Lo que no veo en el bosque Carretera de montaña, mañana del 31 de octubre
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Carretera de montaña, mañana del 31 de octubre

Llevamos un rato en la carretera. Hemos salido del pueblo en dirección contraria al colmado.

No te importa que antes revise una cosa, ¿verdad? Ya he avisado a la guardia local de que me ocupaba —ha dicho hace un rato y ahora siento como si estuviera rebobinando el recorrido de ayer noche, pero sin lluvia y mucho menos aterrorizada.

Clara siempre me causó esta impresión, la sensación de poder confiar, de que todo iría bien si estaba a su lado, sin importar las burradas que se nos ocurrieran.

Yo era una cría que soñaba con vivir en el campo y formar una gran familia, pues siempre habíamos sido mamá y yo.

Y ella era la hermana melliza y salvaje, que se peleaba con niños mayores que ella y se escapaba al bosque para regresar al día siguiente cubierta de barro y arañazos.

Juntas éramos una bomba de relojería que explotaba un par de veces a la semana y mi abuelo siempre aparecía al rescate con palabras conciliadoras para apaciguar los ánimos del vecino al que le hubiéramos tocado las narices más allá de lo aceptable.

El todoterreno se detiene y Clara, sin aviso previo, se apea. Yo la sigo y veo que, tras poner las luces holográficas de aviso diurno, observa el bosque, inquisitiva.

¿Qué sucede? —pregunto, a riesgo de quedar como una ignorante.

Ella señala hacia los árboles, pero yo veo una robleda, nada más.

Varios han caído —murmura.

Por el temporal, supongo.

Ella niega con la cabeza y sigue unos surcos alargados justo en el límite del asfalto.

La lluvia ha borrado lo sucedido. —Se vuelve y mira a la carretera, al pueblo y de nuevo hacia el bosque—. A estos los han derribado.

Desciende por la ladera con facilidad y se interna en la espesura. No me ha pedido que la siga, pero, si esto no es una invitación, quizá mejor que me enseñen a interpretar silencios.

Después de tropezarme y casi comerme el tronco de un roble, llego a su lado.

Ves —dice señalando las ramas partidas, los árboles jóvenes arrancados desde la raíz—. Aquí ha habido una persecución.

La incomodidad aumenta según nos adentramos en la penumbra fresca y cargada de matices.

Clara se mueve como pez en el agua, ella es parte de este lugar, pero yo llevo años sin pisar un entorno natural y estar aquí activa todas mis alertas.

No dejo de volverme a cada chasquido y movimiento, y agradezco llevar las botas de montaña porque, si no, ya tendría los calcetines empapados por la cantidad de charcos que he pisado.

La tierra está todavía fangosa y es difícil avanzar.

Un color fuera de lugar me llama la atención.

¿Qué es esto? —pregunto mientras me agacho junto a un tronco caído, ahora hogar de hongos y termitas.

Alargo la mano y estiro del violeta que surge entre el barro. Es tela, un jirón. Se lo muestro a Clara, que lo toma con un bolígrafo y lo observa antes de guardarlo en una bolsa zip, muy profesional.

Puede que una pista de qué ha sucedido aquí o puede que nada. La lluvia arrastra muchas cosas.

Miente. Esconde información. Aunque yo soy una civil y ella es la autoridad aquí. Mi amiga es una guardabosques, ni más ni menos, alguien que cuida del Umbral y vigila para que nada cruce el límite hacia las personas que viven más allá.

De nuevo mira a un lado y a otro, como si ella viera algo que yo no, una escena que acontece frente a sus ojos. Vuelve la vista hacia las profundidades para dirigirla después hacia la carretera y de nuevo hacia la oscuridad, allá al fondo.

Bombillas y butano —rumia entre dientes.

¿Cómo?

Que vamos a comprar tu bombona y a comer algo caliente.