Lo que no se ve Epílogo
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Epílogo

Son las tres de la mañana cuando llego a casa con esa necesidad de pintar que ya he sentido otras veces.

El último abrazo de mis hijos todavía me calienta cuando salgo a la calle. Paro un taxi y me hundo en el asiento trasero con los pies doliéndome dentro de los zapatos.

Barcelona de noche. Los semáforos, los bares aún abiertos, algún grupo de gente en una esquina. El taxista no dice nada y yo tampoco. Me dejo llevar.

En el cuerpo todavía vibra una energía, esa electricidad que deja la gente cuando se despide.

Las conversaciones, las copas, las felicitaciones, las manos que apretaron las mías.

Poco a poco, con cada manzana que dejamos atrás, el ruido se va apagando.

Para cuando llegamos a casa, ya solo queda silencio.

Subo las escaleras despacio y abro la puerta. El apartamento está exactamente como lo dejé: la taza del desayuno en el fregadero, la chaqueta en la silla, la luz del estudio encendida.

Me quedo un momento en el umbral. No sé cuánto.

Luego, dejo el bolso, me quito los zapatos de una vez y voy al estudio.

El silencio es mi único testigo. Me siento frente al lienzo en blanco, sin una idea clara de lo que va a surgir. Mis manos se mueven con armonía. Primero despacio, sin pensar. Luego, más rápido.

Trazo una línea vertical. Irregular y apenas visible. Pero no la tapo, no la corrijo. Solo la dejo estar.

Es mi cicatriz.

Ya no sangra. Ya no grita. Pero está ahí. Como toda la violencia que viví. Silenciosa. Invisible para los demás. Pero no para mí.

Entonces, sin añadir nada más, al pie del lienzo escribo: «Lo que no se ve».