Robleda, madrugada del 1 de noviembre
Después de la cena, llena y satisfecha, la criatura siente una emoción entre tristeza y recuerdo, algo llamado «melancolía» por los humanos. Su naturaleza le dice que se quede entre los árboles, con la tierra y las estrellas, pero ella camina en dirección al humo y las luces, hacia las casas.
Es capaz de recorrer largas distancias en poco tiempo y el suelo enfangado no es ningún impedimento.
No se agota con facilidad y puede saltar a gran altura.
Todo es un juego y se divierte. Mas, cuando llega a la primera casa e impulsa sus cuartos traseros para subir al tejado, algo la golpea y la lanza hacia atrás con fuerza.
Una luz, muchas manos. La bestia husmea el aire, se acerca, esta vez con lentitud, hacia lo que parece el límite, la línea que divide la naturaleza de lo humano.
Estudia su contorno, saborea el aire, de pronto salado.
Hace el gesto de cruzar y entonces los ve, figuras fantasmagóricas, algunos más consistentes que otros, la miran con una violencia inhumana que hace recular al monstruo.
Los antiguos habitantes del pueblo son invocados por aquello ajeno, por todo lo que venga de afuera.
En la casa, Clara sube las escaleras en la oscuridad y deja a su amiga atrás, hecha una madeja de nervios que tirita, pálida, con las llamas bailando a su espalda.
No presiente nada en el primer dormitorio, ni en el baño, aunque no necesita entrar en la siguiente habitación para saber que ahí hay algo poderoso, un espíritu muy antiguo que no reconoce a Eloise como parte de la casa porque nunca la llegó a conocer.
Es su nieta —murmura la guardabosques a la mujer furiosa del camisón—. No la llegó a conocer porque usted se marchó mucho antes, pero esa mujer de ahí es la hija de Teresa.
El rostro azulado y translúcido de la aparición se dulcifica. Mira hacia abajo como si pudiera ver a través de las tablas de madera.
Debemos protegerla —añade Clara—. Hay terrores vivos ahí afuera.
La mujer fantasma asiente y se une a la oscuridad de las paredes.
Mientras tanto, la bestia recorre el límite del pueblo, en busca de algún desliz. El perfil es claro, nada crece en contacto con los primeros muros y adoquines, hasta que su olfato da con unos brotes verdes.
Las aves madrugadoras avisan de lo que todavía no se advierte a simple vista y la criatura regresa a su cueva, a descansar. Se hará más fuerte y volverá.