Casa del abuelo, noche del 31 de octubre
Podría decir que la reunión de amigas de la infancia fue bien.
Pese a la angustia y los nervios que me mordían por dentro desde que había dicho lo de la niña desaparecida, me mantuve callada y no sé si he hecho bien…
Sé que es Clara y puedo confiar en ella, pero también es la guardabosques.
El miedo y la sospecha me atenazan por ese tramo de carretera.
Sin embargo, ¿qué haría una cría allí en plena tormenta y por la noche?
Demasiados factores que deberían haberla alejado. Pero a mí también.
Clara ha cumplido. Me ha alimentado, hemos recordado viejos tiempos y me ha ayudado con el calentador.
Sí, ahora dispongo de luz y agua caliente.
Bienvenida a la modernidad, casa viejuna y abandonada.
Aunque tan abandonada tampoco, porque mientras regresábamos en el todoterreno he visto algunas a las que ya no les queda ni tejado; son fachadas, máscaras sin nada por dentro.
He de preparar algo rico y llevárselo a Tomás como agradecimiento.
De nuevo a solas percibo el olor que emana de mí. El sudor siempre me ha delatado cuando estoy nerviosa. Subo las escaleras con la sensación de que me pesan los huesos y me aseguro de que quede jabón. Paso un agua por la bañera y decido que un baño me hará bien.
Entonces, por algún motivo, la carretera me vuelve a la mente. El golpe y la niña se cruzan. Bajo a la carrera y salgo al exterior, recorro el espacio estrecho junto al coche y me asomo. El parachoques está abollado y tiene una luz rota.
No es posible. Frené, salí del coche, allí no había nada. Pero quizá avancé demasiado, puede que estuviera más atrás. ¡¿Qué mierdas hacía la niña allí?!
Me agarro la cabeza con ambas manos, presionándome las sienes.
Busco la calma, pero es imposible encontrarla.
No puedo llorar y creo que sería lo más humano, que la tristeza me consumiera ahora mismo.
Pero lo que me tortura es no comprender en realidad qué está pasando, ¿cómo Clara podía estar tan tranquila?
Hablarme de la desaparición de la chiquilla y después ofrecerme pastel.
¿Qué había llevado a una niña a salir a esas horas, en esas condiciones?
¿Dónde estaban sus padres? ¿Acaso buscaba culpables para no aceptar la realidad?
Mañana contactaré con Clara y se lo contaré todo. Responderé ante la justicia, sea cual sea.
Entro de nuevo a la casa. Percibo el olor a leña y, al volverme hacia la chimenea, veo que está encendida, cuando antes no quedaban ni brasas.
Gracias, abuelo —susurro camino del baño.
Abro el grifo y pongo el tapón. Ascienden volutas blancas del agua caliente. Pese al frío, me quito la ropa en el dormitorio y rebusco en la maleta un pijama abrigado, me hago con una de las toallas nuevas que he dejado en la silla por la mañana y me encierro en el baño.
El primer contacto con el calor es doloroso, me recorren agujas candentes por los pies helados.
Después es un bálsamo en el que me hundo y dejo reposar mis músculos, permito que me abandone la tensión.
Añado jabón y hago espuma, me detengo a contemplar cómo me cubre, mi piel queda oculta bajo la blancura, como un cadáver sepultado por la nieve.
Resbalo por el armazón de la bañera y me sumerjo. Todo desaparece en un instante.
Una punzada en el estómago me retuerce bajo el agua. De forma instintiva aprieto ambas manos sobre la cicatriz, trato de mantener adentro lo que no debe escapar.
Saco la cabeza del agua, tomo una bocanada de aire y grito. Un grito largo, agudo y doloroso mientras sigo presionando con ambas manos el punto donde siento la puñalada, la garra.
Él está aquí cuando abro los ojos. Su mirada es triste y preclara. No da un paso más allá de la puerta, me observa detenido como si el grito lo hubiera invocado.
Lo siento, abuelo —susurro—. A veces el dolor vuelve, aunque no debería. Lo que hay dentro ya no siente, es un recuerdo del sistema nervioso —explico señalándome la cabeza.
Y él alarga su mano fantasmal. La luz de la bombilla convierte su carne en papel de calco.
Posa la palma helada sobre mi frente y la percibo sólida.
Sonríe de la misma manera que recordaba, aunque no era muy dado a hacerlo.
Después, se esfuma como el humo de una vela de cumpleaños y se lleva con él el dolor y la angustia.
No sé cómo lo ha hecho, pero la punzada ya no está, ni el nudo que me contraía el diafragma.
Me envuelvo en la toalla y me visto rápido para conservar el calor del baño.
Decido terminar de preparar la cama antes de la cena y entonces es cuando me fijo.
La colcha naranja está más abajo, hundida como si el contenido del arcón se hubiera desinflado.
Aparto la tela y miro las sábanas bordadas que hay debajo.
Decido sacarlo todo y unos símbolos salen a mi encuentro: dos círculos con extrañas letras en el interior y una especie de estrella.
También hay unas marcas, rayotes. Los recorro con el dedo y los rasco con la uña.
Es cera y carbón. Vuelvo las sábanas que había encima y veo grabadas las formas grasientas de unos cirios, así como otro símbolo que debía estar escrito en una superficie más pequeña.
Alguien ha entrado en casa durante el día y se ha llevado lo que escondía el arcón. «No hurgues ahí, niña», vuelvo a escuchar. ¿Qué escondían? ¿Por qué alguien se tomaría las molestias de llevárselo ahora?
Lo guardo todo en el baúl y acabo de prepararme la cama. Me hago con una bolsa de agua que había en la mesita de noche y bajo a la cocina para calentar una tetera. Creo que con una infusión y una manzana me doy por cenada.
Dejo reposando el sobre de melisa en la taza y subo de nuevo para dejar la bolsa dentro de las sábanas, a los pies. Cuando me vuelvo, tras apagar la luz del dormitorio, veo algo que brilla sobre el arcón, un objeto que antes no estaba ahí.
Es un cristal de roca, un cuarzo con vetas doradas en su interior.
Rutilado, recuerdo entonces. A mi madre le gustaban estas cosas, siempre llevaba piedras colgadas del cuello y me las regalaba por mi cumpleaños.
«Mantenlo junto al corazón, alejará las energías negativas, el miedo y el dolor del pasado», me aconseja mamá desde la memoria.
Así que lo tomo y me lo guardo en el bolsillo, espero que ayude igual desde ahí.
Gracias —susurro al vacío del dormitorio.
Bajo las escaleras acompañada por el rumor de la lluvia, el soniquete de las gotas contra el tejadillo y la puerta metálica.
Me hago con el móvil del bolsillo interior de la chaqueta y marco el número de Marla.
No responde. Consulto la hora, no es tan tarde, aunque es razonable que no tenga ganas de hablar.
«Lo siento», escribo. «Soy una gilipollas. He de resolver un par de cosas, pero creo que volveré pronto, si me aceptas».
Me acomodo junto a las llamas, con la manta sobre los hombros y mi frugal cena ante mí.
En la lejanía se alza un rugido, que atraviesa la noche, un sonido que provoca que me agache bajo la mesa y me abrace a mí misma entre temblores. El reclamo se repite y todo el resto de sonidos —los pájaros, los grillos y los gatos— enmudecen. Solo el repiqueteo de la lluvia permanece.
Me asomo a la ventana que da a mi patio, al muro que se alza y separa la casa de todo lo demás. Esas criaturas saltan, trepan, sus garras son capaces de partirte en dos. De nuevo la mano se dirige a la cicatriz. Una de esas cosas está aquí.
Y la oscuridad lo engulle todo, conmigo allí, hecha un ovillo junto al fuego.