Lo que no se ve Capítulo XII
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Capítulo XII

XII

Las sesiones con Mireia y mis maratones de pintura se han convertido en mi refugio para sostener el contacto cero.

También me sumerjo en libros que me ayuden a entender.

Me he obsesionado con el concepto de la maldad: cómo puede estar tan oculta y, aun así, ser tan ignorada pese al daño que provoca.

Necesito que Mireia me ayude a comprender su origen.

—Cada caso es único —me explica—, pero en el de Yago, criado en una infancia abusiva con un padre narcisista, es probable que interiorizara que solo el más fuerte sobrevive.

Para protegerse, se desconectó de la empatía, de la compasión y del amor, porque amar implicaba vulnerabilidad y eso era demasiado arriesgado para alguien que creció en guerra.

Es así como empezó a moverse desde el poder.

Y, cuando el amor se sustituye por poder, muchos acaban haciendo daño, incluso destruyendo, a quienes dicen amar.

—Ya, pero no todas las personas heridas eligen la maldad.

—No; como bien intuyes, la maldad es una elección.

Una decisión fácil, y también cobarde. Apostar por la vida, cuando has sido herido, es un acto de valentía.

Por eso quien elige la destrucción lo hace, en el fondo, por debilidad.

Es una forma de ponerse por encima de los demás para no sentirse vulnerable, eso es lo que hace el poder.

Esa idea tiene mucho sentido.

—Entonces ¿las personas empáticas estamos más expuestas?

—Depende; en general, cuanto más sientes, más vulnerable eres al abuso emocional, pero también tienes más capacidad de amar. El problema no es ni la empatía ni las emociones, sino la dificultad para darte cuenta del mecanismo de abuso y poner límites a tiempo.

—Para mí fue agotador, porque yo no solo sentía mi dolor, sino también el de él. Y era todo tan intenso que me sobrepasaba.

—Seguramente, cada discusión te drenaba tanto que hacías lo que fuera por evitar el conflicto. Y ahí es cuando ganan poder sobre ti, porque ellos se sienten cómodos en la guerra, pero tú no.

Asiento, recordando las noches de insomnio y las conversaciones en las que intentaba hacerle entender lo que él no quería ver.

—Usó mi empatía para manipularme. En cambio, yo solo quería ayudarle —reconozco con pena.

—La empatía es un don, Cata, no una maldición. Ojalá más personas la tuvieran, es lo que nos hace humanos. La empatía solo se vuelve un problema cuando te enfrentas a alguien de la tríada oscura: psicopatía, narcisismo y maquiavelismo.

—Nunca pensé que yo pudiera ser una mujer maltratada. No encajo en el perfil típico de víctima.

Mireia entrelaza los dedos sobre su regazo y me mira con curiosidad.

—¿Y quién es ese perfil típico, Cata?

Abro la boca para contestar, pero no encuentro respuesta.

—Pues no lo sé, supongo que las mujeres que dependen económicamente de sus parejas, o con un nivel cultural bajo o que vienen de familias desestructuradas, ¿no?

—Ese es uno de los grandes mitos —me interrumpe con suavidad—.

El perfil de una víctima no tiene nada que ver con su inteligencia, sus estudios o su fortaleza.

Tiene que ver con sus heridas emocionales, con su necesidad de amor y con su capacidad de entrega.

Y también con lo sutiles que pueden ser ciertas formas de violencia. Cualquiera puede caer.

Reflexiono unos segundos sobre lo que acaba de decir.

—El perfil al que te refieres no existe —continúa Mireia—.

Te sorprendería saber cuántas mujeres exitosas, con dinero y estudios pasan por mi consulta.

Los narcisistas no buscan personas frágiles, sino todo lo contrario.

Les atraen las mujeres fuertes, independientes e inteligentes.

Quieren deslumbrar junto a ellas y después alimentarse de todo lo que tienen para ofrecer, hasta agotarlas.

Prefieren destruir algo brillante antes que algo mediocre.

Un escalofrío me recorre la espalda.

—No es la idea que yo tenía en mi cabeza…

—Porque no encaja con el estereotipo. Después de años de experiencia, lo que he aprendido es que las personas que crecieron en entornos donde sus límites fueron anulados o no respetados suelen tener más dificultades para reconocer la manipulación en la edad adulta.

No por debilidad, sino porque su cerebro normalizó esas dinámicas.

—Pero ¿quién no ha vivido eso en su familia?

—Exacto. Por eso hay tanta violencia en el mundo.

Y si además eres mujer todo se intensifica.

Durante siglos hemos sido educadas para anteponer las necesidades de los demás y ocupar un segundo plano.

Hemos vivido a la sombra del poder masculino.

Son generaciones de aprendizaje que no se borran de un día para otro.

—Mi sensación es que muchos hombres siguen entendiendo el amor como una caza, donde lo importante no es la conexión, sino la conquista.

Se confunde el amor con vender motos y hacer promesas vacías.

Son pocos los dispuestos a construir una relación en horizontal, porque inevitablemente exige honestidad.

—Es triste, pero para algunos el amor se convierte en un juego de poder —coincide Mireia—. Quienes buscan algo auténtico quedan expuestos. Y la paradoja es esta: el problema nunca es de quien desea reciprocidad, pero suele ser quien sale más herido.

—Ahora tengo claro que confundí el sacrificio con el amor. Desde ahí ya había perdido, porque me colocaba automáticamente por debajo. Creí que amar era ceder, cuando en realidad necesitaba encontrar mi propio equilibrio antes de entregarme a alguien.

—A muchas mujeres nos ha pasado —añade—.

Hemos crecido sin voz, aprendiendo que nuestras opiniones, nuestras necesidades y nuestras emociones no importan.

Nos hemos vuelto invisibles como sujetos y, al mismo tiempo, demasiado visibles como objetos.

Nos educan para cuidar de los demás, para salvar a todo el mundo…

menos a nosotras. Y lo más perverso es que creemos que lo hacemos por elección propia, cuando en realidad es el contexto el que nos ha moldeado.

—¿Y cómo se le da la vuelta a algo así? —pregunto, dispuesta a hacer lo que haga falta.

—Volver a ti —dice sonriendo—. Conocerte.

Saber quién eres, qué quieres y qué no. Qué puedes aportar y qué necesitas en una relación.

Amarte lo suficiente como para convertirte en tu prioridad y crear tus propias reglas.

Desde ahí, podrás cocrear una relación. No desde la sumisión, sino desde la horizontalidad.

—Cocrear. ¡Me encanta esta palabra!

El término cocrear resuena en mí como un mantra.

Se la mencioné a Yago cuando hablábamos de definir nuestra relación.

He comprendido que es la clave para relaciones auténticas y sanas.

No es solo compartir ni buscar la igualdad, sino practicar la horizontalidad, la flexibilidad y abrazar el principio del ganar–ganar.

Es el idioma del alma y la conexión verdadera.

Es una danza entre dos, donde ya no existe el o tú, o yo, sino el compromiso de crear juntos algo que eleve a ambos.

Con el tiempo, entendí que cocrear exige integrar lo masculino y lo femenino que habita en cada uno, encontrar esa danza donde ambas energías se entrelazan con respeto.

Lo masculino como fuerza que nos impulsa a avanzar y levantarnos.

Lo femenino como la capacidad de sentir profundamente, conectar con nuestras emociones y sostener.

Esa es la verdadera alquimia, abrazar la vulnerabilidad sin renunciar a seguir adelante.

Hoy, al mirar atrás, comprendo que mi proceso de muerte y renacimiento simbolizó la integración profunda de estas dos fuerzas.

Lo femenino en mí es la capacidad de sentir, de llorar, de abrazar mi fragilidad y la de los demás.

Lo masculino ha sido mi voluntad, la fuerza interna que me sostuvo cuando todo parecía desmoronarse.

Mi yo ROCA. Este equilibrio me ha permitido fortalecer mi amor propio sin perderme en el otro y, al mismo tiempo, seguir abriendo el corazón desde un lugar auténtico.

Mi experiencia con Yago no fue un error, fue una lección de vulnerabilidad humana. Gracias a ella sé que cocrear no es jugar al ganar-perder. No es apagarse para que el otro brille. No es competir, sino compartir un espacio donde ambos puedan crecer y respetarse. El amor es cocreación.