Lo que no se ve Renacer. Reconstruirse desde las cenizas
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Renacer. Reconstruirse desde las cenizas

RENACER reconstruirse desde las cenizas

Pasaron varios meses hasta que mi sistema nervioso volvió a su lugar. El contacto cero fue difícil, pero también necesario y sanador.

Las sesiones de terapia cognitiva me ayudaron, pero no fueron suficientes.

Con el tiempo comprendí que el enganche no solo era mental, físico y emocional, sino también energético.

Durante la noche, él aparecía en mis sueños; me asaltaban pensamientos oscuros y podía sentir su presencia a pesar de la distancia.

Recurrí entonces a las limpiezas energéticas, que fueron fundamentales para soltar y sanar el trauma.

También pinté, pinté mucho. Tener un propósito fue mi terapia más poderosa. Necesitaba expresar lo que sentía para liberar todo lo vivido. Poco a poco empecé a sentirme mejor, tanto emocional como físicamente —el papiloma y otros síntomas desaparecieron— y fui recuperando la alegría de vivir.

Revisé qué parte de mí se había enganchado a Yago y entendí que la oscuridad siempre entra por las heridas. Eso no te hace culpable ni responsable; te hace vulnerable. Y todos lo somos, aunque nos cueste admitirlo. Vulnerabilidad no es debilidad; la verdadera fortaleza es poder sostenerlo.

Yago se acorazó para no sentir su propio dolor.

Yo, en cambio, me reconcilié con el mío.

La vulnerabilidad nos hace humanos. Todos estamos expuestos a ser heridos, maltratados o engañados, y todos también tenemos la capacidad de herir.

La diferencia está en qué hacemos con esa vulnerabilidad.

Abrazarla fue lo que me volvió más fuerte y libre. Esa fue mi mayor victoria.

Aprendí a no aferrarme a ninguna historia, persona o proyecto que amenazara mi libertad ni las reglas de cómo quería vivir.

Dejé atrás la idealización del amor romántico y empecé a construir relaciones horizontales basadas en el compartir y no en el sacrificio.

Dejé de complacer y empecé a priorizarme.

Recuperé mis valores esenciales y me prometí no volver a ignorarlos jamás.

Dejé de conceder segundas oportunidades bajo la idea de que me estaba precipitando.

Lo veía tan claro que ya no necesitaba quedarme para comprobar cómo acabaría la historia.

Y, sobre todo, volví a escuchar mi voz interior. Descubrí que mi cuerpo siempre decía la verdad. La intuición —ese lenguaje olvidado— me abrió puertas inimaginables, también en la pintura.

Me llevó un año empezar a destilar el aprendizaje de esta experiencia, y dos años consolidarlo.

Esa etapa fue una poda implacable, me deshojé y partes de mí murieron para siempre.

Sané mis raíces al ser capaz de reconocer los patrones familiares y culturales que me habían llevado a vivir situaciones de abuso.

Entendí que la fortaleza no se quiebra con la vulnerabilidad, sino todo lo contrario. Después de esta experiencia me convertí en ROCA, sí, pero para mí misma: capaz de no ceder ante la corriente y permanecer fiel a mis principios a pesar de los embates de la vida.

Ser ROCA no significa no sentir. No significa no temblar, no caer o no tener miedo.

Ser ROCA significa reconocer nuestras grietas y, aun así, permanecer en pie.

Significa dejar de luchar contra nuestras heridas y comprender que no son un signo de debilidad, sino el lugar exacto por donde entra la luz.

Hoy sé que la verdadera fuerza no consiste en evitar el dolor, sino en atravesarlo.

Porque hay heridas que no nos rompen. Hay heridas que nos revelan quiénes somos.

Gracias a todo el camino que recorrí —y en ningún caso a Yago—, esta experiencia activó mi potencial oculto. Fue pura metamorfosis. Yago fue solo un umbral más, y hoy escribo desde el otro lado.

Durante este viaje pinté incansablemente, plasmando cada parte del proceso y transformando mis heridas en creaciones. Sin buscarlo, cada paso me conectó con una diosa y, poco a poco, integré una parte de ellas en mí.

Durga, la guerrera que mata demonios, fue mi compañera durante la primera etapa del duelo, cuando mis miedos internos gritaban con fuerza e intentaban arrastrarme de vuelta a la oscuridad. Mi ego buenista se quebró bajo su influjo, y fue ella quien me devolvió mi poder.

Medusa me permitió encontrar paz en mi condición de víctima y liberarme de la culpa que durante tanto tiempo cargué.

Ella fue castigada por Atenea, que la transformó en un monstruo, después de ser violada por Poseidón.

Medusa personifica el dolor y la injusticia de ser acusada y cuestionada sistemáticamente por ser víctima de violencia, incluso por parte de otras mujeres.

Ella me recuerda que la culpa y la vergüenza deben cambiar de bando.

A Dhumavati la reconocí en el agotamiento de seguir luchando por algo que ya no existía.

En ese cansancio que yo confundía con debilidad, estaba ella.

Me enseñó que rendirse no siempre es perder; a veces, es la única salida honesta.

Con ella aprendí a soltar, una de las lecciones más valiosas de mi vida.

Lakshmi simboliza la abundancia que floreció en mí tras la devastación.

Apareció cuando vendí mi primer cuadro después de cortar con Yago.

Pero no fue solo por el dinero, sino porque ese cuadro fue el reflejo del valor que yo misma me daba sin necesidad de que nadie tuviera que confirmármelo.

La mayor lección que me dejó esta experiencia fue entender que mi verdadero valor y mis recursos siempre han estado dentro de mí.

El amor propio es la semilla de toda abundancia, y el mundo exterior no hace más que reflejar lo que cultivamos en nuestro interior.

Parvati simboliza el viaje completo de la mujer, desde el amor y la entrega hasta la capacidad de poner límites, luchar por sí misma y transformarse.

Y con ella también surgió Ardhanarishvara, una deidad andrógina cuya imagen es mitad Shiva, mitad Parvati en un mismo cuerpo.

No son dos seres unidos, son uno solo y simboliza que la plenitud surge cuando ambas energías están integradas.

Representa la armonía perfecta entre la fuerza y la sensibilidad, la capacidad de equilibrar ambos polos dentro de uno mismo sin que uno se imponga sobre el otro.

Su presencia me recuerda que el verdadero poder no radica en la dominación ni en la lucha, sino en el compartir, donde no hay jerarquías, solo un espacio de cooperación y respeto mutuo.

De forma gradual, las diosas comenzaron a iluminar el camino de regreso a casa.

El mayor acto de amor hacia mí misma fue comprometerme a ser fiel a mi verdad y a no abandonarme jamás. Me prometí priorizar mi bienestar por encima de todo. Aprendí a ponerme en primer lugar y a no tolerar más abusos. Me costó, pero ese fue mi camino y es así como descubrí mi poder.

Desde la experiencia entendí algo que tardé años en ver: vivimos alejadas de los dones que la energía femenina nos ofrece.

Y los hombres también sufren al negar su sensibilidad.

Reprimir la compasión, la ternura, el miedo o la inseguridad solo condena al dolor y al aislamiento.

Sin esas cualidades no puede haber vínculo real.

Hoy comprendo el verdadero simbolismo de las diosas.

No son figuras mitológicas, son representaciones de una sabiduría ancestral que nos recuerda el poder de la sensibilidad, la intuición y el mundo interior.

Lo femenino no es opuesto a lo masculino, es su complemento esencial.

El equilibrio llega cuando ambas energías se reconocen y dialogan dentro de cada uno de nosotros.

Pero ese encuentro todavía no ha ocurrido.

Y, mientras no ocurra, seguiremos repitiendo relaciones marcadas por el abuso y el control.

Lo sé porque lo viví. Esa experiencia me enseñó que la salida no es cerrar el corazón, sino reunir el valor necesario para volver a abrirlo.

Volver a confiar. Volver a exponerse a la posibilidad de que nos hagan daño. Esta vez, con mucha más sabiduría.