Cabaña del guardabosques, mañana del 31 de octubre
De nuevo en el todoterreno de Clara, veo que tuerce en dirección al monte.
Luego te llevo a casa, no te preocupes. Hasta te ayudo a instalar la bombona, si hace falta —me tranquiliza.
La doble tracción se hace patente cuando empina el nivel y accedemos a los caminos de cabras, cada vez más oscuros pese al buen día. Me pone a prueba, estudia mis reacciones para ver cuánto de su amiga queda en esta mujer de ciudad.
¿Es verdad que allí solo coméis verde? —pregunta en forma de mofa.
¿Preguntas si me he hecho vegana?
Aunque sé a qué se refiere. En las esferas contamos con jardines y huertos hidropónicos patentados por la PanKhloé que ofrecen una base alimentaria a la población, pero muchos alimentos llegan de afuera, y ahí reside el problema, que lo que hay afuera no es seguro.
Aparte de los huevos y el queso, aquí tampoco consumimos carne —me aclara ella—. Aunque mi padre no hay manera de que se haga al tofu.
Pero he visto animales y no solo en el bosque…
Algún gato, los pájaros, es inevitable. Hace tiempo que nadie tiene animales en casa.
Los árboles se abren en un claro que lleva a una cabaña. Es sencilla, de madera, sin muro exterior. Un porche, ventanas grandes y chimenea en lo alto.
¿Vives aquí?
Debe haber notado mi incredulidad, porque se ríe antes de asegurar con aplomo:
Es segura. Aquí no puede sucederte nada malo, créeme.
Aparca el todoterreno allí mismo, frente a los tres peldaños que llevan a la puerta y la sigo al interior, no sin antes volverme un segundo, hacia el bosque, con la sensación de que me observan.
No seas paranoica —dice Clara, tironeando de mí hacia un interior cálido con aroma a leña y algo muy dulce.
El espacio es reducido: una enorme chimenea con un sofá enfrente, una isla que hace de cocina y mesa, una puerta a un lado, que supongo debe de ser el baño y una escalera que sube, imagino que al dormitorio.
Clara abre la nevera y saca un par de tuppers . Pone una olla al fuego y echa en ella el contenido de ambos: trozos de verduras asadas y seitán. En otro cazo vuelca las judías. Busca pan en la cesta y me pasa un par de rebanadas.
¿Recuerdas cómo tostarlas? —dice sin dejar de remover nuestra comida con un cucharón.
En la chimenea veo la parrilla y descubro en la mesita frente al sofá el origen del aroma dulzón: una tarta de moras. Lo tenía todo pensado.
Clara reparte el banquete en dos platos y nos sentamos en la barra de la cocina con unas cervezas. Ella da un par de ganchadas y muerde un trozo de pan. Se llena la boca para no hablar, pero me mira con una intensidad que conozco. Da un trago largo al botellín y entonces sí, empieza:
¿A qué has venido, Eloise?
Pensaba que te alegrabas de verme —respondo irritada.
Y así es. Pero sabes tan bien como yo que no es nada normal lo que has hecho: venir hasta aquí sola, sin avisar al guardabosques ni a la guardia local.
Nada, Elo. Llegaste anoche, conduciendo bajo la tormenta.
Sin hablar de lo peligroso que ha sido siempre hacer eso, sabes que ahora puede suceder cualquier cosa en la carretera, que algo puede salir del bosque, ¿y entonces qué?
No quiero suicidarme, si es lo que piensas. No soy uno de esos que escapan de las ciudades para desaparecer —digo removiendo las verduras con el tenedor.
Si eres la persona que conocí de niña, lo sé. Pero hace muchos años de eso y no hemos hablado, ni una llamada, nada.
Perdona. Fue duro. El abuelo murió y mamá…
Nadie te culpa. Yo menos. Pero ¿por qué, Elo?
¡Porque todo se iba a la mierda y no podía pararlo!
Aprieto el puño libre sobre el muslo, como si tratara de atravesarlo, de hacer desaparecer el dolor que siento junto a mi cuerpo.
¿Las cosas te iban mal en la ciudad?
Tenía trabajo…, y está Marla, te caería bien. Pero no soy feliz desde hace demasiado y estoy harta de fingir, de hacer ver que soy otra solo para poder seguir siéndolo.
Ya, bueno… —Clara se rasca la nuca mientras piensa—. Yo no creo que pasara de un tres. Mira dónde vivo y hay semanas que no me da ni por ducharme —ríe.
Sé que no tengo excusa.
Me miro los pies, esas botas viejas y desgastadas de otra época, de un tiempo cuando mi madre hacía bromas y yo soñaba qué sería de mayor.
Aquí siempre tendrás tu lugar, Elo. Sin embargo, las cosas son muy diferentes, no puedes aparecer sin más. Las noches y el bosque no son para las personas. Apréndete eso, grábatelo a fuego.
Pero tú…
Yo soy parte del bosque. Ni siquiera vivo en el pueblo, allí soy una visita, como tú.
Pincho un trozo de calabacín y me lo llevo a la boca. Mastico lentamente, doy tiempo a lo que rumio.
¿Qué buscabas antes, junto a la carretera?
Ayer noche desapareció una niña.
El bocado se me atraganta, doy un buen trago de cerveza y evito la mirada de Clara, ese gesto de «ya te he enseñado lo mío, ahora muéstrame lo tuyo».