Lo que no se ve Capítulo XI
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Capítulo XI

XI

Hace semanas que pedí cita con mi ginecóloga.

Por fin ha vuelto de su baja maternal y necesito un chequeo general para asegurarme de que todo está bien después de saber que Yago estuvo con otras mujeres sin protección.

Me inquieta que las molestias recurrentes y la cistitis no terminen de desaparecer.

Aprovecho el ratito en la sala de espera para subir a redes una foto de mi cuadro de Kali. Me encanta cómo ha quedado. Lo acompaño de una frase breve que acabo de improvisar:

Kali, fuerza liberadora que irrumpe con los cambios radicales.

Su poder sanador restablece el equilibrio en el mundo.

Simboliza el poder femenino universal, ella es la que destruye lo tóxico y lo falso, la que disuelve los egos en nombre del amor, el alma y la luz.

Su destrucción no es caos, sino renacimiento. Es la violencia al servicio de la vida.

La energía de Kali no solo me ayudó a desvelar el engaño y a romper con Yago; también derribó mi ego de un golpe seco y contundente.

Hablo de esa parte de mí que vivía para complacer, que buscaba validación y quería ser especial para alguien porque no se sentía suficiente.

Un ego buenista, incapaz de ver la maldad y demasiado tolerante con el abuso.

Sentí la crudeza de su espada la noche en la que Yago se presentó en casa.

Acabó con mi tendencia a buscar la paz a cualquier precio y me devolvió mi poder.

Fue un momento crudo y doloroso, pero Kali siempre actúa así, de una forma implacable, solemne y sanadora.

La ira de Kali es necesaria. Mal encauzada, puede devorarte, pero bien dirigida se convierte en fuerza, acción y poder.

Un poder que no destruye, sino que te impulsa a salir de aquello que te daña.

Conozco a Lola desde hace años; fue la ginecóloga que me acompañó durante el embarazo y el parto de los mellizos.

Es una mujer joven y tengo confianza con ella.

Al entrar, le pongo en antecedentes rápidamente.

A medida que voy hablando, su expresión va cambiando.

Me escucha con atención y después revisa mi historial, como si necesitara confirmar todo lo que le estoy contando.

—Madre mía, Catalina…, ¡pero si en los últimos meses has venido diez veces! Realmente, este hombre te ha puesto en peligro.

—Sí, lo he pasado bastante mal.

—Lo mejor será hacerte un chequeo completo.

—Revísalo todo, por favor —le ruego—. ¿Puedo decirte algo, Lola?

—Por supuesto —dice mirándome muy atenta.

—Cuando empecé con este chico y me contagié de clamidia, vine aquí y pregunté expresamente por el tiempo de incubación.

Fue al inicio de la relación. La respuesta fue que no se sabía con exactitud, que dependía de varios factores.

Pero trabajáis con mujeres, así que necesito decirte algo: cuando una mujer hace esta pregunta, quiere saber la verdad.

Basta con dar el dato. Si a mí me hubierais dicho que lo habitual son unas tres semanas, como ahora sé, quizá esta historia no habría llegado tan lejos.

—Es que no se puede saber con certeza, Catalina. La persona puede ser asintomática, y entonces no se puede predecir.

—Lo sé, pero lo habitual son tres semanas. Omitir este dato no protege a nadie, al contrario, nos expone y, sin querer, encubre a quienes actúan como Yago.

—Tomo nota de lo que me dices y lo hablaré con el equipo médico. Siento mucho que hayas pasado por esto…

—Gracias. Sé que estas cosas os ponen en una tesitura complicada, pero vuestra responsabilidad es la salud de las mujeres, no proteger a sus parejas.

Lola baja la cabeza y, por primera vez desde que empezó la conversación, guarda silencio. Es como si mis palabras hubieran abierto una verdad incómoda.

Después de tomar las muestras, Lola me despide con una sonrisa forzada y me dice que en unas tres semanas tendré los resultados. No puedo negar que me preocupa el diagnóstico.