Lo que no se ve Capítulo XIII
95%

Capítulo XIII

XIII

Después de tres semanas de interminable espera, por fin tengo los resultados de las pruebas. Aunque he querido confiar, la incertidumbre me ha acompañado día y noche. Lola me ofrece la posibilidad de decírmelos por teléfono, pero prefiero ir en persona.

Cuando entro en la consulta, mi ginecóloga me recibe con su amabilidad habitual. Sobre su escritorio hay un sobre blanco, inofensivo en apariencia, pero que siento como una amenaza. Ella lo abre con calma y despliega los papeles frente a mí.

—Catalina, está todo bien… menos una cosa —dice con suavidad.

Mi estómago se contrae. Ella alza la mirada y prosigue:

—Tal y como sospechábamos, el resultado confirma la presencia del virus del papiloma. No es de los dos tipos más agresivos, pero sí es de alto riesgo. No te preocupes, con un buen seguimiento estarás bien.

Sus palabras suenan lejanas, como si llegaran a través de un túnel. Un frío punzante me recorre el cuerpo. Siento asco, rabia y una invasión profunda.

—Joder… —murmuro.

—Lo siento, Catalina, pero escucha: la buena noticia es que todo lo demás está bien. Tus análisis son correctos y estás sana.

—No puede ser… —digo, con la voz quebrada—. Esta pesadilla sigue a pesar de que él ya no esté. Es como si no pudiera pasar página.

Lola se levanta de su silla y se sienta a mi lado.

—Sé cómo te sientes. Este hombre te ha expuesto enormemente. Lo siento mucho.

—Gracias, pero no quiero esto en mi cuerpo. ¿Qué tengo que hacer?

—Lo primero, estar tranquila. Vamos a esperar a que tu organismo lo elimine por sí solo. Te recetaré unos probióticos para ayudarlo y además debes alimentarte bien.

—¿Eso es todo? ¿No se puede hacer nada más?

—De momento, no. Tendremos que esperar. Y lo iremos controlando para ver cómo evoluciona. En última instancia, tendríamos que operar. Pero ahora no te preocupes por eso, todo saldrá bien.

—Eso espero, porque solo me faltaba esto… —suspiro.

—No he dejado de pensar en lo que me dijiste la última vez —continúa la doctora—. Lo he comentado con el equipo y también he estado investigando. Creo que necesitamos reformular un poco los protocolos.

Celebro que lo que me ha pasado sirva para algo y le agradezco profundamente a Lola su honestidad y su escucha. Y, aunque intenta tranquilizarme con el diagnóstico, no puedo evitar salir de la consulta todavía asustada por la noticia.

Al llegar a casa, lo único que deseo es llenar la bañera, poner música suave y llorar.

Siento que vuelvo a romperme. Cada oleada de tristeza y angustia es tan intensa como liberadora; este proceso es como un parto.

Siento que nada volverá a ser igual jamás, y me pregunto cuánto tiempo necesitaré hasta que desaparezca la sensación de que me han violado el alma.

Lloro dentro de la bañera con el agua ya fría. Hay un tipo de dolor que no se parece a nada anterior. No es tristeza, sino la sensación de que algo en ti ha muerto y no va a volver.

De nuevo, necesito urgentemente pintar para dejar salir todo lo que bulle en mi interior. Salgo de la bañera rápidamente con una imagen fija que no me abandona. Me pongo el albornoz, me seco apresuradamente, me pongo el peto y la camiseta que tengo reservada para pintar y subo al estudio.

Cojo el lienzo en blanco e, igual que hice con Kali, empiezo a pintar siguiendo el movimiento natural de mis manos.

Sin pensar. Solo me dejo llevar por lo que mi cuerpo quiere expresar.

Primero lo hago directamente sobre el lienzo, con mis manos embadurnadas de pintura negra, y disfruto de su tacto deslizándose entre los dedos.

Luego, tomo la espátula y me coloco a cierta distancia, buscando sentir qué me pide el cuadro.

No me detengo entre un trazo y otro, solo dejo que el impulso de mi mano me guíe, aunque no tengo ni idea de lo que estoy haciendo.

La música me ayuda a sumergirme aún más en este trance artístico donde la creatividad fluye sin esfuerzo, hasta que la energía parece agotarse.

Tres horas paro y observo el cuadro: Perséfone emergiendo del inframundo. La imagen es tan clara, que no puedo evitar sentirme reflejada.

En mi afán de entender, busco en Google el nombre de Perséfone, ansiosa por encontrar más referencias al mito:

El viaje de Perséfone simboliza el viaje de la heroína que atraviesa la noche oscura del alma.

Simboliza el proceso de dejar de ser una niña obediente y complaciente para transformarse en una mujer que reclama su propio poder.

En la oscuridad, ella renace, porque es en la sombra donde realmente reside nuestro poder.

¿Y si todo esto fuera verdad? No sé qué hay al final del túnel, pero la historia de Perséfone me resuena por dentro.

Es como una pequeña luz que me impulsa a confiar en el proceso de muerte y renacimiento en el que estoy inmersa.

Ya de madrugada, me meto en la cama queriendo confiar en que de todo esto saldré más fuerte, aunque ahora mismo me resulte casi imposible verlo.