Lo que no se ve Alquimia. Transformar el dolor en propósito
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Alquimia. Transformar el dolor en propósito

ALQUIMIA transformar el dolor en propósito

Julieta y Ángela acaban de salir por la puerta, aún vibrando de emoción por el éxito de la exposición.

Han sido mis compañeras hasta el último momento, sus sonrisas reflejan la fuerza y la complicidad con las que compartimos este viaje.

Mis padres, mi hermano y Lucas y Chloe también se han ido con ellas.

Hay algo en la mirada de mi padre, un brillo sutil, como si, por fin, algo de mi mensaje hubiera llegado a su corazón.

Sé que él, como yo, también ha tenido que construir muros para sobrevivir.

Después de mucho trabajo personal, hoy puedo verle.

Me siento más cerca de él y constato que nuestra relación ha cambiado.

Veo el orgullo y el reconocimiento en sus ojos.

Encontrar mi voz y entregarme a ella ha sido como abrir la puerta a una libertad profunda y desconocida que me ha regalado una creatividad sin límites.

Hoy, al ver mi metamorfosis reflejada con tanta belleza, no puedo sentir más que orgullo y gratitud.

Cada fase del duelo, guiado por la energía de las diosas, está ahora expuesto en las paredes del palacio Martorell.

Los ecos de las risas y las conversaciones se desvanecen mientras me quedo sola, sumida en la quietud que sigue a la tormenta de emociones, dispuesta a saborear con hondura este momento.

Miro fugazmente el reloj de la entrada. Es la una de la madrugada. Alzo la vista hacia la vidriera que preside el techo y admiro cómo la luz de la luna se filtra a través de los cristales de color rojo y amarillo, proyectando sombras suaves sobre las obras de arte que adornan los laterales.

Me sirvo la última copa de champán de una botella olvidada en una de las mesas.

Las burbujas suben con suavidad mientras mis ojos recorren cada uno de los cuadros.

Estos lienzos son los testigos de la transformación que he vivido.

Cada trazo, cada color, cada emoción plasmada sobre la tela, cada una de las diosas, son la representación de mi viaje más profundo.

Pinté con furia, con verdad y con una intensidad que no conocía, guiada solo por el deseo urgente de expresar lo que no podría hacer con palabras.

En ellos solté todo lo que había guardado durante mi noche oscura.

La pintura ha sido mi medicina y mi mejor terapia.

Me acerco al primero de los cuadros con la copa en la mano.

Lo miro despacio, como si lo viera por primera vez.

Es extraño enfrentarte a tu propio dolor colgado en una pared, ordenado, enmarcado, iluminado con focos.

Esta tarde había cientos de personas delante de él, muchas de ellas llorando, y yo tenía que mantenerme entera, dar las gracias, decir las palabras correctas.

Ahora que no queda nadie, me permito lo que no he podido hacer durante la noche: ponerme a dos palmos del lienzo y dejar que me afecte.

Reconozco el trazo de aquella mañana de abril en la que lloré mientras pintaba y pensé que no iba a poder levantarme.

Y, sin embargo, aquí estoy. De pie. Con champán.

Los pies me duelen y el vestido tiene una pequeña mancha que no recuerdo cómo me la hice.

Me río sola. Es un detalle absurdo y, por algún motivo, perfecto.

En mi mano, el cheque de Amador brilla ligeramente.

Lo miro con una mezcla de excitación e incredulidad.

Me lo entregó antes de marcharse, entre aplausos y felicitaciones, asegurándome que mi trabajo no solo había sido un éxito rotundo, sino una verdadera revelación con proyección internacional.

La crítica ha sido unánime y los medios también se han hecho eco.

Sorbo mi copa de champán y cierro los ojos para imprimir este momento en cada célula de mi cuerpo.

Darle un propósito a mi dolor y transformarlo en arte ha sido pura alquimia. ¿Cómo puedo expandir toda esta luz por el mundo? Esta pregunta late en mi interior mientras palpo de nuevo el cheque que tengo en el bolsillo.

Una parte de este dinero voy a donarlo a la fundación que apoya a las víctimas del abuso narcisista y que lucha activamente para que sea reconocido como delito penal. Es más necesario que nunca.

Yo soy una afortunada, porque mi historia tiene un final feliz, al menos de momento.

Nunca sabré la verdad sobre las grabaciones ni qué hizo con ellas.

Sin embargo, ya no le tengo miedo y no me quita la paz.

Pero no todas las historias son como la mía.

Muchas personas continúan atrapadas en el silencio del abuso narcisista y sufren en el anonimato.

Otras, lamentablemente, no lo pudieron contar.

Es fundamental dar voz a quienes no la tienen y crear conciencia sobre esta realidad tan dolorosa que no puede quedar impune.

En cuanto a Yago, no tengo dudas de su final.

No superó la prueba, y eso lo condena a seguir vagando en su propio infierno, metido en su furgoneta, arrastrando sus sombras por los siglos de los siglos.

La vida tiene sus formas de hacer justicia, aunque no siempre la veamos de inmediato.

Solo espero que a sus futuras víctimas —porque Yago y otros muchos como él andan sueltos— les llegue mi historia para poder contribuir, aunque sea un poco, a aliviar su dolor, su confusión, alumbrar su fuerza y, al menos, a ser parte de la solución a un problema que socialmente se hace cada vez más grande.

No, ellos no cambian nunca. Su única opción sería hacerse vulnerables, pero para ello tendrían que reconocer todo el sufrimiento y el dolor que han infligido en su vida. Dudo que pudieran soportarlo. Lo dejamos para otra encarnación.

Me pongo de pie con una mezcla de gratitud y resolución y me dirijo hacia la salida.

El silencio solo es interrumpido por el suave eco de mis pasos.

En el vestíbulo, una escultura moái brilla desde la penumbra.

Me detengo ante ella, cautivada por su equilibrio perfecto.

El vientre abultado, como el de una mujer embarazada, refleja la capacidad de crear vida.

La parte superior, con sus rasgos marcadamente masculinos, me habla de la fuerza, la protección, la dirección. Es la fusión de dos principios.

Leo el cartel explicativo: «Las esculturas moáis presentan una combinación de anatomía masculina y femenina. Son figuras andróginas. Para la cultura rapanui era muy importante el equilibrio entre lo femenino y lo masculino como acto creador. El equilibrio es origen».

Y lo entiendo. Todo lo vivido, todo lo roto, todo lo reconstruido me ha llevado ahí. He aprendido que lo importante no es competir, sino compartir, que el dolor no se reprime, sino que se transita, que la vulnerabilidad existe, pero la fuerza también es necesaria para volver a ponerte en pie.