Lo que no veo en el bosque Casa del abuelo, mañana del 31 de octubre
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Casa del abuelo, mañana del 31 de octubre

Sinceramente, me esperaba otra cosa. Sin embargo, me despierto descansada y con una sensación de paz que no experimentaba en mucho tiempo.

Ni malestar poslluvia torrencial, ni collarín por latigazo tras el casi accidente en la carretera, y he de agradecer que tampoco tenga un ataque alérgico a causa de la cantidad de polvo por centímetro cuadrado que debe haber ahora mismo en la casa —así como en los cojines y la manta en los que me he arrebujado toda la noche—.

Lo que sí predije a la perfección es el hambre de hobbit que tengo ahora mismo y las tres llamadas perdidas de Marla.

Así que avivo las brasas, que todavía lucen rojizas en la chimenea, y las alimento con ramitas. Me estiro cuan larga soy para despertar todos los músculos posibles, con el consiguiente chasquido de esternón y hombro derecho.

Abro la puerta principal y me saluda un cielo que me vacila con su preciosismo, una paleta del azul al rojo que me deja embobada un buen rato hasta que mi estómago me recuerda que o desayuno o me la lía.

Utilizo el sendero de piedras para evitar el lodazal que es ahora el resto del jardín delantero de la casa y busco en el maletero las bolsas de víveres que preparé antes de mi escapada.

Cargo con ello hasta la cocina, sin preocuparme siquiera por volver a cerrar el coche o la puerta principal, puesto que tendré que ventilar toda la casa si no quiero dar más motivos a mi alergia para montarme una buena y merecida.

Busco la vieja cafetera italiana, una sartén y la reja que usaba mi abuelo para tostar el pan en la chimenea.

La bombona de butano todavía tira y prendo dos de los fogones.

Dejo el paquete de cerillas sobre el mármol, pero después decido guardármelas en el bolsillo.

Preparo un par de huevos con pimentón y sirvo el café con una cucharada de miel.

Con la manta sobre los hombros, mi bocadillo de huevos y la taza humeante, vuelvo a contemplar el arte efímero que me regala la naturaleza.

Es en ese momento cuando me doy cuenta de que la enorme puerta de metal está abierta y asoma la cara arrugada de un hombre menudo y vestido de negro, con un gorro montañés bien calado sobre la frente.

Los portones se quejan y el hombre da un respingo, después repara en mí.

Buenos días —saludo desde las primeras piedras del camino—. Espero que no le haya molestado durante la noche. Llegué tarde y parece que cerré mal. Pero es que hubo una tormenta que…

Sí, sí. La lluvia. No era una noche para conducir, sino para quedarse a resguardo.

—Me observa detenidamente, como si me conociera—.

Esta casa lleva mucho tiempo cerrada. Nosotros la vigilamos y la cuidamos, para que no se estropeen el tejado y esas cosas.

Es una casa noble, como lo fue su dueño.

Asiento ante sus palabras, aunque detecto cierto temor más allá del aprecio que se supone a primeras.

Muchas gracias, no sabía que hubiera alguien cuidando de ella. Si es preciso pagar por algún arreglo o materiales, no tienen más que decírmelo —aseguro, pese a que mi crédito disponible dé más bien lástima.

No hace falta que pague nada, lo hacemos con mucho gusto. Nosotros cuidamos del pueblo y de su gente.

El hombre se quita un segundo el gorro para rascarse la maraña de pelos grises que escondía debajo.

Soy Eloise Melgar, nieta de don Mauricio —me presento mientras me acerco a él.

Los ojos del hombre se abren como platos con un brillo inusitado de alegría.

Elo, la niña de Teresa, ¡claro! ¡De eso te conocía!

—dice casi saltando de alboroto—. ¡Qué alegría, niña!

Cuánto tiempo, normal que no me reconozcas.

Soy Tomás, el veterinario, ¿no te acuerdas?

Jugabas con mis hijos: Clara y Juan. Nunca sabíamos dónde parabais y más de una tuvisteis con los dueños de los frutales, ¡qué manía con robar fruta verde si teníais de todo en casa!

Me contagia con su risa. Cuando era cría era bastante bicho, o eso me decían, perdí unas cuantas chanclas por meterme a cazar ranas donde no debía y me corrieron en más de un huerto por afanar manzanas y pepinos.

¿Y qué te trae por aquí después de tantos años? —añade antes de que yo pueda acercarme o decir nada.

Quería salir de la ciudad, ¿sabe? Añoraba la casa y la libertad que sentía cuando veníamos aquí. Ya sé que las cosas no son como antes y me han dicho que estoy loca por venir, pero…

¿Loca? ¿Por qué te dirían eso?

Me doy cuenta de que tengo la boca abierta por cómo me contempla Tomás. Su respuesta me ha dejado fuera de juego. Miro alrededor: la higuera calva, el gallinero abandonado, el coche con mis maletas a la vista…

Bueno, quería decir que sin esfera aquí deben vigilar más.

El hombre ladea la cabeza.

Eso es cierto, es duro vivir aquí arriba, ser autosuficiente. No todo el mundo vale para esto.

¿Y reciben mucho turismo? —me intereso—. ¿Han llegado familias nuevas?

El anciano niega y tuerce el morro.

Ya no se llevan los pueblos, con toda esa tecnología… Mi nieta me dijo una vez por teléfono que si quería ver mundo solo se tenía que conectar.

Parece triste, contrariado por un mundo que lo ha dejado de lado.

Sin embargo, los jóvenes que se quedaron aquí han formado sus familias y volvemos a tener escuela y colmado, algo que en tu época se había perdido.

Cuando era niña había algo parecido a una escuela de verano, donde íbamos tanto los niños que veníamos de vacaciones como los del pueblo, pero eran clases de repaso que hacíamos en el centro social, y la escuela de verdad estaba kilómetros más allá.

Los niños de Pico de Lobre debían subirse a un bus cada día y cuando nevaba o la carretera estaba helada se quedaban en casa.

Bueno, niña. Pues no te molesto más. Si necesitas cualquier cosa, ya sabes dónde vivo. Clara también se pasa por aquí de vez en cuando, aunque es guardabosques y vive más arriba. Seguro que coincidís, yo la aviso.

Tomás no espera mi respuesta, se despide con la mano y cierra de golpe tras él, para que la puerta no vacile.

De un par de bocados doy cuenta del pan que me quedaba y entro para servirme otra taza de café, cuando escucho el movimiento junto a la chimenea.

Siento un dolor eléctrico en la piel, una descarga que me recorre ambos brazos y a punto estoy de dejar caer la cerámica al suelo. Mis ojos localizan el origen del sonido, pero no acabo de entender lo que veo, no lo creía posible por mucho que me lo contaran.

Me quedo paralizada en el recibidor, observando la espalda ancha de mi abuelo y su pelo corto plateado. De cuclillas alimenta el fuego para que la desastre de su nieta no se congele.

Yo… Abuelo —llego a decir.

Pero, con mi primer paso dentro de la estancia, él se desvanece como un dibujo hecho a tiza que alguien emborrona con la mano.

Me siento en el banco, justo al lado de donde hace unos segundos estaba mi abuelo.

El atizador está en el suelo, y la leña, removida; un nuevo tronco engorda las llamas.

Siento crecer en el pecho un sentimiento ambiguo, el calor del cariño que se despierta al verlo de nuevo y el temor de algo desconocido e inexplicable.

El móvil empieza a vibrar en la mesa de la cocina, donde me lo había olvidado.

Hola, Marla. Perdona que no te llamara ayer, pero llegué muy tarde y estaba agotada. Ya sabes.

¡Joder, Eloise! Te podrías haber matado. ¿Cómo se te ocurre salir a la carretera con semejante temporal? ¡Y a la montaña nada menos! ¿Por qué estás haciendo esto?

Ya te lo dije, necesito…

Sí, ya me lo dijiste —suspira y se detiene un segundo para recomponerse. Su silencio es más significativo que cualquier cosa que diga—. Puedes darte el espacio que te haga falta, pero cuídate, ¿vale? Y si necesitas algo, llama.

No vas a venir hasta aquí, así qué…

Tienes razón, no voy a ponerme en peligro para ir hasta esa casa abandonada, pero puedo mandar un dron con suministros o llamar al guarda forestal si es necesario. Te recuerdo que aquí tengo más medios y mejor cobertura.

Asiento, aunque ella no me vea. Pongo el manos libres y me sirvo otra taza de café con miel.

Gracias, pero por ahora todo va bien. De hecho, ya me he encontrado con un antiguo conocido, un vecino que vive aquí y su hija es la guardabosques, así que todo solucionado —respondo con cierto retintín.

Aunque no te lo creas, eso me tranquiliza. —Su voz suena triste y demasiado lejana, como si no fueran kilómetros lo que nos separara, sino algo más denso, algo vivo.

«Creo que he visto el fantasma de mi abuelo», estoy a punto de soltar en frío, pero ella añade:

Cuídate, ¿vale?

Y cuelga.

Vacío la taza de un trago y salgo afuera a por mis maletas, aunque no tengo muchas ganas de cambiarme por ahora. Lo mejor será conectar la luz y comprobar que la caldera funcione.

El cielo ahora es de un azul límpido con alguna nubecilla blanca en el horizonte.

Después de meses sin una gota de agua, ahora llevamos tres semanas sin tregua, con riadas y crecidas que han inundado pequeñas poblaciones por todo el litoral.

Por suerte, son pocos los que todavía residen por esas zonas y la mayoría de los desperfectos han sido mobiliario urbano y antiguos edificios vacíos.

Sin embargo, hoy promete un día espléndido, fresco y soleado como hacía años que no veía. Sería maravilloso que la lluvia regresara al anochecer.