Pico de Lobre, mañana del 31 de octubre
El viaje de vuelta ha sido incómodo, quizá porque yo sé que Clara me oculta algo y ella es consciente de que tendrá que contármelo o me pondré insoportable.
Hemos llegado al colmado en un abrir y cerrar de ojos y no sé qué me había imaginado, pero es un local del tamaño de la planta baja de la casa de mi abuelo, con cuatro estanterías repletas de alimentos imperecederos, un rincón con leña seca y combustibles, y un mostrador con revistas y las publicaciones locales.
Una mujer que debe rondar los cincuenta, de pelo corto muy negro y jersey con detalles de leopardo saluda a Clara al entrar y me vigila desde detrás del mostrador como si fuera a mangarle un paquete de chicles.
Leo de refilón los titulares. Todo parece marchar estupendamente en las ciudades: la economía va bien, el nivel de vida sube, se conceden permisos de paternidad…
Debido a los últimos incidentes en carreteras, prueban nuevos modelos de conductores robóticos para los tráileres de suministros.
Me fijo en la fecha, son de hace más de un año.
Doy una vuelta por el local. Reconozco marcas de cereales azucarados que estaba segura de que se habían dejado de fabricar. Enganchada junto a las linternas, la divertida pegatina de un lobo enorme advierte que no se debe salir de noche.
Nos llevaremos esto y, emmm… —dice Clara cuando deja las bombillas sobre el mostrador para regresar a las estanterías—. ¡Y un par de estas!
Planta sobre la mesa dos botes de judías en salsa con una sonrisa enorme.
¿Te acuerdas de cómo nos gustaban? Nos las llevábamos de excursión y las devorábamos con pan —relata mientras carga una pesada bombona hasta mis pies.
Es curioso cómo mi amiga parece recordar mi infancia mejor que yo misma.
¿Me gustaban? —pregunto examinando la lata.
Una barbaridad. Y los frankfurts fríos, directos del paquete. Te los comías sin kétchup ni nada —dice torciendo el gesto como si le diera verdadero asco.
¡Pero si me enseñaste a hacerlo tú! —me defiendo.
Ambas reímos bajo la atenta mirada de la dueña del negocio, que me quiere sonar, pero no logro ponerle nombre.