Lo que no se ve Capítulo X
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Capítulo X

X

Hasta ahora no me he visto con fuerzas de explicar lo sucedido.

Elijo con cuidado a quién se lo cuento. Para quien no ha vivido algo así, es difícil de comprender.

Algunos escuchan con empatía. Otros minimizan lo ocurrido o lo reducen a una simple ruptura.

Hay quienes me piden pruebas, como si el daño necesitara ser demostrado.

Y quienes, en nombre de una supuesta imparcialidad, reclaman escuchar ambas versiones sin llegar a comprender lo que les estoy contando.

Duele constatar que son pocos los que alcanzan a ver la magnitud del daño y la profundidad de la herida.

A mi familia no les he dado demasiadas explicaciones.

Han asumido la ruptura con alivio y, por suerte, no han preguntado más.

Solo mi madre ha querido saber. Cuando le expliqué el paralelismo entre lo que yo viví con Yago y lo que ella sufrió con mi tío Santi, lo entendió al instante. A ella no tuve que convencerla de nada.

Hoy, después de yoga, quedo con Mariona para desayunar. Es domingo y en la terraza de al lado del gimnasio se está genial. Hace sol y la temperatura es perfecta. Mientras esperamos los cafés, hablamos de lo bien que sienta el yoga. Mariona ha empezado a ir a clases de meditación.

—No es que me lo crea del todo —dice como de pasada—. Pero algo hace.

Yo le cuento con detalle el desenlace de mi historia con Yago. Mariona me escucha en silencio. Su expresión cambia a medida que avanzo en el relato, pero no me interrumpe. Cuando acabo, me mira con los ojos muy abiertos y deja escapar un suspiro.

—¡Madre mía, Cata! Menuda experiencia… Lo siento muchísimo.

—Gracias. Está siendo duro. Y lo que me queda…

—Es una putada, y sé que lo estás pasando fatal, pero, como siempre decís, fijo que Yago es tu maestro —me suelta, empapada de la jerga new age que empieza a hacer suya, aunque todavía suena en ella como prestada.

La miro, entre el enfado y el escepticismo. Qué rápido ha aprendido a hablar «nuestro idioma», pienso.

—A ver, Mariona, sé a lo que te refieres, pero de maestro no tiene nada. Un maestro, por definición, tiene sabiduría, y Yago lo único que ha hecho es destrozarme —aclaro, indignada.

—Con el tiempo lo verás de otra manera. Esto te hará mucho más fuerte, y será gracias a Yago.

—De que saldré reforzada no tengo duda —digo removiendo el café—. Pero no es gracias a él, es gracias a mí. Él, si hubiera podido, me habría destruido. ¡Decir que es mi maestro es casi un insulto!

Mariona levanta las manos en un gesto de rendición. Sé que lo dice con buena intención, pero no me ayuda en absoluto.

—Perdona, Cata, no te lo tomes así —se disculpa al notar mi disgusto—.

Yo solo te lo digo para que veas el aprendizaje que todo esto tiene para ti.

Siempre habláis de que lo que atraes es un reflejo de ti.

Yo solo intento que veas tu parte de responsabilidad, que, al final, es lo que te va a servir.

Asiento con desgana, pero por dentro algo se revuelve. A veces, esa frase me suena más a culpa que a conciencia. Como si todo lo doloroso tuviera que ser un espejo y no, simplemente, una señal de que alguien cruzó un límite que no debía.

Mariona me sostiene la mirada, incómoda por la intensidad de mi reacción.

—¿Y exactamente qué me quieres decir con esto? Porque, ahora mismo, no me ayuda.

—Que en una relación la responsabilidad siempre es compartida al cincuenta por ciento. Solo intento que salgas del modo víctima.

—No estoy en modo víctima, Mariona. ¡Soy una víctima, que es muy diferente! Ser víctima es un hecho, no una actitud.

—Pues yo no veo mucha diferencia…

Aprieto los labios, conteniendo la rabia.

—Pues la tiene —insisto mientras noto cómo la tensión me recorre el cuerpo—.

Vamos a ver, a mí me engañaron y me traicionaron de forma consciente y con maldad.

Yo no elegí nada de esto. No sabía quién era realmente Yago.

Y, cuando lo supe, me fui, a pesar del dolor.

Estoy sufriendo un daño que otra persona decidió causarme sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo. Eso es ser víctima.

Mariona baja la mirada a su taza mientras yo sigo hablando.

—El rol de víctima, en cambio, es una actitud. Es quedarse estancado en la queja sin hacer nada para cambiar la situación. Son dos cosas muy distintas. Y sí, puedes ser víctima sin entrar en ese rol.

El silencio se impone entre nosotras. Mariona asiente despacio, como si intentara procesar mis palabras, aunque no sé si realmente lo hace. Respiro hondo antes de seguir hablando.

—Creo que hay algo que no entiendes: reconocerme como víctima es precisamente lo que me ha sacado de donde estaba.

Lo que me mantuvo atrapada fue pensar que yo, de alguna manera, provocaba lo que estaba sucediendo y que, si me esforzaba lo suficiente, podía cambiarlo.

Darme cuenta de que nunca fue así es lo que me ha permitido liberarme.

Mariona frunce el ceño y vuelve a asentir. Luego empieza a hablar, eligiendo con cuidado sus palabras.

—Cata, te quiero y te entiendo. Y no quiero que te tomes a mal lo que te voy a decir, pero si algo he aprendido del mundo espiritual —y eso en parte es gracias a vosotras— es que en la vida no hay víctimas ni verdugos, y que todos tenemos una parte de responsabilidad en lo que nos pasa.

Creo que poner a Yago como el malo no te va a ayudar.

Te lo digo con cariño. Él tan solo encarna un rol en tu vida para la evolución de tu alma.

Ahí está otra vez esa forma de verlo que me enerva.

—Ya sé que en el plano espiritual Yago y yo tenemos un pacto de almas, Ángela hace tiempo que me lo dijo.

Pero en este mundo terrenal en el que vivimos, donde existen el trauma y la violencia, claro que hay víctimas y verdugos.

Que esta experiencia me haga crecer es una cosa.

Negar la violencia es otra muy distinta.

—Cata, si te sirve verlo así, adelante, pero sabes que en el fondo todos somos lo mismo.

—En esencia, sí, pero nos diferencia el impacto de nuestras acciones.

Las personas oscuras, aunque también tengan luz y estén en su propio proceso, destruyen a los demás.

Las personas de luz, en cambio, sanan y ayudan a otros a través del amor.

Eso lo cambia todo, ¿no crees? No puedes poner a víctimas y verdugos en el mismo plano.

No entiendo por qué te cuesta tanto verlo…

—Sí que lo veo, la que creo que no lo ve eres tú. Y lo entiendo porque ahora mismo todo está muy reciente. Pero, seguramente, con el tiempo verás que, si alguien te hace daño es porque, de alguna manera, tú lo permites.

—No estoy de acuerdo, Mariona. Te acabo de contar toda la historia. ¿De qué manera le he dado permiso para hacerme todo esto?

—No lo sé, eso tienes que pensarlo tú, pero, si ha ocurrido, es por algo. Siempre hay red flags que no queremos ver.

—A toro pasado es muy fácil decir eso, pero, dime, ¿tú te diste cuenta de cómo era?

Porque yo te conté lo que pasaba. Te hablé de los comentarios que no me contestaba en Instagram, te enseñé lo que le escribían otras mujeres, te expliqué nuestros conflictos…

, y ninguna de vosotras lo vio. ¡Nos engañó a todas, Mariona!

¡A ti también! ¡Incluso a la terapeuta que compartíamos!

Así que no insinúes que fui yo la ciega que no supo ver las señales.

—Y también hay patrones que nos llevan a elegir a ciertas personas…

—Puedes tener los patrones que quieras, pero eso no significa que permitas que alguien abuse de ti.

Es un juego de poder, Mariona, ¡por eso no puedes evitarlo!

Tampoco puedes evitar tener esos patrones, porque son inconscientes.

Y, desde luego, no puedes evitar la violencia de otro, porque sus actos no dependen de ti.

—Siempre se puede hacer algo, Cata…

—Ese es el puto problema —le interrumpo—, que se sigue responsabilizando a la víctima de la violencia que recibe, como si todo dependiera de su capacidad para esquivarla. Te lo diré de otra forma: cuando un equipo pierde un partido de fútbol, ¿significa que se dejó ganar?

Algo en mi interior estalla.

—Supongo que no, pero…

—Pues es lo mismo, Mariona. Tampoco cedes tu poder ni te dejas maltratar.

El tema es que esa persona tiene poder sobre ti.

Lo construyen poco a poco, propiciando dependencias, hasta que un día, sin darte cuenta, tu poder de decisión es nulo porque ya no eres tú.

Estás atrapada en una red que no viste tejerse a tu alrededor.

Sé que si no lo has vivido es difícil de entender, pero así es como funciona.

Solo deseo de corazón que nunca te cruces con alguien como Yago.

Mariona se queda en silencio, pensativa.

Sus palabras no tenían mala intención, lo sé, pero aun así me hacen sentir invisible, incluso culpable de todo el daño que he vivido.

Negar mi condición de víctima es también negar la violencia que sufrí.

Repartir responsabilidades entre víctima y agresor es no haber entendido nada sobre la dinámica de la violencia.

Y eso, lejos de sanar, refuerza el poder del agresor.

Traté, sin éxito, de explicarle a Mariona que esto es como cuando te entran a robar en casa.

¿Es tu culpa? No. ¿Hay que hacer algo mal para que te roben?

No. Pero, cuando sucede, hay que saber por dónde entraron, cuál fue el punto de vulnerabilidad, para reforzarlo y que no te vuelva a pasar (aunque todos sabemos que, si quieren entrar, encontrarán la manera).

Esa vulnerabilidad no te convierte en culpable ni significa que lo atraigas ni que hayas sido negligente.

La vulnerabilidad solo te hace humano. El único responsable siempre será el ladrón.

La semana siguiente, al volver a la consulta de Mireia, aún arrastro la furia de la conversación con Mariona. No es la única que me ha tratado como si hubiera cometido algún error que explicara lo ocurrido.

—Lo que más me molesta es que la gente cree que soy un poco masoquista por permitir que Yago me tratara así. ¿Nadie ve que fui estafada?

—Catalina, no eres responsable de lo que ocurrió. Ninguna víctima lo es. Lo que te ha ocurrido a ti le podría pasar a cualquiera. Nadie es inmune al maltrato.

—Gracias, pero la gente cree que a ellos no les pasaría. Todos estos comentarios hacen que me sienta culpable por no haberlo visto venir, y eso me hunde aún más.

—La revictimización de la víctima es lo más doloroso.

A veces todavía más que el hecho en sí. Lamentablemente, aún hay parte de la psicología tradicional que asume que la víctima obtiene algún beneficio, pero no es masoquismo, es un juego de poder.

La víctima no puede irse, y no por falta de voluntad, sino por el poder que tiene el agresor sobre ella.

La causa del maltrato nunca está en la víctima.

—¿Qué significa que es un juego de poder?

—Te enganchan a través de tus carencias, te dan lo que saben que te faltó y luego crean una dependencia emocional. Después, poco a poco, empiezan a retirártelo con abusos y manipulaciones que generan un vínculo traumático, el cual siempre es adictivo.

—¿Y por qué genera adicción? No tiene sentido…

—No tiene sentido desde la razón —admite—, pero sí desde la biología.

Cuando alguien te hace daño y luego te da afecto, aunque sea solo a ratos, tu cerebro se engancha a ese patrón como si fuera una adicción.

Recibes dosis intermitentes de dopamina, oxitocina, feniletilamina…

, incluso cortisol. Te acostumbras a vivir en esa montaña rusa de química y eso genera dependencia en tu cerebro.

—Pensaba que era por el enamoramiento.

—No era amor, era trauma. Somos seres vinculares, estamos programados para mantener el vínculo por encima de todo.

Incluso cuando ese vínculo duele. El abuso constante debilita tu percepción, te deja sin recursos y luego, cuando llega un gesto de cariño, aunque sea mínimo, se convierte en una recompensa desproporcionada que se vive como un chute de adrenalina.

Te calma, te da esperanza, y te atrapa aún más.

—¡Ahora lo entiendo!

—Solo lo tóxico engancha, un vínculo sano se vive de otra manera.

—A veces solo condenamos la violencia física, pero el abuso emocional es igual de destructivo, o incluso peor.

—Absolutamente —responde sin dudar—. La violencia es traumática en todas sus formas, pero no la reconocemos porque no sabemos identificarla.

Cualquier acción —o incluso omisión— destinada a anular la voluntad del otro es violencia.

Y eso resulta más fácil cuando la víctima tiene una herida previa.

Los narcisistas son expertos en detectarla y explotarla a su favor.

Se convierten en lo que más deseas y poco a poco te despojan de ti misma sin que apenas lo notes.

—La gente también te culpa por tener heridas o vulnerabilidades, como si eso explicara, o incluso justificara, haber atraído al depredador.

Mireia guarda silencio. Algunas verdades no necesitan respuesta.