Lo que no veo en el bosque
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Carretera de montaña, noche del 30 de octubre del 2022
Frente a mí solo existen las líneas blancas y la lluvia en un océano de oscuridad. La noche cerrada cae a plomo sobre la carretera, sin luna y con una atmósfera densa de nubes de tormenta. No existe nada más allá de lo que alumbran las antiniebla del coche.
La lluvia repiquetea sobre el chasis, acallando cualquier otro sonido. Podría poner la radio, pero hace tiempo que me agotan los típicos temazos de temporada o los hilos musicales, siempre las mismas canciones.
El coche no es mío, como tampoco el móvil, ambos son cacharros antiguos que se pueden alquilar para hacer turismo más allá de la ciudad, fuera de la esfera estacionaria.
Somos pocos los que nos aventuramos a viajar en solitario; sin embargo, todavía existen empresas que prestan estos servicios y, por las pintas que tenía el local, no me extrañaría que sus clientes habituales buscasen facilidades a la hora de hacer ciertos trapicheos fuera de los controles de ciudadanía.
Pese al escaso tráfico, las carreteras se mantienen en perfecto estado para los tráileres de suministros y los convoyes turísticos.
Lo intentaron por aire, pero resultó más caro en demasiados sentidos.
Se perdieron tantas personas allí arriba…
Y las reservas apenas llegaban a la ciudad.
No, es mucho mejor por tierra, donde puedes controlar qué llega y por qué dirección.
Las largas atraviesan la niebla y el agua, forman un camino de líneas blancas entrecortadas en un mar vibrante, aceitoso y negro.
Aunque no pueda verlos, sé que a los lados hay bosque y roca, la ladera de una montaña y viejos robles, recobrados tras la transición.
Viejos porque son recuperados de cepas antiguas, no por su edad…
Es curioso pensar que este bosque no tiene ni diez años, ahora la naturaleza está desbocada y la vegetación crece a un ritmo alarmante.
El cambio ha salvado el planeta y para ello nos ha arrinconado a nosotros, eliminándonos en masa.
Llego a la zona de curvas, que se suceden una a otra, ascendiendo hacia mi destino. La bruma allí es más densa, o tal vez sean las propias nubes. La tormenta arrecia y el pequeño círculo de luz se limita todavía más. Las tripas se me retuercen por la tensión.
Recuerdo sus palabras, sus acusaciones. Que la dejaba sola, que qué mierdas iba a hacer yo ahí, en esa casa vieja y abandonada, que para qué me iba ahora.
Y lo mismo me pregunto yo, si este viaje al pasado va a servir de algo o solo es otra manera de alargar lo inevitable, de no enfrentarme a la realidad de que mi vida no me satisface; que ella sigue siendo la misma, mientras que yo he cambiado.
A veces pienso que no somos nosotras, que es el puto mundo, esa autoridad pasivo-agresiva de la gente que te dice qué has de hacer, cómo has de ser y, al final, incluso el más rebelde acaba por someterse, de una manera u otra.
Piso, trabajo que pague las facturas, deuda vitalicia que saldar por respirar y una imagen que te posicione mínimo en un siete porque más abajo ya no existes, ya no tienes puesto ni dónde vivir.
Seamos sinceras, si no te ven bien, no creen en ti y sin confianza no es posible nada, ¿no?
Así que todos mentimos y, sabiendo eso, firmamos un contrato no escrito.
¿Y los que no pasan el corte? Bueno, viven fuera de la ciudad o conducen los camiones de suministro o…
El golpe me pilla desprevenida. Las ruedas derrapan en la lluvia y trato de controlar el viraje para no caer montaña abajo, hacerme papilla contra las rocas.
La lluvia se convierte en líneas albas que cruzan el horizonte.
Rechino los dientes y piso el freno con fuerza.
La luz incide en la oscuridad, noche, bosque, noche, roca, noche…
No estoy muy segura de cuánto avanzo intentando controlar el coche cuando por fin logro detenerlo, a ras del precipicio que se abre a mi derecha.
Me masajeo el cuello y el hombro; el tirón me ha dejado dolorida. Desengancho el cinturón de seguridad y abro la puerta. La lluvia cae en manto incesante y solo con asomarme acabo empapada hasta los huesos.
Escudriño la oscuridad hacia el lugar de donde vengo, pero no veo nada. Vuelvo a asomarme al interior, con las rodillas sobre el asiento, y busco en la guantera la luz de emergencia. Y ahí está, con la función de foco solar incluida.
Con la lluvia golpeándome, despiadada, doy unos pasos que me alejan del coche. Alumbro la carretera. El haz es potente y su resplandor crea un abanico que ignora las inclemencias del tiempo. Así que el problema no es la oscuridad, sino que no sé cuánto he avanzado hasta poder detenerme.
Camino un poco más, pese a que no es seguro.
«¡¿Estás loca?! ¿Tú sola por esa carretera?
Eloise, ¡es un suicidio!». Ya, bien, quizá Marla tenía razón.
De hecho, todo podría haber terminado hace unos segundos, porque ¿en qué momento he dejado de fijarme en la carretera?
He desconectado, de eso estoy segura. Amodorrada por el repiqueteo y el calor del habitáculo, el cansancio de tanto tiempo sin dormir bien…
El viento barre mis pensamientos y me recoloca de nuevo en la realidad: esa ducha de agua fría, los árboles que aúllan a mi izquierda, la veta gris y afilada a la derecha. Alumbro más allá, a la negrura y las líneas blancas, y solo veo agua y niebla.
«Ha podido ser una roca en medio del camino o un animal», me digo a mí misma para tranquilizarme.
Pero el pensamiento latente me retuerce de nuevo las tripas y provoca que acelere el paso, de regreso al coche, al tiempo que se me acelera el corazón.
El monte no es seguro, la naturaleza tiene hambre.
Recuerdo las lecciones, las clases de reacondicionamiento que nos impartieron cuando todo sucedió.
Ahora está bajo control, pero entonces era cuestión de supervivencia.
Entro al vehículo sin pensar en lo mojada que voy. ¡Ya se secará! De hecho, cierro las puertas desde dentro, solo por si acaso, y arranco de inmediato, con la luz de emergencia en el asiento del copiloto y sin ponerme el cinturón.
El pálpito. La angustia. La clara sensación de que algo me observa queda atrás según avanzo.
El peligro sigue ahí, retorciéndome por dentro, el recuerdo de que no puedes fiarte de nada…
Me abrocho el cinturón y acaricio el primer tramo de la cicatriz que me recorre desde el ombligo hasta el pecho.
Me la podrían haber borrado, pero eso solo habría aumentado los años a una condena que ya suma más de los que llegaré a vivir nunca.
Un escalofrío me trepa por la columna y subo la calefacción. El agua me resbala por el flequillo y se mezcla con las lágrimas que no he querido contener. Porque no estoy en la ciudad, ahora no, y da igual lo que piensen los demás. Estoy rota. ¡Sí, joder! ¡¿Y qué?!