Lo que no veo en el bosque Robleda, noche del 30 de octubre
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Robleda, noche del 30 de octubre

La vida zumba en la noche, se retuerce, caza y se alimenta.

La criatura se abre camino entre el espeso sotobosque, la niña se araña los brazos y las mejillas con las zarzas, la bestia avanza y ella grita, pide ayuda, apretándose con la mano allí donde la han dañado.

Siguen corriendo, una caza a la otra, una intenta huir de lo inevitable.

Los animales silencian su existir antes de que lleguen, las presienten antes de escucharlas, huelen el miedo y la violencia, el dolor y la sangre.

Bajo los robles, la lluvia llega amortiguada, pero la niebla es más densa, cuaja entre los troncos, borra los arbustos y las ramas atravesadas.

La niña se tropieza y la criatura se abalanza, ella logra arrastrarse bajo un enorme árbol caído y a medio absorber por el bosque.

Su chaqueta se rasga por detrás, el arañazo le marca de rojo la espalda, pero no llega a herirla.

Con las manos y la cara en el barro la niña sigue adelante y de un bote se alza para emprender de nuevo la carrera.

Tarde, ha perdido demasiado tiempo y la criatura la embiste, la arroja hacia delante, sale del bosque, el suelo es un mar de alquitrán y la luz estalla.

El coche patina, hace zigzag y a punto está de estamparse contra la roca, de sobrevolar el bosque antes de que la gravedad haga el resto, pero logra frenar, mucho más allá, lejos del lugar donde ha sucedido todo.

La mujer sale del automóvil, alumbra la noche con sol de día y tiembla empapada, de pavor y recuerdos. La bestia ha devorado a la niña y lleva lo que resta de vuelta a la robleda. La lluvia borra lo que ha sucedido: las huellas de las ruedas en el asfalto y la sangre del parachoques.

La vida del bosque espera a que pasen para regresar a sus quehaceres nocturnos, la mujer arranca el motor y huye de lo que cree que la persigue.

El coche sigue hacia el pueblo que hay arriba del todo, en la montaña, pero ella no es de fuera como otros, la mujer vuelve, como la niña, al lugar de donde vino.