Lo que no veo en el bosque Casa del abuelo, madrugada del 1 de noviembre
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Casa del abuelo, madrugada del 1 de noviembre

No pego ojo. Sigo despierta horas después de aquel sonido espantoso, incapaz de subir al dormitorio o alejarme del fuego. Por algún motivo, las llamas hacen que me sienta a salvo, como si al subir al piso de arriba fuera vulnerable.

Por no ser capaz, no puedo ni levantarme del suelo donde me he hecho una bola con la manta y los cojines, escondida bajo la mesa, contra el banco de madera.

Tiemblo de forma incontrolable y sé que es el pánico, lo mismo que provoca que me duela el pecho y no pueda respirar, que esté mareada y con nauseas.

La pantalla del móvil permanece en negro, no he recibido respuesta de Marla y soy consciente de que no he de llamarla, no en este estado. Si lo hago, moverá cielo y tierra para llevarme de vuelta, y antes he de solucionar lo de la niña, saber si soy responsable de que no regresara a su casa.

Me abrazo las piernas y escondo la cabeza en el hueco cálido que forman mis brazos. Hui de una vida que estaba perdiendo el sentido y me he metido de lleno en una puñetera pesadilla. ¿Por qué nunca puedo escuchar a los demás? O, al menos, a quiénes me quieren ayudar…

Entonces el teléfono suena. No el móvil de alquiler, sino el viejo cacharro de línea que utilizaba cuando era una cría para llamar a mis amigos del colegio cuando estaba en el pueblo.

¡Ring, riiing, riiiiiing! Cualquiera diría que la espera lo pone nervioso, o soy yo la que está a punto de saltar, como una cuerda demasiado tensa, porque me da la sensación de que sube el volumen y se alargan los timbres, de que algo en el piso de arriba lo está escuchando y va a bajar a por mí.

Escondida debajo de la mesa, percibo la oscuridad del recibidor como una masa densa en movimiento. Las llamas de la chimenea, que no he dejado de alimentar con leños, hacen danzar sombras alargadas que se pierden al cruzar el umbral de la puerta.

El teléfono sigue sonando. Insiste. Me reclama.

Gateo entre temblores fuera de mi escondite.

Oigo un crujido en las tablas viejas, arriba, en la habitación cerrada.

La piel de gallina, una lágrima que se escapa.

Me quedo de cuclillas, calculando los pasos que necesito para alcanzar la luz, para terminar con la oscuridad de la sala contigua, y oigo un paso.

Estoy segura, ese crujido no es natural, es provocado.

Corro, pego un acelerón, que me lleva de cabeza a la mesita del teléfono y casi me lo como.

Escucho la puerta arriba, pasos que también se precipitan escaleras abajo, directos hacia donde estoy yo, pero no se ve nada porque es todo oscuridad, negrura para unos ojos que llevan horas abiertos de par en par frente al fuego.

Golpeo el interruptor con la mano abierta, con fuerza, y en el destello juraría que he visto a una mujer, al menos sus contornos, alguien con camisón antiguo que se ha esfumado en cuanto la luz la ha rozado.

¿Elo? Oye, ¿estás ahí?

Oigo la voz de Clara. Al golpearme contra la mesita he descolgado el teléfono sin querer. Me acerco el auricular y respondo con un hilillo de voz.

Sigo aquí.

¿Estás bien? No sé por qué he tenido la sensación de que…

No. No lo estoy. Por favor, ¿puedes venir? Sé que es de noche y todo eso de no salir en plena oscuridad, pero, por favor…

Estoy llorando, me falta el aire mientras trato de controlarme, aunque no sé si he empezado ahora o ya hace rato que estoy en este estado.

Voy en camino —responde mi amiga.

No tarda ni diez minutos. Escucho el todoterreno a lo lejos, en el silencio cuajado de la noche, acompañado por el áspero y repetitivo craaac de un arrendajo solitario.

Desde el porche, miro a lado y lado y cruzo a la carrera.

Abro lo justo para que Clara pase, ha dejado el coche aparcado junto al muro.

Ella camina tranquila, entra a la casa y me observa mientras cierro con llave sin dejar de volverme para vigilar las escaleras que suben a los dormitorios.

¿Qué sucede? —pregunta posando las manos heladas sobre mis hombros.

Había algo arriba y se han llevado cosas, alguien ha entrado en la casa cuando yo no estaba, y mi abuelo, y después esa cosa ha rugido y…

Las ideas se me escapan, no soy capaz de ponerles orden. Sigo temblando. Ya no lloro, me duele menos el pecho ahora que ella está aquí, pero el miedo continúa rondándome.

Clara me acompaña hasta el banco de madera. Corre las cortinas de las ventanas, me cubre con la manta y prepara dos tazas de manzanilla.

Vamos paso a paso. Bebe un poco, te calmará.

Y obedezco. Aspiro el aroma, cierro los ojos. No estoy sola. Doy un sorbo.

Te avisé de que no era seguro, pero, si te quedas en casa durante la noche, estarás a salvo de lo que hay en el bosque —explica Clara—. Tenemos alarmas por todo el perímetro del pueblo, si alguna criatura intenta pasar, yo lo sabré.

Pero pueden hacerlo… —susurro.

Sí. La ciudad queda lejos, no disponemos de un muro mágico que nos proteja.

No tiene nada de mágico —empiezo a decir, pero veo su gesto—. Y si salta una alarma…

Yo lo soluciono.

La miro a los ojos, concisos, fríos y seguros.

Ahora háblame de lo otro. ¿Alguien ha entrado en la casa? ¿Te han intentado atacar? ¿Dónde están ahora?

Cuando hemos vuelto. Bueno, cuando te has ido, he subido arriba y faltaba algo en el arcón de mi abuelo. No sé qué, pero se han llevado lo que estaba escondido al fondo.

Clara alza la ceja y eso me hace pensar que sabe algo, es como un perro de caza señalando a la presa.

Pero cuando hemos venido no había nadie, ¿quién te ha atacado?

Creo que era un fantasma… —digo muy bajito, temerosa de que crea que estoy como una cabra, pero ella no se sorprende.

¿Y no era tu abuelo?

—Él ha estado conmigo antes, pero no lo he vuelto a ver.

Mi amiga se levanta, saca una brújula extraña de una bolsa prendida del cinturón. Sigue la dirección de la aguja y se detiene al final de las escaleras, mira arriba. Cuando veo que hace el gesto de subir, enciendo la luz de ese tramo con rapidez. Ella me mira.

Antes ha desaparecido cuando he prendido la luz —digo.

Puedes apagarla. Si hay algo, quiero verlo.

Le hago caso y la escucho subir al piso de arriba.

Entra al dormitorio principal, al baño y después sus pasos me llevan con ella hasta la otra habitación.

Se detiene. Un murmullo es lo único que me llega desde la planta superior y no puedo evitar recular hacia la luz.

Poco después, Clara baja tranquila y guarda la brújula de nuevo en la bolsa.

Lo que fuera ya no está. No debe preocuparte. Mañana dibujaremos algunos símbolos en puertas y ventanas, y todo solucionado.

Era una mujer en camisón, como en las novelas de terror antiguas, las que leíamos para meternos miedo.

Lo sé, Elo —dice acariciándome la mejilla como si yo fuera una niña, y ella, una adulta que trata de decirme que todo irá bien—. Nosotros convivimos con ellos, están por todas partes. Al final te acostumbras.