Capítulo XV
XV
La semana siguiente, Carla vuelve a contactarme.
Nuestra conversación la había ayudado a descubrir aspectos de Yago que desconocía, y a mí me había pasado lo mismo.
Ambas conseguimos llenar vacíos y resolver dudas que llevábamos tiempo arrastrando.
Carla había visto la violencia de Yago, pero no la magnitud de su maldad.
Esa fue la pieza que le faltaba para poder cerrar definitivamente esa historia.
La sororidad es, sin duda, una poderosa herramienta de sanación.
Al contemplar el cuadro de Perséfone, aún apoyado en el caballete, me atrae su presencia.
Me habla de algo profundo, algo que aún no comprendo del todo.
Porque de eso va la vida, ¿no? De muertes y renacimientos.
De bajar a los infiernos, enfrentarse a lo más oscuro de uno mismo y, si tienes suerte, resurgir con más fuerza.
Se trata de alquimia, de convertir tus heridas en algo hermoso, en amor hacia ti misma. Pero ¿cómo se hace eso?
Me siento en la butaca que hay junto a la ventana para buscar más información sobre Perséfone. El mismo mito que narra el conflicto tiene que contener también la clave para encontrar la solución.
Después de unos minutos, descubro algo fascinante: Deméter implora su ayuda a todos los dioses del Olimpo para rescatar a su hija, pero solo hay una deidad que decide intervenir: Hécate.
Ella, que habita en el umbral entre la luz y la oscuridad, la ayuda a escapar iluminando con su antorcha el negro camino y guiándola hacia la salida.
Instintivamente, necesito saber más sobre ella:
Hécate es la diosa de las encrucijadas, la luna, la noche y la mediumnidad.
En sus manos lleva una antorcha que no solo ilumina, sino que destruye las tinieblas con su fuego sagrado.
Ella te guía en los momentos de indecisión, cuando el camino se bifurca y el destino parece incierto.
Es la señora de la muerte y el renacimiento, la protectora de los partos, de los cruces de caminos y de los portales que conectan mundos.
Su número es el tres —como el mío—, y en su mano sostiene un cuchillo, símbolo de la valentía necesaria para cortar todo lo que no es esencial, y una llave, la que abre las puertas hacia lo transformador.
No conocía a esta diosa, pero al sumergirme en su historia siento una conexión profunda con ella.
Una oleada de energía pura recorre mi cuerpo.
Todo lo que Hécate representa, su poder, su luz y su sabiduría, se entrelaza con mi propia historia.
También con el dolor y la transformación que he vivido y sigo viviendo.
Automáticamente, mi mente viaja al recuerdo de la canalización de Ángela sobre la isla de Pascua.
Fue allí, en esa vida remota, donde nuestros destinos se cruzaron por primera vez, teniendo como resultado la muerte de Yago.
Él, arrastrado por la culpa, quedó vagando por las tinieblas, atrapado en su propio tormento.
Y en esta vida nuestros caminos se volvieron a cruzar para superar una prueba que, como sus guías habían predicho, no sería fácil.
Las palabras de Julieta sobre su carta natal también resuenan con una claridad abrumadora: «Estás en una encrucijada, una prueba de vida, y Catalina es la llave».
Es como si toda mi existencia hubiera sido dirigida hacia este momento. Recuerdo la pregunta que Yago me hizo el día que nos conocimos: «¿Qué significa tu nombre?».
Esa escena se dibuja ante mí como un flash vívido.
En aquel momento, yo no sabía nada de la diosa Hécate.
Solo sabía que llevaba su nombre, Catalina, sin sospechar todavía lo que significaba encarnarla.
Ahora, todo cobra sentido; no fue una casualidad.
Hécate siempre estuvo presente, guiándonos sin que lo supiéramos, desde el primer instante en la Casa del Libro hasta el último, en el umbral de la puerta de mi propia casa.
Con una urgencia que casi me asusta, cojo de nuevo el móvil para escuchar la grabación de Ángela.
Necesito volver a oír cada palabra. A medida que la grabación avanza, los conceptos se conectan rápidamente con claridad: tinieblas, oscuridad, encrucijada, prueba, llave, no va a ser fácil, elegir la luz…
Estas palabras retumban en mi cabeza, reescribiendo la historia que compartí con Yago y dándole un significado completamente nuevo.
Ahora, por fin, puedo entender el mensaje de Ángela.
Nuestros caminos se cruzaron con un propósito: ayudar a Yago a salir de la oscuridad de su corazón y guiarlo hacia la luz del amor, tal y como lo experimentamos juntos en la isla de Pascua.
Pero no era algo fácil de lograr, porque él provenía de un lugar extremadamente oscuro.
Cruzar ese umbral implicaba un desafío inmenso, trascender sus heridas, dejar de defenderse, dejar de atacar y renunciar a todo lo que hizo para evitar sentirse vulnerable.
Abrirse al amor es un acto de valentía radical, un salto sin garantías.
Y yo, de alguna manera, fui Hécate, su llave, como me había dicho Julieta.
Podía haber sido la luz que iluminara su corazón, pero él no quiso acompañarme en ese viaje.
Darme cuenta de esto me sume en una tristeza profunda.
El destino nos dio la oportunidad de estar juntos, pero él no cumplió con su parte.
Y, desde la oscuridad en la que se encontraba, habría acabado conmigo.
Saber que su falta de valentía y su sombra interior nos separaron para siempre todavía me duele.
Yago nunca estuvo preparado. En realidad, si lo pienso, nuestra relación estuvo herida de muerte desde el principio. Todas sus violencias, sus mentiras y sus infidelidades fueron su estrategia cobarde para evitar sentirse vulnerable.
Lamentablemente para Yago, la prueba de vida solo se presenta una vez, y él eligió la oscuridad.
A pesar de la ayuda que recibió, no pudo salir de ella.
Y ahora, al igual que su alma errante, vaga de un sitio a otro con su furgoneta, sin propósito ni amor.
Su vida es una constante huida. No hay buen final para un narcisista, siempre acaban destruyéndose a sí mismos.
Con la nueva luz que me ha traído la antorcha de Hécate, sé que la prueba no fue solo para Yago, también lo fue para mí.
Fue una prueba de vida, pero, en mi caso, ganó la luz.
Elegir la luz es un camino duro que sigue doliendo, porque exige que tus heridas se abran y sangren hasta que puedas sostenerlas. La oscuridad me habría destruido.
Una descarga de adrenalina recorre mi cuerpo.
Toda mi historia parece conectarme con Hécate, una diosa que, cuanto más conozco, más me fascina.
Ella es un símbolo de la feminidad empoderada, y algunos incluso aseguran que Auguste Bartholdi se inspiró en ella para crear la estatua de la Libertad en Nueva York. De repente, todo tiene sentido.
Siento mi piel erizada. Una certeza profunda me invade y las lágrimas empiezan a asomar. Sin pensarlo, me levanto de la silla con unas ganas arrolladoras de expresar lo que siento en este instante.
Hécate va cobrando vida a medida que muevo el pincel, y la energía que siento me impulsa a llenar el lienzo de colores rojos, rosas, azules y verdes.
Poco a poco emerge una poderosa figura femenina coronada por flores, altiva y llena de vida.
Su porte es elegante y digno, dulce y a la vez fuerte.
No es una representación clásica de la diosa, sino una versión moderna, vibrante, llena de color y feminidad.
Esta figura también soy yo: una nueva Catalina más luminosa, intuitiva, poderosa y sensible que quiere seguir llevando luz al mundo con su pintura.
Cuando finalmente termino de pintar, mi corazón late con fuerza al ver el resultado. Este cuadro es algo más que una obra de arte; es el símbolo de mi renacer. Representa el fin de la complacencia y el comienzo de mi amor propio.
Me recuerda que el verdadero poder personal reside en crear nuestras propias reglas y abrazar nuestra vulnerabilidad con valentía. Es una verdad simple pero poderosa. Es el reflejo de mi libertad.