Casa del abuelo, mañana del 31 de octubre
Si pensaba que arriba había polvo y roña de años, es porque no había bajado aquí todavía.
Morimos continuamente. A lo largo de nuestra vida nos desprendemos de nosotros mismos y nos regeneramos, somos otros, con cajas repletas de recuerdos de nuestros yoes difuntos.
Podría pasarme semanas, si no meses, catalogando todo lo que han ocultado con el tiempo en este sótano excavado en la roca, que antes servía como curadero de quesos y jamones.
Con la linterna de emergencias en modo excursionista, hago un barrido al espacio: cajas sin nombre apiladas a un lado, cerca de la escalera; un montón de sillas y tablas que podrían haber sido un armario; muy al fondo, tras un caballete veo una mesa con material de carpintería y más cajas, me parece reconocer la forma de una cuna.
Y, tras la escalera, en un hueco habitado por innumerables arácnidos, encuentro el panel de fusibles.
La portezuela se resiste, pero un par de tirones y ¡se hizo la luz! Bueno, no. No se ha hecho porque todavía he de ver qué bombillas siguen operativas y la del sótano va a ser que murió hace tiempo, pero mi trabajo aquí está hecho porque no doy con la caldera por ninguna parte.
Las escaleras están viejas y habría que cambiar las tablas. Sus gruñidos son amenazas a mi yo futura. «Te partiremos las piernas», se desgañitan.
Cuando llego al recibidor, me precipito con emoción científica hacia el interruptor. Decepción, otra que no ha sobrevivido. Entro al salón comedor y la bombilla parpadea, tímida. He de ir al colmado y hacerme con unas cuantas antes de que anochezca.
Pero antes he de encontrar la caldera, porque yo recuerdo que me bañaba con agua caliente, pero, como niña que era, nunca me preocupé demasiado por su origen.
Después de patearme la planta baja, los dos dormitorios y el baño en la planta de arriba, decido salir al cubierto, el único lugar donde no se me habría ocurrido mirar. Y allí, junto a los troncos protegidos por lona, a un lado del morro del coche, hay una especie de armario larguirucho.
Reviso el bolsillo trasero de los tejanos y me aseguro de que sigue ahí el paquete de cerillas.
Al menos fuego sí tengo, a ver qué me encuentro ahora.
Paso de lado por el estrecho espacio que queda entre la pared y el automóvil, que no me pareció tan pequeño la noche anterior, aunque supongo que las prisas hacen maravillas, y con las uñas desengancho la puerta de madera, que no tiene pomo ni tirador.
Efectivamente es una caldera, pero ni idea de en qué año fue construido semejante cachivache.
En la parte baja atisbo una bombona de butano, que está conectada al dinosaurio metálico.
Por pura lógica, supongo que si abro las llaves de paso, le doy al botón y acerco una llama a la abertura… No pasa nada.
Lista mental para el colmado: bombillas y una bombona nueva. Crucemos los dedos para que tengan alguna.
Decido liarme con un zafarrancho de limpieza antes de salir, así puedo airear la casa durante la mañana y después calentarla.
Me lío una camiseta vieja sobre la nariz y me pongo a ello.
El colchón de la cama de la habitación principal es el mejor que hay, así que me deshago del cobertor y las sábanas, que ya lavaré, y lo asomo por la ventana para golpearlo y que le dé el sol.
Después me pongo seria con el polvo de todo el dormitorio y la planta alta en general, aunque el otro dormitorio lo dejo cerrado por ahora.
Sigo de arriba hacia abajo, barro en dirección a la puerta principal, como me enseñaron de niña.
«Todo lo malo afuera, no dejes que ninguno entre».
Finalmente friego con un poco de jabón para los platos y vinagre.
¡Todo listo! —me felicito a mí misma.
Ahora necesito sábanas y colcha limpias.
Investigo los cajones del armario y me hago con un juego decorado con flores setenteras.
Rozo el arcón con aire reverencial, paseo los dedos por las florituras talladas en la madera.
«No hurgues ahí, niña», me parece escuchar.
Lo abro con cuidado y veo los trapos nuevos de cocina, las toallas bordadas con nuestras iniciales nunca usadas.
Justo debajo doy con un cobertor naranja que se ve bien mullidito y caliente.
Dejo el resto de ajuar sobre la silla del tocador.
¿Eloise? ¿Hola, estás ahí? —escucho una voz, que me llama desde la calle.
Me asomo por la ventana y desde las alturas veo perfectamente más allá de la puerta y los muros que aíslan la casa del resto del pueblo. Una mujer con media melena rubia y vestida de uniforme me saluda con alegría.
¿Cómo va, amiga? Baja un rato, que te espero.
Siento cómo las comisuras de los labios se alzan ellas solas. Mi cuerpo la reconoce antes de que mi memoria la asocie a mi amiga de infancia.
Cierro la casa según bajo; ahora está más fría que cuando llegué ayer noche.
Me guardo las llaves junto a la caja de cerillas, tiro la camiseta junto a toda la ropa por lavar, me pongo la primera chaqueta que encuentro en el colgador de la entrada y salgo corriendo como cuando era una cría.
«¡Solo voy a dar una vuelta, vuelvo para comer! ».
Clara, cuánto tiempo.
Ella rompe los años y el silencio con un abrazo aplastacostillas, en el que me involucro con todos los sentimientos reprimidos.
Nos pasamos un rato así, dos amigas que hacía décadas que ni se hablaban y, de pronto, ¿qué es el tiempo?
Nada cuando habéis pasado los veranos juntas y tenéis cicatrices de las mismas fechorías.
Mi padre me ha avisado en cuanto te ha visto.
Ya imagino. El bueno de Tomás.
Te quiere y lo sabes. Has de venir a comer con nosotros un día.
Sonrío, pero callo porque intuyo que hay algo más, aunque le cuesta arrancar.
¿Tienes lo necesario? ¿La casa está bien? Mi padre lleva cuidándola todo este tiempo, pero tampoco creas que pasaba mucho rato ahí dentro.
Ya imagino que el fantasma no debe ser algo agradable.
¿Pero qué dices, Elo? Tendrías que escucharlo hablar. Cuando aparece, mi padre se sienta a su lado y le pone al día de todo. Aunque, claro, tu abuelo no dice nada, solo repite patrones, como todos.
Tardo en hacer la pregunta que acaba de asaltarme y Clara ya me está interrogando de nuevo sobre la casa, si necesito algo, ¿tengo comida? ¿Funciona la luz?
¡Bombillas! Eso necesito: bombillas y butano. La caldera es del pleistoceno y está seca.
Pues eso está hecho, Elo —dice señalando hacia su todoterreno—. Te llevo al colmado y hoy comemos juntas.