Lo que no veo en el bosque Robleda, mañana del 31 de octubre
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Robleda, mañana del 31 de octubre

El bosque respira, aunque ellas no lo oigan. Palpita y gruñe entre sueños.

Las que fueron niñas se reencuentran y buscan a la otra, la desaparecida, aunque una de ellas no sabe qué es lo que persiguen.

Mientras tanto, con las mujeres en el bosque, el anciano entra a escondidas en la casa.

Las puertas y las escaleras se quejan. «Esto no es tuyo, no te pertenece», dicen.

Pero el anciano cree hacer bien, la niña de Mauricio no sabe, no entiende y es peligroso.

Toma lo que cree que debe guardar y al bajar se encuentra al guardián de frente.

Son amigos, siempre lo fueron, pero ahora no está contento y no le deja pasar.

«Lo hago por ella, por la niña», dice el anciano.

El otro niega. «No sabe cómo funciona, se la comerán viva», insiste.

Y puede que la furia se aplaque ante la razón o simplemente es que poco pueden hacer los muertos en un mundo que ya no es el suyo, porque el anciano lo atraviesa como si fuera un banco de niebla y deja atrás la casa, el patio y el camino.

Clara observa el pedazo de tela. Reconoce el color, ese tono característico de la chaquetilla violeta que a veces llevaba la niña desaparecida.

Piensa en su nombre, lo invoca: «Ge-or-gi-na», respira las sílabas.

Y un haz de luz del mismo color aparece al fondo del bosque, corre, se arrastra bajo el tronco, continúa hacia la carretera y de pronto desaparece.

También percibe las interferencias, algo más, una presencia que hurga y rasca desde el Umbral.

Recuerda las marcas de garras en el asfalto, esos dedos como cuchillos que atraviesan el metal, que rasgan la piedra.

De nuevo en la casa, el círculo es redibujado. El anciano entona antiguos cánticos y sella el símbolo con una rúbrica a tiza junto a la puerta, casi imperceptible y que parecen cuatro líneas mal puestas.

La mujer animal y la niña de ciudad regresan, dejan atrás la carretera y la memoria del ayer.

El bosque bosteza, pero no despierta. No todavía.