Capítulo XIV
XIV
Lo único que me ayuda a no romper el contacto cero es centrarme en el día a día. Cada mañana me levanto con un solo pensamiento: hoy no le voy a escribir. Es lo único que me da la fuerza que necesito.
Volcarme en los mellizos se ha convertido en mi refugio. Les he explicado que no volveremos a ver a Yago, pero sin entrar en detalles. Que ellos lo sepan me hace más fuerte para no volver a caer; a mí misma podría fallarme, pero a ellos nunca.
Es Lucas quien lo pregunta, un martes por la noche, mientras los ayudo a ponerse el pijama.
—Mami, ¿Yago ya no vendrá más?
Me tomo un segundo. Solo uno.
—No, cariño. Yago y yo ya no somos amigos.
—¿Por qué?
—Porque he visto cosas de él que no me han gustado.
Lucas me mira con esa seriedad suya que siempre me descoloca.
—¿Estás triste?
—Un poco. Pero estoy bien.
—Yo también estoy un poco triste —reconoce—. Me prometió que íbamos a hacer un pícnic en la montaña.
No sé qué decir. Le abrazo fuerte y él me lo permite durante exactamente tres segundos, que es lo que dura su paciencia con los abrazos. Chloe corre a ocupar con un abrazo de los suyos el espacio libre que deja su hermanito.
—Ya haremos nosotros el pícnic —les prometo.
—¿En la montaña? —pregunta Chloe.
—En la montaña.
Se meten en la cama, satisfechos. Yo cierro la puerta y me quedo un momento en el pasillo, con la espalda contra la pared.
Yago no me hizo daño solo a mí. Llegó hasta aquí, hasta esta conversación, hasta la decepción tranquila de unos niños de seis años que esperaban un pícnic.
Eso también es violencia, solo que no se ve.
El sábado por la noche, mientras me sirvo una copa de vino y me dejo arrastrar por el flujo infinito de Instagram, veo que alguien ha comentado el post del cuadro de Kali que publiqué unos días antes.
Me alegro de que Kali te ayudara a liberarte. La luz siempre gana
Dejo la copa de vino sobre la mesa y releo la frase, intentando captar cada palabra.
Algo en ella me atrapa, aunque no sé por qué.
No habla del cuadro, sino de mí. Es como si me conociera, como si supiera lo que estoy viviendo.
No reconozco la cuenta, así que entro en su perfil en busca de alguna pista.
La foto es un paisaje y la cuenta es privada. Solo puedo leer su nombre: Carla.
Automáticamente, el corazón me da un vuelco.
¿Y si…? No, no puede ser. ¿O sí? ¿Y si fuera Carla, la ex de Yago?
No, no tiene sentido. Hay millones de Carlas en el mundo.
Además, ¿por qué iba a escribirme? ¿Cómo sabría quién soy?
Nunca hemos hablado. Dudo incluso que sepa que existo. ¿Cómo habría llegado hasta mí?
Una mezcla de curiosidad y desconfianza me invade, aunque me convenzo de que quizá estoy exagerando. Tal vez solo esté distorsionando un comentario inocente… Pensar que pueda ser ella me perturba demasiado, pero necesito saberlo. Voy a esperar a mañana para decidir qué hacer.
A la mañana siguiente, aún en pijama, me siento en el sofá con una taza de café recién hecho y las ideas más claras. Tras unos segundos de duda, me dispongo a escribirle:
Gracias, Carla. Creo que no te conozco, pero tu comentario me ha intrigado. ¿Por casualidad tú alguna vez has necesitado la energía de Kali para liberarte?
Su respuesta tan solo tarda unos minutos en llegar:
Hola, Catalina. Sí, soy la ex de Yago. Una amiga me avisó de que él había subido una foto a redes en mi cala favorita; yo se la enseñé.
Al ver tu comentario, entramos en tu perfil y vi que también habías subido una foto allí.
Así supe que estabais juntos. Quise advertirte sobre Yago, pero sabía que no me habrías creído.
O que él te habría dicho que estoy loca. Lo siento
El corazón casi se me sale del pecho al leer su respuesta. ¡No puedo creer que sea ella! Hay tantas preguntas que me gustaría hacerle…
Gracias por escribirme, Carla. En cuanto leí tu comentario, sentí que podías ser tú. Siempre imaginé que te debió hacer mucho daño…
Me sentía mal por no avisarte, pero no sabía cómo hacerlo. Llevo dos años en terapia y cada vez soy más fuerte, aunque aún hay momentos en los que todo me ahoga… Cuando vi tu post, me sentí tan identificada que respondí impulsivamente
No te preocupes, entiendo perfectamente por qué no lo hiciste. ¿Te gustaría que habláramos por teléfono?
Sé que tenemos muchas cosas que decirnos. Carla duda, pero accede. Le doy el último sorbo al café antes de dejarlo encima de la mesita y marco el número de teléfono que me ha indicado. Estoy nerviosa.
—Hola, Catalina —escucho al otro lado del aparato.
—Hola, Carla. Qué raro me parece estar hablando contigo…
—A mí también. Llevaba tiempo entrando en tu perfil para saber si seguías con él. No sabía cómo avisarte de cómo es Yago en realidad.
—Seguramente no te hubiera creído —reconozco—. Me tenía completamente engañada, supongo que como a todo el mundo.
—Su familia sí sabe cómo es. A la pobre madre la tenía martirizada. Debió respirar tranquila cuando por fin se fue de casa hace un año.
—¿Vivía con sus padres hace un año? —pregunto sorprendida—. Yo pensaba que antes de la furgo vivía en su piso de soltero… Y luego iba criticando a Sebas, ¡qué fuerte!
—No sé de dónde salió ese piso. Yo solo estuve una vez, cuando volvimos después de que rompiera con Beatriz.
—¿Volviste con él después de estar con Beatriz? —Estoy cada vez más descolocada.
—Sí, me llamó diciendo que habían roto porque se había dado cuenta de que quería estar conmigo. Me invitó a su casa y yo, como todavía estaba enamorada de él, accedí.
¡Vaya! Yago siempre me dijo que Beatriz había sido su última pareja, pero también me engañó con eso.
De pronto, más piezas del pasado empiezan a encajar de forma casi automática.
Recuerdo con nitidez el fin de semana de la discusión con Beatriz: ella se fue de escalada con unos amigos y lo acusó de haberle sido infiel.
—Carla, Yago me contó lo de ese fin de semana. No lo habían dejado, solo discutieron y él la echó de casa, pero luego volvió. Él me lo contó porque la acusó de infiel, pero ahora veo que el infiel fue él. Contigo, claro. Te utilizó para castigarla.
—¡Mierda! Pues él me juró que habían roto, pero ahora entiendo por qué al día siguiente me echó del piso apresuradamente. Me contó una historia sobre que unos inquilinos venían a verlo o algo así, pero debía ser mentira.
—No eran inquilinos, era Beatriz la que volvía.
—Joder, sabía que era retorcido, pero no infiel —dice con pesar.
—¿Nunca le pillaste poniéndote los cuernos?
—No… —afirma extrañada.
—Piensa en todas las veces que te acusó a ti de hacerlo y sabrás el momento exacto en el que ocurrió.
—¡Pero si eso lo hacía todo el rato! —exclama—. Era superceloso. La última discusión fue por este motivo. Me echó de la furgoneta a las tres de la mañana en medio de la montaña. Estaba lloviendo y me tuvo fuera dos horas. Ese día decidí dejarlo para siempre y empecé con la terapia.
Automáticamente, sus palabras me llevan a recordar nuestra discusión de madrugada en Lanzarote por el electricista.
—¿Cuándo lo dejaste con él definitivamente? —pregunto.
—En marzo del año pasado.
—Qué cabrón… Yo lo conocí en abril y me dijo que llevaba soltero casi un año —exclamo caminando de un lado a otro del salón.
—Es tan embustero… Ojalá me deje en paz para siempre. La última vez que me contactó, le dejé muy claro que no quería saber nada de él.
—¿Cuándo fue eso? —pregunto buscando confirmación de lo que ya sé.
—Más o menos en febrero de este año. Me dijo que se iba a Canarias y me invitaba a ir a verle.
—¡Qué capullo! Todavía estaba conmigo. —Siento una rabia inmensa, mezclada con el alivio de confirmar mis sospechas—. Carla, y por curiosidad, ¿tú le llamaste en enero para devolverle sus cosas?
—No, yo lo tengo bloqueado. Me llamó él desde un número que no tenía grabado, pero no lo cogí. Luego me envió un mensaje para decirme que había dejado el trabajo y que este era su número nuevo. Nunca le contesté.
Una vez más, se burló de mí. Me manipuló triangulándome con Carla para provocarme celos y después se colgó la medalla de buen novio al jurar que no la vería. Todo ocurrió, además, el día antes de presentarle a mis padres. La rabia y el asco me invaden por dentro.
—Esa cala a la que te llevó —sigue Carla, que parece estar destapando una herida que necesita aire— era mi refugio. Un lugar sagrado. Yo se la enseñé, y todavía no he superado que te llevara allí. No tiene escrúpulos.
Siento un escalofrío. Quiero pedirle perdón, pero insiste en que no es mi culpa. Aun así, lo siento. A mí me llevó varias veces y sé que a Beatriz también.
—Son depredadores. Lo peor es que sigue ahí fuera, haciendo daño a otras mujeres sin consecuencias —le digo con preocupación.
—Pobre la chica con la que esté ahora. Con su encanto y su cara de no haber roto un plato, para él es fácil atrapar a nuevas víctimas.
—Ah, por cierto, hay algo más que quiero preguntarte —digo antes de colgar—. ¿Sabes si lo de la vasectomía es cierto?
—Sí, eso sí es verdad, porque estaba conmigo cuando se la hizo.
—¿Estás segura? —insisto, convencida de que tengo razón.
—Sí, claro, yo le hice las curas del postoperatorio.
—Vale, se hizo la operación, pero ¿le acompañaste? ¿Hablaste con algún médico? ¿Viste algún informe? ¿Puedes estar segura de que era para hacerse la vasectomía o podría haber sido por otra cosa?
—No, eso no… Le dije que le acompañaba, pero se negó. Fue solo.
—O sea que no puedes saber con certeza si la intervención era para hacerse la vasectomía o era para otra cosa, ¿no?
—Pues no —reconoce.
—Vale, es que es mentira, Carla —le digo absolutamente convencida.
—¡Joder! Pues, ahora que lo dices, a mí también me extrañó que justo después insistiera tanto en que tomara la píldora. No le gustaba el preservativo y, con el miedo que tenía con dejar embarazada a alguien, decía que no se fiaba. Pero me negué.
—Todo cuadra, entonces. No era una vasectomía, sería otra cosa que no nos quiso decir para no poner en duda su masculinidad. Y, además, le iba de perlas como coartada para poder tener relaciones libremente.
—Pero ¿no utilizabais protección? Porque era superparanoico…
—Al principio sí, pero luego se le pasó la paranoia de repente. Eso es lo que me hace sospechar de sus peores intenciones…
—Parece que me estés hablando de otra persona, Catalina. No me lo puedo creer. Es como si Yago tuviera varias personalidades. Está loco y me da miedo. Yo, hoy en día, no sé con quién he estado…
—Yo tampoco lo sé, pero no acabará bien, Carla. Está jugando con fuego.
Antes de colgar, necesito hacerle una última pregunta:
—¿Alguna vez viste que Yago te grabara en vídeo? ¿Sabes si esto le gustaba?
—No, nunca vi nada raro ni me comentó nada al respecto. ¿Por qué?
—Por nada. Solo por curiosidad —respondo. No quiero entrar en detalles para no alarmarla más de la cuenta.
—Cata, gracias por este rato. Me ha servido mucho hablar contigo. Es como si hubieras abierto la caja de Pandora.
—Igualmente, Carla. Me has ayudado a completar más piezas del rompecabezas. Ha sido una conversación muy sanadora.
Carla y yo nos despedimos agradecidas, con la intención de seguir en contacto. Hablar con ella me hace bien, nos entendemos de una manera que nadie más podría.
Me quedo reflexionando sobre lo último que ha dicho: Pandora.
La mujer que, desobedeciendo las normas, abrió la caja que contenía todos los males del mundo, ocultos hasta entonces.
Es como si, juntas, hubiéramos destapado también la cara oculta de Yago, revelando todas las falsedades y mentiras que llevaba dentro.
Como en otras ocasiones, me levanto del sofá con esa sensación urgente de pintar. Quiero pintar a Pandora, la mujer desobediente y libre de ataduras que rompe el mandato establecido. El mito me gusta porque nos recuerda que, en medio del caos, siempre hay esperanza. Siempre hay luz en la oscuridad.