Lo que no veo en el bosque Robleda, noche del 31 de octubre
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Robleda, noche del 31 de octubre

Después del descanso llega el hambre y los recién nacidos son glotones.

La criatura paladea el aire en busca de otras vidas de las que alimentarse.

Se asoma a la boca de la cueva y su piel vibra, recibiendo un mapa de lo que la rodea.

Podría decirse que se ecolocaliza a través de un temblor tan tenue que solo las plantas perciben, pese a la lluvia es capaz de saber desde dónde le llega un olor por el sentido del gusto.

Así que ahora sabe que hay un corzo cerca, al este.

También ha percibido a una extraña y a alguien conocido, en el bosque y la carretera, pero de eso hace horas.

Sale de su nuevo hogar y se dispone a cazar, así que lo anuncia a la noche y a las estrellas. Clama a los poderes antiguos para conseguir su presa y emprende la carrera.

El rumiante la escucha, como el resto del bosque.

Todos callan, a sabiendas de que ese sonido significa peligro, pero el animal no la esperaba, no la imaginaba tan rápida o tan próxima, y las garras le arrancan la cabeza de un bofetón.

La criatura se abalanza sobre la comida y retuerce el cuerpo grácil del venado con sus apéndices. La boca, menuda, mastica deprisa.

Más allá, en la cabaña del guardabosques, Clara escucha también el reclamo y se asoma a la robleda.

Calcula la distancia por el eco y la reverberación del sonido.

Viene de la zona donde ha estado hace horas con Eloise.

La bestia sigue en su territorio y quizá todavía pueda dar con la niña, piensa ella, siempre positiva.

Por la mañana recorrerá el área y después visitará a la familia.

Solo entonces se pregunta si Eloise habrá escuchado el rugido y si eso será suficiente para que regrese a su casa.