura.
¿Qué haces? —pregunto mientras devoro otra tortita.
Ahora iré a peinar el bosque. Estas son cuevas y grutas donde un animal grande podría guarecerse —dice señalando los círculos—. Primero iré a los más próximos a la carretera, quizá encuentre alguna otra pista del paradero de la niña.
Siento una pena inmensa que se mezcla con la culpa, con la posibilidad.
Si una de esas cosas se la ha llevado, ¿qué posibilidades tienes de encontrarla?
Clara alza la vista del mapa y achina los ojos como si intentara ver a través de mi piel, dentro de mí.
Debemos saber qué sucedió. Es lo mínimo, ¿no crees?
Tomo la taza con ambas manos y la balanceo, un oleaje negro que amenaza con desbordarse.
He de contarte algo. No estoy segura de qué sucedió, pero me choqué con algo la noche que llegué aquí. Salí del coche y no había nada, pero…
Eloise, lo sé —confiesa ella antes de que continúe—. Los detalles los desconozco, pero cuando te ayudé con la bombona vi el coche.
Agarra una de mis manos y detiene el oleaje.
Descubriremos qué sucedió y, en todo caso, no fue culpa tuya. No deberías haber conducido en esas condiciones, pero hay demasiadas cosas que no fueron correctas aquella noche.
Acto seguido, se come tres tortitas, apura el café, se pone la chaqueta y pregunta:
¿Me acompañas o no?