Pico de Lobre, mañana del 31 de octubre
Unos pasos descienden a toda prisa de la vivienda principal hacia el local y, en unos minutos, se abre la puerta del colmado desde dentro, prende las luces y Matilda ya está en su puesto tras el mostrador.
La han avisado de la guardia local, hay una visitante. Es la nieta de un antiguo vecino, pero foránea de todos modos. Viene de la ciudad.
Matilda echa un vistazo a las estanterías, a los sacos de sal apilados junto a las bombonas de butano, a los alimentos que hace meses que no revisa si están caducados o no porque nadie los compra, y no hablemos del revistero…
Ya no puede remediarlo, así que ¿qué más dará?
Si es como los demás traerá sus propios suministros, la mayoría no se atreve ni a beber agua de la fuente.
Y hace tanto de eso, de la última visita, ¿cuándo fue? Es incapaz de recordarlo.
En las calles del pueblo resuena el motor del todoterreno de la guardabosques, que avanza seguro en dirección al local. Una figura difusa desaparece contra un muro justo cuando el vehículo gira la esquina y pisa el freno ante la puerta.
Las dos mujeres entran en el local y son varias las figuras que aparecen de las calles circundantes, ecos que se sorprenden por los cambios, recuerdos con brazos y piernas, semitransparentes algunos. Cuando Clara y Eloise vuelven al coche, todas se esfuman sin que la visita llegue a percibirlas.
El todoterreno arranca y emprende su camino hacia el monte, Matilda espera unos minutos para cerrar con llave y apagar las luces. El pueblo vuelve a quedar en silencio y los fantasmas recorren sus calles.