Lo que no veo en el bosque Pico de Lobre, madrugada del 31 de octubre
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Pico de Lobre, madrugada del 31 de octubre

Cuando al fin llego, es un cartel blanco y fantasmal el que me lo indica.

«Pico de Lobre», reza, y el pueblo me da la bienvenida en silencio, con sus gentes entre sueños, las puertas bien trabadas, las ventanas cubiertas por los porticones y el humo de algunas chimeneas, que asciende en la oscuridad en sombras lechosas y trémulas.

La casa de mi abuelo no queda lejos, está al lado del sendero que lleva a los huertos.

Dejo atrás la carretera principal, la pequeña capilla y el viejo lavadero, y las luces alumbran la puerta alta de metal que cierra el terreno.

Bajo del coche sintiendo que llueve sobre mojado y atino lo más rápido posible la llave en el bombín.

La puerta deja escapar un quejido, que me suena a saludo.

Con ayuda de dos piedras fijo las hojas de metal para que el viento no las vuelva a cerrar y conduzco el vehículo hasta que queda bajo el tejadillo, que se mantiene a duras penas, junto a la casa, con la leña seca y bien cubierta al fondo del todo.

Corro de nuevo bajo la lluvia para cerrar las puertas y después saco la llave grande y pesada que abre la principal, la de la casa, una pesada losa de madera de roble con la pintura verde cascarillada; un trasto de otro tiempo.

Una vaharada de naftalina me sacude las fosas nasales antes de dar siquiera un paso al interior.

Todo huele a viejo y a polvo, pero al menos no a humedad.

Pruebo los interruptores y, como imaginaba, la electricidad no está conectada. Busco en la mesilla del recibidor. Velas y cerillas, todo un clásico. Encajo una nueva en un portavelas de latón que recuerdo siempre ahí, desde niña, junto al teléfono de línea fija.

Antes de subir a la segunda planta, alumbro el salón comedor, el mismo lugar que sirve de cocina y donde está la chimenea.

Dejamos de venir aquí mucho antes del incidente.

Decían ver a mi abuelo tras su muerte, en la casa y en el huerto.

Mi madre también se encontró con él un par de veces y eso hizo que le entrara miedo.

Yo quería volver, recorrer las calles que disfrutaba en la niñez, pero la casa se convirtió en tabú y cuando empecé a salir con Marla e intenté hacerla subir hasta aquí ya era demasiado tarde.

El terror a la naturaleza se había instalado en la gente y los pueblos se vaciaron, excepto por aquellos que se negaban a abandonar sus hogares o quienes, por los estándares dictados, no tenían lugar en las ciudades.

El crujido de las escaleras me sigue hasta la segunda planta.

Entro en la habitación principal, donde todo sigue igual: la cama de matrimonio y su cobertor de flores doradas, el gran tocador de madera con los frasquitos de perfume que fueron de mi abuela, el arcón que no me dejaban abrir de niña, aunque solo contenía mantas y sábanas bordadas, y el gran armario con la ropa vieja que usábamos aquí.

Ambas puertas me abrazan con el tintineo de los cinturones contra el espejo interior.

El ruido me provoca un temor infantil y miro alrededor para asegurarme de que estoy sola.

Encuentro unos tejanos viejos de mamá, de los que utilizaba cuando ayudaba en el campo, y una camisa de franela del abuelo.

Junto a una camiseta térmica un poco apolillada y unos calcetines un par de tallas más grandes, el calor regresa y vuelvo a sentirme las extremidades.

Abandono en el bidet del baño la ropa empapada y, con las viejas botas de montaña de mamá, bajo de nuevo para encender el fuego y caldear un poco la casa.

Hay leña apilada justo al lado, y ramitas y papel de diario viejo en una cesta.

Hace décadas que no enciendo una chimenea, espero que sea como montar en bici y solo me lleve un par de decepciones antes de que arda.

El fuego prende y devora las ramitas secas, las noticias antiguas y la emprende con el leño. Tomo asiento en el largo y ancho banco de madera que nos hacía de sillas y sofá al mismo tiempo. Me hago con unos cuantos cojines y una manta y me estiro allí mismo, como hacía mi abuelo tras la comida.

Nunca entendí por qué la gente tenía miedo a sus apariciones, es una de las personas más nobles que he conocido. Sin embargo, la palabra fantasma siempre atemoriza, sin importar de quién sea, como si la memoria de alguien bueno pudiera devenir fatídica solo por presentarse tras la muerte.

Cierro los ojos y me dejo mecer por el chisporroteo del fuego y la lluvia, que repiquetea sobre las tejas y las piedras encharcadas del camino, sobre la puerta de metal y aquello que observa en la oscuridad.